27.MAR Lunes, 2017
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LA PORTADA DE HOY

¡Diluvio!

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Columna Roberto Lerner

Todos, unos mucho más que otros, sentimos que se ha interrumpido el curso de lo cotidiano. Ver nuestra calle convertida en río, nuestra vivienda en escombros, nuestro campo con todo el trabajo bajo el agua, significa un quiebre, una agresión a la continuidad de la vida. También cuando la irrupción de lo inesperado no es tan radical o hasta ridícula frente a lo mencionado, mucho queda pasmado. Los niños sufren el embate de manera directa o a través del discurso de sus mayores y de los medios. Los guiones no son los mismos y buscan adaptarse a los que rigen en la emergencia. Lo podrán hacer, sin duda. ¿Qué papel nos cabe a nosotros? Poner palabras. Dar el ejemplo. Situar el contexto. Definir lo que está pasando sin exageración, pero de manera precisa.

PISA se asocia a lo académico. Pero hay algunas preguntas que exploran cuánto sienten los chicos que la escuela los prepara para la vida adulta o si es una pérdida de tiempo. Podríamos esperar que quienes más contentos están con el colegio tienen las mejores notas.

¡Tantas cosas son opacas para mi mente! Lo que está ocurriendo y por qué está ocurriendo cuando presiono las teclas de mi computadora, por ejemplo. Que use algo no significa que lo entienda.

“El verano es soltería; una flaca, ni hablar. Hasta la fiesta de prom puede ser”, es un resumen de lo que vengo escuchando de parte de chicos y chicas: hay épocas del año en las que estar emparejado tiene ventajas. Como que ayuda a funcionar dentro de horarios más rígidos, obligaciones más pautadas, menos salidas. Pero la libertad estival, parece, debe incluir la falta de compromiso amoroso.

Los crímenes por amor exceden, en mucho, los cometidos por sexo. Sin el segundo se puede vivir —hay vidas castas por decisión—, pero sin el primero, como que la identidad personal y el sentido de propósito en la vida se fracturan.

Revisando un texto sobre las matemáticas del amor, me encuentro con los resultados de una interesante investigación. Miles evalúan el atractivo de distintas personas, de ambos sexos. Luego se mide la cantidad de mensajes que reciben en un lapso determinado; vale decir, su popularidad.

Darwin dedicó un libro a las emociones. Y no solamente las situó en el contexto de la evolución de la especie, sino también del desarrollo psicológico individual. La risa de los más pequeños, por ejemplo, fue considerada como un instrumento de comunicación.

Entre los lugares comunes, tan pomposos como vacíos, que escuchamos en la prédica educacional y organizacional está eso de que todo se puede, que si uno se atreve a soñar, con ganas, optimismo y tesón, el futuro depara grandes cosas. Los ejemplos abundan en las noticias, los libros de autoayuda, las autobiografías y los estudios de caso.

Dos personas conocidas por su agudeza lo dijeron. Mae West, que generalmente la evitaba salvo cuando no podía resistirla, y Oscar Wilde, que podía resistir cualquier cosa menos esa. Se referían a la tentación.

Estuve con un grupo de jóvenes —cultos, interesados en la actualidad, ambiciosos y normativos, de esos que uno quiere tener como alumnos o hijos— en un taller para discutir cómo ven el futuro, su futuro, en un mundo turbulento que ellos mismos habían definido en sendos ensayos. ¿Cómo cambiaban sus planes y perspectivas?

Navegando por las redes uno se siente acompañado. ¡Tantos otros a la mano! Enredados, entrelazados. Tiempo y espacio abolidos. Inmediatez asegurada. La opinión de todos importa y todos hacemos conocer la nuestra. De buenas o malas maneras, la hacemos llegar desde la humildad de nuestro lugar que abandona el anonimato.

Hay quienes quisieran dormirse el 22 de diciembre y despertarse el 1 de enero. Porque fin de año es menos simpático de lo que nos quieren hacer creer los burbujeantes mensajes y la agitación superficial en calles y plazas.

¿Alguien ha podido escapar a la seducción de bromas empaquetadas? Bombas apestosas, mecanismos que vibran o pasan una corriente cuando nos dan la mano, gomas de mascar tramposas, excrementos plásticos o tarántulas falsas ejercen una atracción irresistible. Producir sorpresa, miedo o asco nos hace sentir poderosos, tanto a adultos como a menores.

En una exposición sobre Internet, un especialista afirmó: “No es una tecnología pensada en los menores, sino en proteger la capacidad informática de los Estados Unidos de un ataque nuclear. No como Disneylandia, concebida con los pequeños en mente”.

Una madre preocupada por su hijo, el menor, de 15. Buen estudiante, presidente de la promoción, responsable. “Antes me contaba todo. Hasta ahora lo llamo mi bebito”, dice ella, “pero ahora se aleja, rehúye lo profundo y, sobre todo, me tiene loca con que le dé permiso para tomar. El otro día confesó dos sorbos de cerveza. Para su cumpleaños bromeó que esperaba un six pack y, muy serio, que en Año Nuevo no había manera de evitar el trago”, concluye.

Los seres humanos necesitamos protección. Sin ella, entre el parto que nos trae al mundo y bastantes años más tarde, no tenemos la menor posibilidad de sobrevivir. Y en un planeta muy hostil —¿de dónde han sacado que el nuestro es amigable?—, si no nos cuidamos los unos a los otros, lo abandonamos y pasamos a mejor vida.

La tina en los sábados por la noche, el trayecto en carro de casa al colegio en las mañanas, el dormitorio en la madrugada. Son momentos. Son lugares. Para muchos forman parte de la rutina, son el tejido de lo cotidiano, aquello que pasa sin dejar huella en la memoria y se esfuma en el tiempo.

Ochenta y cinco veces al día, más o menos. Para muchos, lo primero que hacemos al despertarnos y lo último que realizamos antes de cerrar los ojos. ¿Adivinan qué es? Sí, examinar una pantalla entre 4 y 7 pulgadas, según los casos, y pasear el dedo índice sobre ella. ¿Cuál es la probabilidad de que, digamos, en 10 de ese casi centenar de miradas y desplazamientos digitales, encontremos o produzcamos algún evento de importancia intermedia? Muy baja.

Un niño de tres años le pide a su mamá pan con mantequilla. Su mirada trasunta anticipación gozosa. “Mejor te voy a pedir una ensalada de frutas con mucha piña, naranja y manzana”, ella le dice. Él responde con un rotundo “nooooo”. Parece más broma compartida que una rebelión. La madre ordena pan francés calentito con mantequilla. No es una cruzada en favor de la salud ni contra la obesidad.

El otro día vi un gráfico que mide la evolución de los precios de diversos servicios y productos desde 1980. Aunque no entiendo mucho de economía, entendí que hay algunos que bajan de manera significativa, vale decir, se democratizan; mientras otros suben sostenidamente, en otras palabras, se hacen más elitistas.

¿Medimos lo mismo cuando nos despertamos que cuando nos vamos a dormir en la noche?, ¿si tuvieras 7 días más de vida, te gustaría saberlo?, no son un inicio de clases convencional, que digamos. Pero, cuando ocurre, el debate se produce y, casi siempre, los alumnos descubren, confrontan y, quizá es lo más importante, se dan cuenta de que sus ideas sobre muchos de sus compañeros son bastante prejuiciosas.

“Es un placer invitaros”, dice un correo electrónico que va al spam. “Ser jodidamente…”, escribe un columnista en el diario más formal del país. “Invitaros” suena ridículo; “jodidamente”, normal, y “spam”, trivialmente claro.

Hay sociedades en las que la fe religiosa no juega un papel importante. Los europeos están en ese camino y los japoneses también. ¿Significa eso necesariamente el abandono de los rituales? La pregunta proviene de una conversación sostenida hace poco con una mujer joven que está intentando quedar embarazada, sin éxito hasta el momento, de un segundo niño.

Nuestro equipo de surf es campeón mundial ISA. Un deporte que en 4 años será olímpico. En Tokio habrá oro, plata y bronce para los mejores. Ideal para combinar dinero, motivación y aspiración. Gobierno, empresas y gente. Certera apreciación de Luis Brandwayn, colombiano que vive en nuestro país. El fútbol, deporte apasionante y mediático, nunca va a traer medallas de oro. Ni de madera.

Una investigación deliciosa, hecha hace 43 años, en Princeton, sobre conducta altruista. Se les dijo a seminaristas que iban a dar ya sea una conferencia sobre la parábola del buen samaritano, llamémoslos idealistas, ya sea sobre la mejor manera de conseguir un trabajo bien remunerado, bauticémoslos prácticos.

Una madre preocupada porque no logra transferir responsabilidad hacia su hija en lo tocante a la preparación cotidiana de la lonchera para llevar al colegio. Trata de negociar con su hija y le dice que, contrariamente a sus progenitores, llenos de obligaciones, como trabajar, ella –la chica– no tiene sino unas pocas, y que puede encargarse de algo tan simple. Hasta ahora no ha tenido éxito y la cosa termina en discusiones.

La lista de rasgos de personalidad que los cazadores de talento buscan en sus potenciales presas, que terminan, luego de diferentes filtros, trabajando en las empresas más importantes, es larga. Entre los más importantes: variantes de asertividad, confianza en sí mismo, ambición, seguridad. Es lo que también buscamos promover y reforzar en nuestros hijos, alumnos y estudiantes. ¿Y la humildad?

El autorretrato era prerrogativa de los grandes pintores. “Auto” se refiere a uno mismo. Lo que uno mismo es o hace. Es el self anglosajón. El conjunto de referencias sobre nosotros mismos. Habilidades, defectos, eficacia, imagen, entrelazados en un relato.

Un joven de 20 años me pregunta “¿a qué edad te vas a jubilar?”. “¿Por qué?”, inquiero. Con la mirada triste, responde que su padre, que lo fue relativamente tarde, se jubila el próximo año y que, según ha anunciado, por fin va a vivir verdaderamente su vida. Como que está anticipando la vida verdadera del papá como un abandono.

Vale decir, llenos de tareas. Es de lo que hablan, cada vez más, los chicos entre el final de la primaria y el último año de colegio. Entre ellos y con los adultos que se dignan a escucharlos. De que tienen que hacerlas, de la manera en que las hicieron, de cuánto les tomó. Los menos con la satisfacción de lo bien logrado, pocos con el alivio del deber cumplido y la mayoría llenos de rabia, frustración, preocupación o resignación.

¿Por qué tanta fiesta? Sonidos torpes y casi siempre incorrectos despiertan la algarabía en quienes los escuchan las primeras veces. ¡Palabras! No existe cultura que no las celebre.

Al levantarnos, deseamos que las cosas vayan bien con los chicos. La logística de la mañana, sin embargo, suele desgastar. Cuando nos volvemos a ver, pensamos más en orden y responsabilidad que en compartir.

No sabemos si Adán amó a Eva. Evidentemente Caín no amó a Abel. La Biblia hebrea se demora en conjugar la palabra ‘amor’ y la primera vez que lo hace no se refiere a esposo y esposa, tampoco a madre e hijo. “Toma a tu único hijo, a tu amado y ofrécemelo en sacrificio”, le dice Dios a Abraham.

“Se tronó”, me dice acerca de una prima que dio a luz. “Le pregunté qué le regalaba al recién nacido, me respondió que una cuchilla suiza”, afirma incrédulo. “En el curso de Psicología nos dijeron que las mujeres se loqueaban luego de dar a luz”, remata.

El tiempo pasa, nosotros pasamos. Más que arrugas y encorvamientos, en el caso de los mayores; y logros apoteósicos —caminar, hablar, leer— en el caso de los menores, son pequeñas señales que nos dejan en posición adelantada, lo que anuncia cambios en el lugar que ocupamos en el devenir de la vida.

Como individuo busco trasladar mis genes a la próxima generación. Lo que contribuye a que eso ocurra se consolida y permanece. Lo que no, desaparece. En ese sentido, me preguntaba en una anterior columna, ¿por qué las hembras humanas dejan de ovular?

Ahora que los asuntos previsionales, jubilatorios y otros relacionados con la tercera edad —los viejos se vuelven sexis con el 95% de sus fondos en la mano— están de moda, debo reconocer que no he visto muchos abuelos rascándose la panza y gozando de un merecido retiro. Su tiempo, supuestamente libérrimo, lo dedican a llevar, traer, cuidar, arrullar, disciplinar —la parte que no siempre sale bien— y, hablando de finanzas, contribuir a la economía del florecimiento de los hijos de sus hijos.

Alice Mary Naish nació en Inglaterra. Estudió Medicina cuando muy pocas mujeres lo hacían y se especializó en Epidemiología y Medicina Social cuando a nadie le interesaba ese tema, o se lo consideraba de poca importancia.

Una ostra que filtra, protege, deja que ingrese el mundo en dosis suficientes y permite que se produzca una perla.

Una mamá y su hijo de tres años recorren el supermercado. Papel en mano, ella navega entre las góndolas, escogiendo productos y tachándolos de la lista que hizo antes. El niño tiene la mano en las rejillas del carrito de compras y observa con detenimiento cómo se va llenando. Hace preguntas, a veces él mismo se detiene y manipula algún envase que ha llamado su atención. A veces identifica lo conocido y “lee” la etiqueta. Una vez terminado el trámite en la caja, ayuda a su madre poniendo algunas cosas en la maletera del carro.

Es el miedo de perderme algo.

Las redes sociales vienen jugando un papel indudable en el proceso electoral. Un síntoma: poca propaganda en medios masivos convencionales. Despreciadas como lujo de ricos y campo de juego de minorías tecnológicamente cultas, han sido relevantes.

Hay, nos dicen, un déficit de ella. Parte de nuestros niños podría llevar como apodo ADD o Ritalin. La distracción es el mal de una época plena de tentaciones para la curiosidad saltarina, propia del mundo digital.

Se supone que son las horas que nuestro organismo requiere para reponerse de los trabajos del día anterior. ¿De dónde ha salido? Como algunos datos supuestamente inapelables de la sabiduría convencional, nadie sabe muy bien. Si uno deja de tener todos los puntos de referencia que nos da la civilización —relojes, luz eléctrica, por ejemplo— y nos damos un baño de naturaleza por un tiempo suficientemente largo, en promedio vamos a dormir 7 horas y 15 minutos por noche.

Un joven que bordea los 30, ingeniero civil, muy inteligente y en curso de carrera ascendente, con el estilo analítico y racional que lo caracteriza, me dice: “Cuando me portaba mal” —la verdad, no me lo imagino haciendo grandes travesuras— “me quitaban temporalmente alguno de mis juguetes. Era algo que me desconcertaba profundamente. Me los habían regalado y, por lo tanto, eran míos. Pero si podían retirármelos, aunque fuera temporalmente, se trataba de una propiedad parcial, condicional. Podía entender que no me dejaran ver la TV o que se negaran a darme propina, pero lo otro me quitaba confianza en el mundo de los adultos”, concluye.

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