27.JUN Martes, 2017
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Opinión

“En el 82% de los hogares rurales donde vive un joven, este es el que tiene el mayor nivel educativo”.

El desarrollo rural sigue siendo un pendiente que hay que atender. Hay razones para ser optimistas: diversidad de nuevas y creativas actividades rurales, empleo, tecnología y mejor infraestructura que conecta lo rural con lo urbano a través de dinámicas redes de pueblos y pequeñas ciudades conectadas con mercados regionales, etc. Muchas oportunidades.

Junto con persistentes desafíos. El agro no es lo único en el medio rural, pero sigue siendo central; organiza el calendario, las inversiones y muchas veces es el punto de partida de las cadenas de negocios rurales. El sector agropecuario está envejeciendo y los procesos de renovación son lentos y costosos (continua división de la tierra, por ejemplo). No hay como jubilarse en el campo. La productividad sigue siendo baja y aún no hay cómo llevar servicios de calidad hacia la pequeña agricultura de manera sostenible.

El desarrollo rural quizás requiere un cambio, centrar la atención en un actor distinto del jefe de hogar o del conductor de la parcela, y darle centralidad a un nuevo agente de cambio: los jóvenes rurales.

En el 82% de los hogares rurales donde vive un joven, este es el que tiene el mayor nivel educativo del hogar, las y los jóvenes cuentan cada vez con más recursos –educación, salud, agencia–y son usuarios activos de Internet y de sus teléfonos, y se mueven en el continuo urbano-rural con facilidad. Tienen planes, ideas, sueños y ganas de avanzar hacia un desarrollo rural que les sea funcional.

¿Por qué no tentar una estrategia de desarrollo rural que parta por entender y atender lo que estos nuevos agentes de cambio, los jóvenes, quieren y pueden lograr?


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