20.JUL Jueves, 2017
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LA PORTADA DE HOY

Guerra de tronos

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Opinión

Cierta desesperación por el rating ha llevado a algunos a resucitar el espionaje telefónico y el videíto de alcoba de los días peores. Lo único que han generado es tremenda novelería en las redes y titulares chichita, pero no rating. También el resurgimiento del mercado negro de objetos robados, pero no rating. Y quizá el aumento de la paranoia, pero no rating. Quizás sea porque odiar ya no da rating.

Beto Ortiz,Pandemonio
Muchos deben acordarse de que, una vez, hace no tanto, me botaron de un canal porque, en una de esas típicas, misérrimas guerritas entre conductores de TV, mi rival apeló al chantaje desembozado: atacó en pantallas al padre del dueño de mi canal y amenazó con seguir haciéndolo todas las noches si no me echaban de inmediato. A la mañana siguiente, por supuesto, el dueño de aquel canal me despidió, obviamente angustiado por tan maleado ultimátum. Así fue. Sucede pues que aquí no abundan los héroes ni los santos varones: El que no tiene su videíto cochinón, tiene un anticucho. El que no tiene un anticucho, tiene dos y el que no tiene un juicio sobre su cabeza es porque ya lo sentenciaron, ya estuvo en cana y sabe lo fácil que sería regresar. Es justamente cuando nos creemos más omnipotentes e intocables que los talking heads de la TV podemos convertirnos con mayor facilidad en víctimas mortales, en inermes rehenes con una pistola en la sien, en human casualties, ni más ni menos que en escudos humanos. Es entonces que, de uno y otro lado, aparecen los mediadores, los negociadores, los pacificadores que sentarán a la mesa de diálogo a la víctima y al verdugo. Y también, la manager de prensa, el productor, el abogado, todos nerviosos, todos midiendo cada palabra, todos hablando en clave, carraspeando, temiendo ser grabados. A fijarse compromisos improbables luego de lo cual se pararán de esa mesa sabiendo que, tarde o temprano, la patearán y todo se irá al carajo. En semejante ecosistema, el chantaje florece pues como un espléndido rosal tóxico cuyas espinas envenenan primero a quien lo cultiva. Tal es la naturaleza del rencor. Lo sé muy bien porque lo he sufrido. La principal víctima del odio no es el destinatario, es el portador. Y este es un asunto de odios.

Una vez escribí un libro y me pasé madrugadas enteras rumiando mi amargura, lamiendo mis heridas, aullando en silencio para así poder dedicarle capítulos feroces a todos aquellos que entonces aborrecía creyendo que con eso los destruiría para siempre. ¿El resultado? A los aludidos no se les movió ni un pelo y muchos lectores estuvieron de acuerdo (conmigo) en que el libro me habría quedado mejor sin esas páginas resentidas. Y probablemente hubiera vendido más. A veces, la gente en la calle me pregunta: ¿Pero por qué se odian tanto tú y fulana de tal? Y nunca sé qué responder porque ya ni me acuerdo, porque llega un momento en que los animalitos televisivos nos odiamos gratis. Y como la gente ya se cansó de soplarse la mala onda ajena, como ahora insultarse en público no garantiza sintonía, nadie nos mira cuando nos lanzamos bolsas de pichi, cáscaras, flemazos porque todo eso ya aburrió y ahora a nadie interesa. ¿De qué se tratan, entonces, todos estos nuevos brotes de violencia? De viejos resentimientos. De facturas amarillas, evidentemente. ¿De quién, de quiénes? No lo sé. Pero si se descuida, un presentador de TV puede convertirse –ya no en un mono con metralleta– sino directamente en la metralleta de otro. Otro más pendejo, más avezado, o simplemente más malo que él. Un político, un broadcaster, un directivo, un asesor, cualquiera que influya lo suficiente y que lo azuce a prenderse fuego como bonzo para luego precipitarse en llamas al vacío. Es lógico que el que está poniendo el cacharro será el primero en caer cuando estalle la guerra. El primero pero no el único. Sin darnos cuenta, la competencia televisiva puede convertirse en una olimpiada de vendettas, en un interminable ajuste de cuentas entre hordas enemigas, en otro inútil desperdicio de sangre. Y ya se sabe que tales masacres comienzan siempre con una niñería, con una bravuconada, con la pataleta de otro irresponsable al que el éxito se le subió a la cabeza. Aunque hay gente a la que hasta el fracaso se le sube a la cabeza.

En la semblanza que publiqué aquí –el domingo pasado– del Álamo Pérez Luna que yo conocí olvidé un detalle capital: Omití que, trece años atrás, Álamo fue el único que puso al aire un video de alcoba de Susan León que era tan explícito que –pese a que involucraba a Venero, un personaje entonces próximo al fujimontesinismo– nadie se había atrevido a emitirlo. La razón: no era de interés público. Cada quien se acuesta con quien le da la gana. Punto. Pero Susan no podía adivinar que había cámaras tras los espejos y aún sabiendo que aquel video había sido obtenido de un modo subrepticio y cobarde, Álamo lo difundió y la jodió. Y se jodió porque haciéndolo, se karmeó. Es fácil imaginar el perjuicio causado a Susan, el mismo que sufre hoy la infausta, enamorada señorita que tan cándidamente confió y, en actitud suicida, se dejó grabar en la cama con un celular. Nadie se ha solidarizado con ella pero me parece que es la principal víctima del video robado al joven narciso cibernético. No digo que el rockero lo sufra menos –nos queda claro que este ha de ser, de lejos, el peor momento de su carrera, es un error de juventud y no hay derecho– pero creo que en una sociedad machista como esta, las consecuencias que tamaña exhibición acarrea para una mujer siempre serán peores. Pero traje a colación el tema de Susan porque quizás para ella el triste epílogo del affaire Pérez Luna –su despido– haya sonado a música celestial, a justicia poética: “Tú me grabaste, tú me sometiste al escarnio público, ahora te toca sufrir lo mismo que sufrí yo”. Y tal vez estaría en todo su derecho de sentirse resarcida pero, ¿saben qué?, si vamos a ponernos a querer cobrar todas esas facturas amarillas, vamos muertos. A tí te desgracio porque me botaste, a tí porque me ampayaste, a tí porque me insultaste, a tí porque publicaste mis deudas, a tí porque me emboscaste. Si entramos en ese trompo, nos jodimos todos. La televisión es una rueda de Chicago. Un día estás arriba y al otro, abajo. Pregúntenle, una por una, a todas las grandes figuras de la pantalla. Hagan un repaso mental. Escojan cinco y verifiquen: dónde estuvieron, donde están, dónde estarán. ¿En la gloria? Sí. ¿En la miseria? También. La regla se cumple. Un día estás arriba y al otro, abajo. En ningún otro medio como este se cumple mejor aquello de que “todo da vueltas en esta vida”. Aquello de que “no hagas a otro lo que no te gustaría que te hagan a ti.” Habría que preguntarse primero si sale a cuenta, si realmente vale la pena. ¿Acaso no sería menos tortuoso hacer un programa alegre y divertido? Y si en esta volvemos a cagarla, ¿con qué cara seguiremos pidiendo otra nueva oportunidad? Lo digo por ustedes y también por mí. En algún lugar debe estar escrito: quien a video mata, a video muere.


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