22.JUN Jueves, 2017
Lima
Última actualización 03:33 pm
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LA PORTADA DE HOY

Sin confianza

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Opinión

Un detrás de cámaras de los reportajes que convencieron a la Fiscalía de abrir nueva investigación al Caso Madre Mía y al “Capitán Carlos” por crímenes de lesa humanidad.

Nosotros no lo buscamos. Fue el ex soldado “Cachorro” Becker Silva quien nos encontró. La noche del jueves 27 de abril, yo estaba entrevistando en vivo a Omar Chehade —quien acababa de decir que el famoso Amílcar “Chicho” Gómez Amasifuén era un “balserito” al que Ollanta Humala había adoptado como a un hijo— cuando Becker llamó, furioso, a la producción de Beto A Saber, a exigir que le pasaran conmigo, porque eso que estaba diciendo mi entrevistado era falso, que Chicho era, en realidad, un terruco de Sendero y que él lo sabía mejor que nadie porque —25 años atrás— lo había capturado. Martín Suyón, mi productor, recibió la llamada y le pidió que viniera al canal al otro día. “Si quieren saber la verdad, yo los llevo a Madre Mía” –fue lo último que dijo antes de colgar. A la mañana siguiente encontré a Becker sentado en nuestra oficina —había llegado bastante más temprano que yo y los tenía a todos absortos en su relato. Luego de escucharlo dos horas, estuvo claro para todos que lo único que teníamos que hacer era viajar a Tingo María en el primer vuelo del sábado. “¿A quién mandamos?” –me preguntó Martín. “Mándame a mí. Yo quiero ir” –dijo Pepe García, nuestro productor periodístico. “Yo también” –me escuché decir, sin darles mucho crédito a mis palabras. Martín y Pepe se miraron algo incrédulos: “¿Es en serio?, ¿tú quieres reportear?” –me preguntaron, logrando que me sintiera un geronte. Admito que últimamente no he destacado tanto por mi laboriosidad, pero algo en el pecho —el bicho interior— me decía: levántate y anda, manganzón. Hacía bastantes años que no desempolvaba la mochila para marchar al monte ni me volvía a calzar los botines de reportero. Y cuando digo bastantes quiero decir, por lo menos, una década sin salir nunca de mi zona de confort del set, del aire acondicionado, el agua mineral gasificada y los retoques de make up con brocha de pelo de marta. Ya era hora de salir de esa burbuja. Hacía rato que era hora.

Cuando con mi pequeña patrulla de reporteros, camarógrafos y productores aterrizamos en Tingo, siete veteranos de la promoción abril 91 de la Base E.P. 313 Coronel Pablo Arguedas –que habían sido convocados por Becker para declarar a nuestras cámaras- ya nos estaban esperando en los tropicales jardines del hotel. Allí, con todos reunidos en torno a una larga mesa bajo el brutal calor de la selva, nuestro informante se dirigió a sus “promociones” explicándoles que estábamos ahí para recoger sus testimonios sobre todo lo que ellos sabían de Madre Mía. Luego se volvió hacia mí y me garantizó que todos lo respaldarían en la denuncia a lo que, naturalmente, respondí agradeciéndoles que tuvieran el coraje de dar la cara. Pero parece que canté victoria demasiado pronto pues un ominoso silencio se produjo. “¿Dar la cara?” –preguntó uno de ellos, confundido- ¡Nos matan!”. Y los demás asintieron en son de unanimidad. “¡Nosotros podemos contarte todo pero sin cámaras!” –dijo otro. Y más allá, alguno añadió: “¡A menos que nos graben sin rostro y nos cambien la voz!” Mmm. Parece que habían entendido que aparecerían entre sombras y hablando como Darth Vader. Las cosas no pintaban nada bien. Si no hablaban alto y fuerte y de frente al lente, aquello no tendría la menor credibilidad, de modo que así se los dije y añadí que los que no estuvieran de acuerdo eran libres de romper filas en el acto. Me fue fatal con mi arenga. Se nos fueron cinco de un solo porrazo.

Solo dos valientes permanecieron: Cachorro Becker y el Águila Werner Melgarejo. Una atmósfera densa fue creciendo en torno a ellos a medida que grabábamos las entrevistas y las revelaciones, una tras otra, se sucedían. Cada vez que el uno hacía alguna confesión, el otro se agarraba la cabeza con preocupación. Exhaustos tras varias horas de rodaje y ya bastante entrada la noche, acordamos encontrarnos a las seis de la mañana para partir juntos rumbo a Madre Mía. Esa noche, la asonada de los mosquitos y el vaho reinante me despertaron un par de veces y, en medio del canto insomne de pájaros, grillos y sapos, pensé en lo fácil que sería que un pistolero anónimo se deslizara en nuestra cabañita de madera y nos dejara el reportaje inconcluso para siempre. A la mañana siguiente ocurrió lo que temíamos: Cachorro y Águila nos dejaron plantados, así que tuvimos que partir sin ellos. Una bendición con disfraz, en realidad, porque no podría decir que el recibimiento en Madre Mía fuera hospitalario. La verdad, la gente no lucía encantada de vernos llegar. Todo lo contrario. Allí, gracias al inmenso colegio y al moderno puente que un prevenido Humala les construyó, el capitancarlismo es todavía abrumador y la llegada de forasteros no es bienvenida, mucho menos cuando se trata de limeñitos malhablados que “vienen buscando muertos cuando nunca han vivido aquí. ¿Qué sabrán ustedes para venir acá a hablar de nuestro pueblo?”. Gracias a Dios que Becker y Werner no fueron con nosotros porque seguro que su presencia allí creaba más problemas de los que resolvía. Lo que vino después ya lo conocen: ambos ex soldados se regresaron a Lima con nosotros, Becker se encontró con Teresa Ávila y, al confrontar fotos, lugares y fechas, llegaron a la horrenda constatación de que la prisionera ejecutada extrajudicialmente y la hermana desaparecida por 25 años eran, en realidad, la misma persona: Natividad. Aquel llanto que hermanaba a soldado y víctima ha sido uno de los más desgarradores estallidos de dolor nacional que nos ha tocado registrar. Apenas se emitieron los primeros reportajes, la doctora Luz Ibáñez, jefa del Subsistema de Fiscalías de Derechos Humanos, se comunicó con nosotros, dispuso que pusieran a Cachorro y Águila bajo el programa de Protección de Testigos, se les interrogó durante 26 horas a lo largo de tres días, se les asignó un código de seguridad y se les albergó –junto a sus familias– en algún lugar tan remoto y protegido que ni siquiera ellos mismos tienen idea de dónde están.

Nunca en 28 años de periodismo habíamos conseguido convertir un reportaje de televisión en la portada de todos los diarios serios del día siguiente. De un parcito, sí, varias veces. Pero jamás de todos. Tampoco me habían repetido “¡te van a matar!, ¡ten cuidado!, ¡te van a matar!” tantas veces en un mismo día. Primero me dicen qué bien y luego cuídate mucho porque –con toda certeza- me quieren matar. Agradezco, tragando saliva, el consejo y lo atesoro pero tampoco constituye demasiada novedad. Dudo que a Emerson Fasabi y a Daniel Seiffert Humala –que en paz descansen- los hubieran prevenido tantas veces como a mí. Ya soy bien viejo en este oficio como para ignorar qué puede ocurrirte cuando chocas con gente como esta. Nosotros, los bomberos –que trabajamos con candela- sabemos que siempre está presente la posibilidad de un accidente de trabajo. Pierdan cuidado. Lo tenemos clarísimo. Y más vale que deje constancia por escrito.


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