29.MAY Lunes, 2017
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LA PORTADA DE HOY

Lo complican

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Columna Sandro Venturo Schultz

Esta semana pude ver una serie de documentales producidos por Netflix titulado Abstract. En cada capítulo se presenta la filosofía y el método de ocho diseñadores destacados: un arquitecto, una diseñadora gráfica, una escenógrafa, un ilustrador, un fotógrafo, entre otros. Todos ellos son artistas de diversos lugares del mundo que trabajan para grandes industrias –es decir, llegan a millones de personas– proponiendo innovaciones que realmente vienen mejorando la vida en este mundo asustado y atareado en el que vivimos.

Estamos hartos. La corrupción se destapa nuevamente por todos lados. Ex presidentes. Empresarios. Funcionarios. Alcaldes. Gobernadores. Periodistas. Abogados. La lista recién empieza. Estamos en el inicio de una ópera que va a traer sorpresas de distinto calibre. Cuando la información judicial se desclasifique en Brasil y Estados Unidos, nos enfrentaremos, además, a muchos inimaginables. Algunos me dicen que no me sorprenda, que no sea ingenuo. Pero cuando leo estas noticias me invade la cólera. Y no soy el único, hay quienes sienten mucho más que cólera. Cuando veo las caras de los implicados en los diarios pienso, ¿cómo pueden dormir tranquilos? ¿Cómo pueden justificarse a sí mismos delante de sus hijos? ¿Cómo pueden andar orgullosos por la calle cuando su “mérito” proviene del engaño y la estafa? Sinvergüenzas. Traidores a la patria.

Cada vez que paso por el Jorge Chávez tengo la impresión de que las cosas empeoran. Hace poco más de una década el cambio fue notable y estuve entre quienes celebraron las mejoras y ampliaciones. Pero ahora la lista de mis insatisfacciones tiene más peso. Para evitar generalizar a partir de mi experiencia pedí a los amigos opiniones sobre el aeropuerto. La avalancha de críticas fue imparable. Y las exclamaciones y subidas de tono también. Tantas y tan fuertes que no caben en este artículo. En resumen me dijeron: 1) el aeropuerto quedó chico, muchos de sus espacios y servicios están colapsos, 2) predomina el desorden dentro y fuera del local y esto agrava el punto anterior, 3) la mayoría de servicios están perdiendo calidad, 4) estas quejas no son nuevas, lo que incrementa la irritabilidad, 5) las últimas mejoras o novedades –el nuevo bus, la simplificación en migraciones, etc.– se difuminan ante las insatisfacciones acumuladas.

Al salir del cine pensé en el libro de Sergio Ramírez, Adiós muchachos. En sus páginas, el ex vicepresidente sandinista lo cuenta casi todo. Describe las claves internas del proceso por el cual la rebeldía antisomocista se transformó en una organización corrupta e institucional. Se trata de un testimonio adolorido en busca de redención. Al explorar sobre qué motivó a su generación a tomar las armas, Ramírez recuerda la famosa frase: “lo mejor de la burguesía son su vino y sus mujeres”. Y con ella alude a cierto arribismo que anidaba en muchos revolucionarios nicaragüenses y que brotaría de forma descarada al tener el poder en sus manos.

No entiendo a las personas que celebran la llegada del viernes como quien sale de la cárcel. Bueno, sí las entiendo. Nos quieren decir que su chamba es una condena y que su vida sucede, de verdad, el fin de semana. Allí es cuando se sienten dueños de sí mismos. Viven sus pasiones con intensidad, se expresan sin medirse ni calcular los resultados. Las fotos que comparten en la red dan cuenta de eso y de mucho más, esto es, del valor de los abrazos sinceros, del cariño familiar que alimenta, del compromiso con los demás. Fuera del mundo del trabajo, todo les parece realmente importante.

Cada semana hay un alboroto. Cada semana Facebook y los principales medios de comunicación –sí hasta los principales– nos traen por lo menos un escándalo que se vuelve tendencia en las redes. Los casos son variados y diversos. Van desde las íntimas discrepancias de una parejita de la farándula hasta un “por confirmar” caso de corrupción, pasando por el disparate de algún líder de opinión. La clave está en que el exabrupto tenga potencial para elevar el rating respectivo.

En feriados como estos la ciudad tiene dos caras. En los barrios de sectores altos y medios las calles están tranquilas y los parques también. El ambiente es sosegado. Vas al cine o a un restaurante y no encuentras saturación. No es lo mismo en los barrios populares, allí las calles están alegres. Es como un domingo amplificado. La gente está afuera conversando, bebiendo, jugando, comiendo. Los negocios funcionaron (casi) normalmente el jueves y viernes para liberar a sus dueños el fin de semana. Ahora los mercados bullen antes del almuerzo. El movimiento es alegre pues no lleva el estrés de cada día. Cuando hay días no laborales como estos, ambas ciudades tienen escala humana.

Les escribo sobre Av. Larco, el musical. Al comienzo me costó conectar, acaso porque, como bien dice Mariana de Althaus, se trata de un género que nos invita a asumir su carácter artificial. Y a mí, a veces, me cuesta jugar. De pronto, sin embargo, me vi inmerso en su trama, justo cuando la tensión dramática se teje entre El Agustino y Miraflores. Me regresó a una época triste y a la vez excitante, un momento de mi vida en el que descubría a un país que se demolía a sí mismo y, al mismo tiempo, destruía uno a uno mis prejuicios. Esa ingenuidad adolescente y de clase media también fue mía.

Vivimos en una tierra de Niños periódicos. En los últimos 35 años hemos pasado por tres de ellos, todos devastadores. Hace unos días un amigo periodista subió unas fotos de Piura de 1998 y parecían de este verano. Otro amigo compartió imágenes de la cerámica moche donde se podía observar la forma pedagógica en que nuestros antepasados describían las implacables inundaciones de entonces. Nada de esto es nuevo, pero nunca estamos preparados. Ya sabemos que el Estado es precario y las autoridades, en gran parte, incompetentes. La descentralización es una farsa. El poder local una ficción. También sabemos que los gobernados contribuimos a esta negligencia institucional. No presionamos a las autoridades para actuar a favor de la prevención de desastres. Ni priorizamos en nuestros hogares –ni en los barrios– estas cuestiones. Lo estamos viendo.

Los desbordes de los ríos y quebradas trajeron muerte y destrucción. Denunciaron lo poco preparados que estamos para enfrentar los conocidos desafíos de nuestra geografía. Hicieron evidente que el desastre está en nosotros, en la improvisación, la informalidad y la desorganización que nos caracterizan. Sin embargo, no todo ha sido calamidad. Hace apenas una década el derrumbe de Pisco no generó una reacción similar, ni del Estado ni de la sociedad, mucho menos los Niños de 98 y 83.

Hola Tocho. Tal como lo ves en las noticias, gran parte del país está en emergencia. El norte está inundado y el principal reto del gobierno es evitar las epidemias con una amplia campaña de fumigación. Mientras tanto, en toda la selva se esperan tormentas. En el sur están en alerta pues con las lluvias pueden venir granizadas. En el departamento de Lima, no solo en la capital, el clima seguirá desafiante, desde el río Pativilca hasta el río Cañete. Hasta ayer, a nivel nacional, se contaban 119 mil casas afectadas, la mitad de ellas colapsadas; además de medio millón de peruanos afectados y más de 70 mil damnificados. El país llora.

Uno de los cambios más interesantes en la última reorganización de la Autoridad Nacional del Agua (ANA) fue la creación de la Dirección de Gestión del Conocimiento. Esto se hizo siguiendo las tendencias en el mundo que nos dicen que para ser relevantes los temas técnicos – en este caso el monitoreo de la calidad y cantidad del agua– deben responder realmente a los desafíos de sus ciudadanos.

Si comparamos las oportunidades de las mujeres de hoy con las de nuestras abuelas notaremos esos grandes cambios que han redefinido en el último siglo el mundo del hogar y de toda la sociedad. Ciertamente eso no significa que hayan desaparecido todas las inequidades entre ellas y nosotros. Cuando miro a mi lado, y más allá, encuentro todavía, en varios campos de la vida, un predominio masculino. Y si miramos dentro de nuestros hogares, podremos encontrar otras desigualdades, más profundas, que pasan desapercibidas por lo cotidianas que son. Hablo de la realidad de las trabajadoras del hogar, es decir de esas personas que soportan la vida doméstica de otras mujeres y hombres que, paradójicamente, necesitan de alguien que se ocupe de sus hogares mientras ellos luchan por su propio progreso.

Las ciudades que visito al sureste de Florida se ven igual. El ambiente no ha cambiado en estos treinta y tantos días de Donald Trump. A donde voy converso con grandes y chicos. Les pregunto por la situación política del país y la mayoría me responde con evidente displicencia, la misma que se expresa en el mayoritario ausentismo electoral. Unos adolescentes me dicen que cuando tengan edad de votar, no ejercerán ese derecho porque las cosas no van a cambiar. Les insisto: ¿pero ustedes saben que las decisiones de los gobernantes afectan nuestras vidas? “Es verdad”, me dicen, y luego viene un largo silencio. Así, en este país donde todo parece funcionar, algo me resulta familiar.

Ese día cantamos la frase entre risas. Estábamos los amigos del colegio en el acogedor Queirolo de Pueblo Libre repasando las anécdotas de siempre y, de pronto, apareció Rivasplata. Silencio total. Alguien a mi lado casi se desmaya. Todos creíamos que estaba muerto. Más de dos décadas atrás habíamos escuchado la noticia sobre el aparatoso accidente automovilístico del oficial FAP Mauricio Rivasplata en la Vía Expresa. Pero no, “estaba de parranda”. Entonces del estupor pasamos a la euforia mientras nos abalanzamos sobre nuestro resucitado.

Toledo siempre fue un tipo desordenado. Además de impuntual, charlatán y juerguero, se sabía que era un padre irresponsable y un presidente relajado. Por eso hay quienes no se han sorprendido. Sin embargo, se reconocía que supo convocar a personas comprometidas y competentes para rescatar al país de la debacle y la podredumbre fujimoristas. El Perú, bien que mal, comenzó a crecer sostenidamente y muchos corruptos fueron juzgados siguiendo la ruta iniciada por el gran Valentín Paniagua.

¿Qué significa que haya urbanizaciones donde no existen veredas? Tienen tranquera en la entrada y fueron diseñadas para que sus residentes transiten en auto y sus empleados a pie. Trabajadores del hogar que caminan por las pistas sin estatus de ciudadanos, es decir, carentes de los mismos derechos que sus propietarios. Como en ciertos balnearios donde el malecón no se construyó para evitar las visitas de los “foráneos”. Si quieres cruzar mi zona, date la vuelta, no toques mi burbuja.

El volante repartido ayer en la inmensa marcha de este movimiento decía en una de sus caras lo siguiente: “Detente. Entérate de lo que el Gobierno quiere hacer con nuestros niños este 2017. Se quiere enseñar que ser niño o niña es lo mismo. Tus hijos podrían “escoger” su sexo y no ser como han nacido. Los niños y las niñas podrían usar cualquier baño, sea de hombre o mujer. Desde el kinder se les enseñaría que existen mucho más opciones que hombre o mujer”.

El miércoles fue el aniversario de la capital. La ciudad intratable y fea en la que vivimos casi un tercio de peruanos. No es fácil vivir aquí. Casi todo funciona mal. El transporte público mella la dignidad humana. El transporte privado es una caricatura de lo absurdo: todos atollados, estresados y perdiendo el tiempo. La inseguridad marca a las calles. Todos hemos sido asaltados alguna vez. Mientras las mujeres enfrentan diversas formas de violencia, desde el faltoso piropo hasta la misma muerte. Observando al conjunto, y no solo a sus barrios excepcionales, Lima no le ofrece servicios públicos adecuados a sus habitantes. Peor aun, es un laberinto listo para sucumbir al próximo terremoto.

Me lo crucé a mediados de los noventa. Yo estaba en una fotocopiadora en la Av. Larco reproduciendo los volantes de un evento multimedia. Él llegó con sus setenta y tantos años, jean, camisa abierta y saco sport. Un tío juvenil.

Quiero comenzar este año evocando a grandes peruanos, a esos personajes que casi nunca fallan e inspiran a los demás a salir adelante.

Cuando el reloj marque los últimos segundos de este año, todos nos sentiremos emplazados. Algunos, para evitar ese estrés simbólico, renunciarán a la festividad, acostándose más temprano. Otros estarán tan ebrios que pasarán flotando, ya sea felices, ya sea hundidos en sus penas. Los demás estarán jugando a la cuenta regresiva y se enfrentarán a sus sentimientos mientras intercambian abrazos con los suyos o con extraños. Otros se quedarán paralizados, fuera de la fiesta, observando una película en la que hasta hace un momento se sentían incluidos. He vivido todas.

Es la fiesta patronal de mi familia (Javier). Tiempo para dar las gracias (Claudia).

El último número de la revista Poder ofrece un especial sobre innovación. Resulta pertinente tratar un asunto que está de moda pero que, como toda moda, tiene dos caras. La buena: la innovación se ha convertido en un factor clave para el desarrollo, especialmente en una época en que la creatividad y el conocimiento pueden ser tan o más decisivos que el poder del capital a solas. La frívola: la innovación es, entre nosotros, una noción vacía. Cuando se usa generalmente apenas alude a una que otra anécdota. Ya ha pasado antes. A mediados del siglo pasado estuvimos a la cola de la industrialización. Ahora nos venimos integrando deficientemente a la sociedad informacional.

El lunes pasado, la Comisión Presidencial de Integridad, presidida por el ex defensor del Pueblo Eduardo Vega, y conformada por ciudadanos de reconocida trayectoria, entregó al gobierno su propuesta para enfrentar a la corrupción, ese monstruo que habita cómodamente entre nosotros. Como se recordará, esta comisión se formó como respuesta al destape del “negociazo” del doctor Carlos Moreno, aquel asesor principal del presidente Kuczynski.

Hace un siglo, en sociedades como el Perú, las mujeres no iban a la universidad. Tampoco podían ser propietarias. Se esperaba que realizaran tareas domésticas. Si trabajaban fuera de casa, debía ser en áreas relacionadas al mundo doméstico. Recuerde: las peruanas recién tienen derecho al voto desde hace seis décadas. La vida de las chicas de hoy no se parece en nada a la de sus abuelas.

Lo que tus clientes no hicieron durante el año, lo quieren hacer en dos semanas. Obviamente no vas a decir que no porque nadie le dice que no al trabajo. Menos cuando es un enigma qué vendrá mañana. Mientras tanto, la frecuencia de las reuniones amicales y familiares se incrementa notablemente y tampoco hay manera de renunciar a ellas. Al contrario, te entregas agradecido; el cariño nunca sobra. En la mañana, el cuerpo te pide chepa. Después de almuerzo cabeceas con roche. En la noche estás agobiado y quieres una chela que te relaje, aunque no hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera. Así, el maltrato de cada día va minando tu (cada vez más) precaria entereza. Pero todavía falta casi un mes para el furor de fin de año.

Hace unos días, alguien me decía que me prepare porque a fin de año vienen los incendios más grandes. Lo decía sin estadística en la mano, apenas se trataba de un apurado ejercicio de memoria. Primero fueron los almacenes del Ministerio de Salud, luego la tragedia de Cantagallo. Ahora ardieron los cines de Larcomar. Las investigaciones de este incidente todavía están en curso, pero la ansiedad, naturalmente, nos carcome. Por eso es imprescindible que la prensa guarde prudencia, que trate las hipótesis y los murmullos como lo que son. Buscar la noticia llamativa avivando el morbo colectivo nos va a quemar, tarde o temprano, a todos. En una sociedad en la que predomina la desconfianza entre conciudadanos y abunda la impunidad de los malos funcionarios y autoridades, la veracidad es imprescindible.

Cumplidos poco más de cien días de silencio, Keiko salió a cumplir su papel: cuestionó el liderazgo del presidente y señaló que la posición de su partido ha sido tan crítica como colaboradora con el nuevo gobierno. Lo hizo en la inauguración de su nuevo local institucional. El problema es que al día siguiente los principales medios de prensa destacaron otra cosa: la infeliz frase con la que inició su discurso.

Las últimas encuestas (GfK, CPI y Datum) nos traen la confirmación de lo que se veía venir. La aprobación nacional del presidente comenzó a caer en el último mes, antes de cumplirse los convencionales 100 primeros días. La cosa se nota más grave cuando se observa que la desaprobación al presidente sube de forma significativa en los estratos medios y más pobres. Según Datum, si en agosto estuvo en apenas 14%, ahora se ha incrementado a más del doble. Algo semejante sucede con el premier Zavala y sus ministros más mediáticos.

Al inicio todo gobierno genera entusiasmo. El de PPK no fue la excepción. Durante el primer mes contaba inclusive con la aprobación de la mitad de quienes votaron por Fujimori. Le ayudó lucir un estilo fresco y franco que incomodó a los convencionales. Los ejercicios matinales, los mandamientos para sus ministros, sus mensajes a través de las redes sociales, su sentido del humor casual, todo apuntaba a una buena idea: conectar con la gente y desde esa conexión relacionarse con el aparato estatal y los demás actores políticos. Al contar con un gobierno sin partido ni mayoría en el Congreso, la popularidad podía ser el único activo político manejable desde el cual otorgar cierta estabilidad a su gestión. Ahora notamos que esto no fue parte de una estrategia sino, apenas, el resultado de la espontaneidad.

Tres bomberos murieron esta semana. Tres familias están de luto y con ellas todo un país. Ellos ingresaron a hacer la inspección regular que se hace antes de la extinción con sus botas, pantalón, capotín, guantes, capucha y las botellas de aire respectivas, pero fueron alcanzados sorpresivamente por las inclementes llamas. Murieron cumpliendo su deber.

En el país se hacen dos encuestas sobre el poder. La más antigua es la que se publica actualmente en Semana Económica y que fue iniciada hace más de tres décadas por Apoyo. La segunda es nueva, la realiza Datum desde el año 2013. Ambas hacen preguntas semejantes (“¿quién tiene más poder o influencia en…?”) pero difieren en el método de investigación. La primera entrevista a un selecto grupo de líderes de opinión y personas destacadas en diversos campos de la vida nacional. La segunda, en cambio, hace la pregunta a la gente de la calle.

Si dejas cochinadas en la playa, lo más probable es que la encuentres sucia más adelante. Si además el descuido es compartido con otros, la porquería colectiva abrazará, tarde o temprano, también a tu familia. Acostumbrarse a la mierda toma poco tiempo. Y pronto la vivimos como una condena inevitable. El resultado es patético: en vez de apelar al esfuerzo conjunto para revertir al mal común, cada quien vela por su metro cuadrado de dignidad. Un metro cuadrado rodeado de inmundicia.

El alcalde de Lima está confundido. Cuando los concejales de oposición le piden información sobre las obras municipales en curso, y sobre diversos aspectos administrativos, responde denunciando mala onda detrás de estas ordinarias preocupaciones. En realidad, solo le están exigiendo que rinda cuentas, como le corresponde a todo funcionario o autoridad. Tal vez el alcalde, que se supone es un excelente gestor, podría responder con cifras y plazos para demostrar que su administración es limpia y sus obras son adecuadas, es decir, que se hacen bien y sin sobrecostos. Pero su respuesta a la defensiva justifica, una vez más, esas sospechas.

Fui a la misa de la parroquia San Felipe Apóstol el sábado pasado. Era el aniversario de la muerte de mi viejo y estuve al lado de mi madre como todos estos años. El padre Dietrich, un alemán que hace un silencioso trabajo pastoral entre Lima y Ayacucho, leyó con paciencia un exaltado texto de Lucas (12, 49-53): “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo he venido a prender fuego sobre la tierra, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! (…) Piensan ustedes que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división”.

Cuando leí los testimonios me quedé aturdido. Es verdad que las alarmantes cifras siempre han estado allí ilustrando esa patología social. Pero los testimonios me pegaron duro. Toda esa porquería había estado a mi lado, tan cerca, rozándome. Metidas de mano, insultos, jaladas de pelo, golpes, violaciones y asesinatos. Todo contra tantas personas que conozco y tantas personas queridas. Terrible. Gran parte de esta violencia cotidiana era clandestina hasta que, de pronto, vino esta ola imparable, iniciada por las valientes revelaciones de mujeres que dicen que los hombres somos abusivos. Nos molesta escucharlo, obviamente, pero no deberíamos.

Imagínense que no era PPK quien nos ofrecía el discurso en el Congreso sino un político socialista, un defensor de los trabajadores y de los desposeídos del campo y la ciudad, un activista por los derechos de las minorías y de las mujeres, un profesional comprometido con la educación, la salud y el medio ambiente. Hubiera sido lo esperable. Pero ese mismo discurso hubiera provocado el temor de muchos analistas y de una buena parte de la ciudadanía. Se hubiera acusado la ausencia de prioridad en el crecimiento y las inversiones, se hubiera advertido que su visión engordaría injustificadamente al Estado, que su opción preferencial por los pobres descuida al resto de peruanos, especialmente a las clases medias. Pero era Kuczynski. Y la centro derecha no se ha asustado. Y la centro izquierda no ha replicado.

Este artículo va contra el sentido común, especialmente contra la idea que tenemos acerca de la relación entre el ciudadano y el Estado. Nuestra experiencia con el Estado suele ser fatal. Los estudios lo corroboran. Las encuestas de opinión, en cualquier coyuntura, suelen mostrar la baja reputación que tienen los organismos de los tres poderes del Estado.

Estamos mal acostumbrados. Cada vez que tenemos una buena noticia estamos más preocupados por los ataques que recibiremos que por la ola de entusiasmo que podemos provocar. Sucede en todos los sectores, públicos y privados, con fines de lucro y sin fines de lucro. Es uno de los males nacionales más recalcitrantes. No es casual que esto sea así. Generalmente el rechazo de las minorías activas y cerradas tiene más impacto que las diversas mayorías que celebran silenciosamente los cambios esperados.

Hay semanas en las que el trabajo lo llena todo, me sigue después de la oficina, se entromete hasta en mis madrugadas mucho antes de levantar a los niños para el colegio. Días en que un proyecto empuja al almuerzo hasta la hora del lonche, me hace escribir con un ojo un documento mientras con el otro respondo mensajes urgentes. Chambas que destruyen mi paciencia y, entonces, las friego por ansioso o malhumorado.

Esta semana, Perú21 se convirtió, una vez más, en tendencia en las redes. La verdad que ser tendencia no significa nada porque hay millones de tendencias al año. Cualquier cosa es tendencia. Pero esta vez el motivo fue verdaderamente significativo: el equipo que gestiona las redes sociales decidió responder con elegancia e ironía a cientos de despistados seguidores en el Facebook.

Estoy en un lugar llamado San José de Secce realizando un taller de derechos humanos para los comités de autodefensa. Estamos almorzando unos pollos a la brasa que trajimos en unos gigantescos cilindros desde Huanta, mientras conversamos de las polarizadas elecciones de ese año, 1995. De pronto, uno de los campesinos, un anciano bien parado, asocia la política a la guerra y comienza a narrar una antigua batalla entre los senderistas y ellos. Se le quiebra la voz. Un enfrentamiento en la oscuridad de la madrugada con palos, piedras, puños y armas de distinto tipo. Una tragedia en la que se confrontaban hasta parientes divididos por dos bandos. Silencio. Un largo silencio. De pronto otro rondero pide la palabra y se abre. Y otro. Y así sucesivamente. Ese día me acerqué apenas al interminable dolor que invadió al país, arrasando con la vida de miles de peruanos.

Nadie está preparado para ser padre. Es mentira que el instinto aflora. No brota nada sino el desconcierto cuando estás frente a esos delicados tres kilos de humanidad. Como alguien me sopló que la cosa era maratónica, me entrené las semanas previas al primer parto. Chanconazo. Aprendí a bañar bebés con muñecas, por eso pude meter a la tina a mis crías desde el primer día, no sin tropiezos, ciertamente. Aprendí a cortar uñitas, a limpiar orejas, a echar bloqueador parejo. Aprendí a calcular la medida adecuada del jarabe según el peso de los niños. A preparar biberones cargados de harina de arroz para que mis wawas se rindieran ante el ángel del sueño.

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