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Guerra de tronos

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Opinión

La muerte reciente de Amiri Baraka (1934-2014) marca el final de una notable dinastía de escritores negros de Estados Unidos.

Guillermo Niño de Guzmán,De Artes y Letras
Escritor

La muerte reciente de Amiri Baraka (1934-2014) marca el final de una notable dinastía de escritores negros de Estados Unidos que surge con Langston Hughes y Richard Wright y prosigue con Ralph Ellison, Chester Himes y James Baldwin hasta llegar a Toni Morrison, galardonada con el Nobel en 1993. En esa vertiente, Amiri Baraka quizá fuera el más controvertido y provocador, un poeta capaz de incendiar la pradera con sus versos y un activista político que se convertiría en adalid del Black Power en la década del sesenta.

En realidad, se llamaba LeRoi Jones –así firmó sus primeros libros–, nombre al que renunció por considerar que había sido impuesto por la familia de esclavistas que compró a sus ancestros. Luego del asesinato de Malcolm X en 1965, se autodenominó Amiri Baraka y radicalizó su posición. Si bien a fines de los cincuenta estuvo ligado a los beatniks (fue amigo de Ginsberg, Kerouac y Corso), desde ese momento tomó distancia frente a las expresiones artísticas de la cultura oficial. Convencido de la necesidad de reivindicar el legado afroestadounidense, organizó el influyente movimiento Black Arts. En cierto modo, su prédica ideológica sintonizó con la labor subversiva de los Black Panthers, lo que lo puso bajo la mira del FBI, que temía su ascendencia como líder de la oposición negra al sistema.

No obstante, habrá que reconocer que, pese a su defensa de la violencia, en su caso esta nunca pasó del plano literario. Baraka creía en el uso de la escritura como un arma poderosa que incitara a sus congéneres a tomar conciencia de su negritud y a rebelarse contra la cultura dominante que les había impedido consolidar su herencia africana. De ahí el interés que le suscitó el jazz como arte negro por excelencia. Así, su libro Blues People (1963) se erigió como un hito de los estudios culturales. No solo se trataba de uno de los mejores estudios de sociología del jazz que se habían escrito sino que era el primer ensayo de largo aliento sobre los orígenes y el desarrollo de esta música que publicaba un autor negro.

Activista político, Baraka cuestionó el movimiento de la lucha por los derechos civiles por su carácter integracionista y rechazó a Martin Luther King por ser “un negro al que le habían lavado el cerebro”. El escritor abogaba por un arte que ayudara a la liberación de su pueblo y pensaba que había que contrarrestar la historia instituida por la cultura blanca con otra que adoptara un punto de vista esencialmente afroestadounidense.

Aunque a la larga llegaría a reconsiderar sus juicios más virulentos, Baraka no dejó de mantener una actitud rebelde. Acusado de racista, homófobo y antisemita, su poesía sacó chispas hasta el final, sobre todo por unos versos polémicos que escribió a raíz de los atentados del 11 de setiembre. Profesor en las universidades de Rutgers, Yale y Columbia, su actividad contestataria lo llevó de los círculos académicos a las calles. Sus investigaciones sobre la tradición oral de la cultura negra y la jerga urbana anticiparon el surgimiento del rap y el hip hop. En su variada obra (poemas, dramas, cuentos y ensayos) vibra una voz única y rotunda, llena de rabia y deslumbramiento, en la que se perciben los ecos de un pueblo violentado y humillado durante muchas generaciones. Su lamento profundo y arrasador a menudo se asemeja al de un Coltrane que sopla como un poseído su saxo tenor.


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