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LA PORTADA DE HOY

“En la derecha hay de todo”

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Columna Roberto Lerner

Vuelvo al copiloto de Germanwings. Con el beneficio de mirar hacia atrás, con la facilidad de predecir el pasado, ¿cuál de todas las informaciones con las que contamos parece ser la más ominosa con respecto de la tragedia que produjo Andreas Lubitz?

Ninguna tecnología que haya cambiado nuestras vidas ha dejado de tener notables vínculos con la sexualidad. La posibilidad de producir imágenes, formas, palabras y trasladarlas a un público —individual o colectivo— siempre ha tenido en el deseo un motor muy poderoso. El medio, la distancia, el número de espectadores, la interactividad y el realismo han ido variando según nuestros avances. Pero no la tendencia a que sexo y tecnología se enganchen y se refuercen en una espiral ascendente, o descendente, según las ideologías y sensibilidades.

“No sabía que también se estudia de noche, mamá”. Es lo que dijo un pequeño de 4 años cuyo hogar está lo suficientemente lejos de su centro de estudio como para que los preparativos para salir de casa y por lo menos el inicio del recorrido se den con un grado de luminosidad reducido. Claro, “a quien lo quiere celeste, que le cueste”, reza el dicho, y nuestra elección de colegio no tiene nada que ver con una consideración geográfica que debería ser tan razonable como práctica.

Pocas veces la muerte tiene sentido. Muy pocas parece tan arbitraria como la que sufrieron pasajeros y tripulantes del vuelo 9525 de Germanwings. Fuera de la de Andreas Lubitz, que terminó con sus sufrimientos.

Un grupo de jóvenes padres es convocado con el fin de conocer las aulas donde sus hijos pasarán su primera experiencia escolar. Pronto los pequeños llegarán hasta las puertas del nido y, unos con seguridad y compostura, y otros con evidentes muestras de ansiedad, ingresarán al ancho y ajeno mundo de la socialización secundaria. La familia dejaría de ser la única referencia, la única realidad. Se sientan en las silletitas propias de todo centro de educación preescolar y escuchan las explicaciones de las futuras maestras de sus hijos. Revisan libros de cuentos con los que comenzarán a conversar acerca de la vida cotidiana; aprecian los diferentes materiales con los que trabajarán para ir ejercitando distintas habilidades; observan los instrumentos que servirán para aguzar sentidos, mejorar movimientos, estimular intelectos; y luego se pasean por los diferentes ambientes que contienen imitaciones de la realidad: cocinita, dormitorio, taller. Las profesoras proponen una actividad. Piden una lista con aquello que esperan que sus hijos obtengan de su experiencia en el nido. Los padres se miran unos instantes hasta que, como siempre, alguien comienza a hablar. Después de algunos minutos, la lista de expectativas ha crecido de manera respetable: estar preparado para leer y escribir, aprender los rudimentos de las matemáticas, adquirir independencia, saber tomar decisiones, ser estimulado tempranamente en el campo intelectual, y otras cosas por el estilo. Hasta que una pareja propone un disonante deseo: que goce en compañía de otros niños. Al principio, los miran con algo de extrañeza. Luego comienza un debate sobre la naturaleza de la educación preescolar. No todo el mundo está de acuerdo, pero básicamente se acepta que el placer es un elemento sin el cual ningún verdadero proceso de aprendizaje es posible. Es un signo de los tiempos que ni siquiera, cuando hablamos de niños de tres años, podamos recordar un principio tan básico del desarrollo humano.

12/03/15 |

Lecturas

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¿Cuándo comenzamos a leer con profundidad? Me refiero a esa lectura concentrada, que va avanzando sostenidamente, comprimiendo o estirando el tiempo, mientras en el escenario de la mente se desentrañan misterios, la lógica embosca a la emoción, o viceversa. Es probable que algo tenga que ver el nacimiento de la novela. ¿Hay otra manera de leer el Quijote que no sea con atención pertinaz y curiosa, flexible y rigurosa? Antes, la mayor parte de las lecturas eran en modo choque y fuga, a la manera de un merodeador que se apodera de una parte de un escrito y puede volver a él en numerosas ocasiones, como ocurre con las lecturas religiosas. Y, al parecer, es esa forma la que ha regresado en el mundo digital. La lectura en pantalla es saltarina, oportunista, impredecible en su curso y secuencia. Además, la posibilidad permanente de cambiar de ruta y tema produce una suerte de hiperactividad e impaciencia que se traduce en distractibilidad y menor capacidad de retención y comprensión de lectura. El otro día, un adolescente me dijo: “No puedo dejar de pensar, cuando estoy leyendo en Internet, en lo que me puedo estar perdiendo a un click de distancia”. Es posible que nuevas formas de lectura se estén gestando mientras nos quejamos del paraíso perdido del texto impreso. Los pequeños libros portátiles que nacieron en Venecia en los últimos años del siglo XV permitieron que las personas pudieran desarrollar una relación íntima con un relato a la sombra de un árbol o en la soledad de una habitación. Quizá facilitaron la invención de la novela y la lectura profunda.

¿Qué es más peligroso, un Ipad para un niño de dos años o el pequeño para la tablet? No sé cuántos padres han tenido que hacer el duelo por la muerte de, por lo menos, una pantalla, pero no deben ser legión. Porque existen mecanismos, adornos y muchas otras cosas que correrían serios peligros en las manos de un niño que ya domina su cuerpo, pero aún no completamente las palabras. ¿Por qué no pasa lo mismo con teléfonos inteligentes y otros aparatos por el estilo?

Los mayores éxitos comerciales de la farmacología tienen que ver con el estado de ánimo y el desempeño amatorio. Prozac y Viagra facilitan, supuestamente, el ideal moderno de humor positivo y proeza sexual. Hay una droga aprobada por la Food and Drug Administration para cuadros de narcolepsia —dificultad patológica para mantenerse despierto—, pero que, en ausencia de ese síntoma, mejora notablemente la capacidad de alerta, la concentración y las habilidades cognitivas, durante alrededor de 40 horas seguidas.

Javier dejó de asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos que marcaron los primeros meses de su recuperación.

Un adolescente de 15 años ha sido sometido a una operación quirúrgica y el posoperatorio es especialmente duro. Escucho opiniones en cuanto al manejo del dolor. El sistema tradicional es combinar una administración fija de analgésicos —en este caso son poderosos— con una sobredemanda, vale decir, cuando el paciente lo pide. El personal profesional debe juzgar en el segundo caso si procede o no. Actualmente, hay unas máquinas que permiten al enfermo autoadministrarse una dosis, obviamente calibrada y que se puede repetir solamente transcurrido un lapso definido. Dentro de ciertos límites, la persona que sufre puede controlar su malestar. Claro, uno puede preguntarse si no estamos promoviendo el camino fácil o alentando una dependencia. O si, dada la edad del jovencito, su nivel de madurez es insuficiente para manejar algo tan complejo. Es una reflexión válida y que nos pone frente a un dilema que se da en muchos otros contextos, también el de las políticas públicas: ¿quién decide lo que conviene a una persona o grupo? Siempre que el asunto tiene que ver con la salud, el placer o el dolor no es fácil ponerse de acuerdo.

Entre adultos y niños hay un diferencial de poder. Padres y maestros conocemos esa asimetría. Podemos más, sabemos más. Nuestros actos son sentencias inapelables. Muchas veces son vividos como abuso por la parte débil. Los maltratos íntimos se pierden envueltos en una complicidad muda. No hay alternativas al único hogar que tenemos.

Hay dos tipos de noticia que nunca faltan en los medios de comunicación. Alguien muestra orgulloso el trofeo recibido en algún concurso o reseña el colapso de una reputación. Las dos caras de una misma realidad, la de ascensos y descensos fulgurantes. Un mundo hecho de premiaciones y escándalos. No pocas veces son los premiados de hace poco los que se precipitan al abismo del desprestigio.

Cuando le proponen a un grupo de adultos jóvenes pasar 15 minutos sin hacer nada, con sus propios pensamientos, en un cuarto sin mayores estímulos y les dan la posibilidad de autoadministrarse choques eléctricos cuando ellos lo quieran y en intensidades que ellos controlan, la mayoría escoge ese extraño ejercicio de masoquismo antes que el aburrimiento.

A Sandra no le queda mucho tiempo. Cuestión de semanas. La niña, de 10 años, pasa su tiempo dibujando. Cuando preguntó si iba a morir, su madre afirmó con desesperada convicción que no. Luego me dijo que le rompía el corazón ver que en sus dibujos solamente había marrones y negros. “Pero”, se preguntó, “¿cómo le puedo pedir que use tonalidades alegres?”. La silenciosa aceptación de la oscuridad contradecía sus palabras, que negaban la muerte. Para los adultos, la muerte de un niño es una injusticia inaceptable, el incumplimiento forzado de una promesa, la insoportable traición de una oportunidad. Para los padres, además, un conjunto de sucesos que no sucederán, vividos como desgarrador y anticipado vacío. No de lo malo que no ocurrirá, sino de lo que ilumina la vida con ceremonias y transiciones. ¡Cómo no entenderlos! Pero no es, por lo menos en mi experiencia profesional, lo que sienten los pequeños que se aproximan a un fin temprano. Están centrados en cuestiones más inmediatas, pero no menos importantes. Como, por ejemplo, lo que va a ocurrir con sus juguetes, sus mascotas, sus hermanos, lo que están sintiendo sus padres. En este caso, la madre pudo hablar de la muerte con su hija. Usando sus creencias, pero, sobre todo, asegurándole que la adoraba, que la iba a extrañar enormemente, que iba a cuidar lo que dejaba y que estaría con ella hasta el final. A pesar de la intensidad de los sentimientos y su inescapable dureza, la madre me contó más tarde que había sido menos difícil de lo que pensó, que hubo mucho alivio por parte de ambas. Me mostró una hoja que extrajo de su cartera: un dibujo con azules y amarillos, además de negros y marrones.

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18/12/14 |

Elogio del error

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11/12/14 |

‘Neurobamba’

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04/12/14 |

Desertores

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30/11/14 |

Pausa, por favor

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El Génesis nos dice que el Señor terminó su creación en 6 días. ¿Y el séptimo? Miró Su obra y la apreció y… ¿descansó? Sería contradictorio con la definición del Ser Supremo. No puede haber necesitado descanso. En hebreo se emplea la raíz ShBT, de la que proviene sábado y de la que también se deriva huelga, paro. Sí, Dios paró, no descansó. Pocas cosas son tan importantes para el desarrollo de la mente, para su equilibrio y bienestar, como aprender a parar. Hacer una pausa. Si ustedes, queridos lectores, unen todas las palabras del párrafo anterior y quitan del texto los signos de puntuación, y tratan de leerlo, se enfrentarán a una tarea cognitivamente desgastante y afectivamente devastadora. Como una vida rauda que no tiene hitos, que no tiene ritmos, como la que proponemos a nuestros hijos y alumnos con una seguidilla de logros que se acumulan pero no se procesan, con horarios impuestos desde fuera con el pretexto de hacerlos avanzar rápido, huir hacia adelante en un esfuerzo que nos tranquiliza porque sentimos que los estamos preparando para el futuro.

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Espacio de crianza

02/11/14 |

La talla perversa

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http://blogs.educared.org/espaciodecrianza/ “Estaba absolutamente y totalmente concentrado en la pantalla. Me escuchó cuando ya me encontraba a pocos centímetros y levantó la mirada. Vi terror puro. Le di vuelta a la pantalla. No vi nada, pero estoy segura de que era porno, porno gay. Él tuvo tiempo de salir de la página, pero me di cuenta de que estaba seguro de que yo había visto. No le dije nada. Simplemente me alejé”, dice.

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28/09/14 |

Tocando el mundo

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31/08/14 |

Sub-Jaimitos

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15/08/14 |

Guerra y barbarie

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Roberto Lerner,Columnista invitado Eliminar al adversario tiene raíces ancestrales. Negociar conflictos con leyes y arbitrajes, arrancarlos a la lógica de la fuerza bruta, es un logro enorme.

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25/05/14 |

Mercado y amor

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18/05/14 |

La volteada

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11/05/14 |

M(other)

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