24.MAY Martes, 2016
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LA PORTADA DE HOY

No paran

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Columna Roberto Lerner

Ahora que los asuntos previsionales, jubilatorios y otros relacionados con la tercera edad —los viejos se vuelven sexis con el 95% de sus fondos en la mano— están de moda, debo reconocer que no he visto muchos abuelos rascándose la panza y gozando de un merecido retiro. Su tiempo, supuestamente libérrimo, lo dedican a llevar, traer, cuidar, arrullar, disciplinar —la parte que no siempre sale bien— y, hablando de finanzas, contribuir a la economía del florecimiento de los hijos de sus hijos.

Alice Mary Naish nació en Inglaterra. Estudió Medicina cuando muy pocas mujeres lo hacían y se especializó en Epidemiología y Medicina Social cuando a nadie le interesaba ese tema, o se lo consideraba de poca importancia.

Una ostra que filtra, protege, deja que ingrese el mundo en dosis suficientes y permite que se produzca una perla.

Una mamá y su hijo de tres años recorren el supermercado. Papel en mano, ella navega entre las góndolas, escogiendo productos y tachándolos de la lista que hizo antes. El niño tiene la mano en las rejillas del carrito de compras y observa con detenimiento cómo se va llenando. Hace preguntas, a veces él mismo se detiene y manipula algún envase que ha llamado su atención. A veces identifica lo conocido y “lee” la etiqueta. Una vez terminado el trámite en la caja, ayuda a su madre poniendo algunas cosas en la maletera del carro.

Es el miedo de perderme algo.

Las redes sociales vienen jugando un papel indudable en el proceso electoral. Un síntoma: poca propaganda en medios masivos convencionales. Despreciadas como lujo de ricos y campo de juego de minorías tecnológicamente cultas, han sido relevantes.

Hay, nos dicen, un déficit de ella. Parte de nuestros niños podría llevar como apodo ADD o Ritalin. La distracción es el mal de una época plena de tentaciones para la curiosidad saltarina, propia del mundo digital.

Se supone que son las horas que nuestro organismo requiere para reponerse de los trabajos del día anterior. ¿De dónde ha salido? Como algunos datos supuestamente inapelables de la sabiduría convencional, nadie sabe muy bien. Si uno deja de tener todos los puntos de referencia que nos da la civilización —relojes, luz eléctrica, por ejemplo— y nos damos un baño de naturaleza por un tiempo suficientemente largo, en promedio vamos a dormir 7 horas y 15 minutos por noche.

Un joven que bordea los 30, ingeniero civil, muy inteligente y en curso de carrera ascendente, con el estilo analítico y racional que lo caracteriza, me dice: “Cuando me portaba mal” —la verdad, no me lo imagino haciendo grandes travesuras— “me quitaban temporalmente alguno de mis juguetes. Era algo que me desconcertaba profundamente. Me los habían regalado y, por lo tanto, eran míos. Pero si podían retirármelos, aunque fuera temporalmente, se trataba de una propiedad parcial, condicional. Podía entender que no me dejaran ver la TV o que se negaran a darme propina, pero lo otro me quitaba confianza en el mundo de los adultos”, concluye.

Estamos en tiempo de decisiones. Aunque todos nos alegramos de poder elegir, optar, sobre todo cuando hay exceso de oferta, no es algo en lo que nuestra mente se embarca alegremente. Es costoso en términos de energía: hay que sopesar las alternativas. Cuando se trata de algo importante, como quiénes van a regir nuestros destinos, a menos que no seamos militantes, siempre queda la duda, la angustia y la incertidumbre.

¿Al toque, tres minutos o una hora? Chicos y chicas de 15 años discuten acaloradamente cuál es el lapso que uno debe esperar para textear una respuesta en el contexto de los primeros intercambios de flirteo. Inmediatamente puede ser interpretado como que uno no tiene nada que hacer más que mirar la pantalla de su celular y que está demasiado interesado. Una hora es mucho, como que se pierde el interés y se asume que mejor es intentar con otra persona. Así que entre tres y cinco minutos fue el lapso preferido.

Columnista invitado

El menú de pesadillas que podemos vivir es largo y variado. Una de ellas, abrir los ojos un día y no ver nada. Sumidos en la oscuridad total y desprovistos del sentido que más valoramos. ¡Terrible!

Alguien le ha dicho que su hijo siempre trata de complacerla. No está de acuerdo. “Me desobedece a forro”, dice, segura de despejar lo que siente que es una crítica.

Los institutos nacionales de Salud Mental de los Estados Unidos investigan y recogen datos. Nueve millones de personas tuvieron ideas suicidas, y un millón intentaron quitarse la vida. Quizá una subestimación, ya que no todos los que han pensado en el suicidio lo comunican, y algunos de los que hacen la prueba pasan por víctimas de accidentes.

La vida es un conjunto de tareas y obligaciones. También placeres y gratificaciones. Procrear, producir, legar. Biología y cultura. Entre nuestros hijos y los de ellos, los bienes que acumulamos y transferimos, los orgasmos —de todo tipo, es una metáfora— que tenemos y damos, nuestras vidas transcurren, se agotan y se pierden en el recuerdo de algunos y la nada del resto.

Suena a una canción de José José, creo. Y algo de ella tiene. Pero nada que ver con relaciones de pareja. Pienso en esos viajes en la población más acomodada, que sirven de celebración quinceañera. Amigas cercanas se disponen a visitar alguna ciudad del mundo globalizado. Acompañadas por sus madres, que, por lo general, ingresan en la segunda mitad de sus vidas. Una ilusión intergeneracional cuya concreción se prepara durante meses.

Algunos tratan de resolverlo cuando lo tienen frente a los ojos y no hay nada más interesante. Una manera de matar el tiempo, poner a prueba la cultura general, o específica cuando es temático. Pero nada importante está en juego. Es comparable a ejercer el voto el día de las elecciones, o conversar de política de vez en cuando en familia, con los amigos o compañeros de trabajo.

Las mamás ya no pueden desconocer las evidencias. Algo, definitivamente, ocurre. ¿Qué pasó con esos niños que parecían hacerlo todo más o menos fluidamente, sin grandes resistencias y con buena voluntad?, ¿por qué parecen anudados, medio molestos, rebeldes y hasta retorcidos? La inocencia ha desertado y ya no toman lo bueno y lo malo de la vida sin dobleces.

Buena parte de aquello que contribuye a nuestra supervivencia fue un premio por el que debíamos luchar, quitándoselo a algún congénere: alimento, cobijo, sexo, por ejemplo. A medida que las cosas se fueron haciendo más complejas —tribus, pueblos, agricultura, ciudades, naciones— esos objetivos, las maneras de alcanzarlos y administrarlos— adquirieron también connotaciones inmateriales: justicia, legalidad, libertad; y derivaciones mediatas: prestigio, verdad, creatividad, productividad.

Todo se paraliza. Entre la supuesta espiritualidad de la Nochebuena y la obligada alegría que recibe el próximo año, hay un paréntesis dentro del que las cosas se mueven, al mismo tiempo, en cámara rápida y lenta. ¿Nos pasa a nosotros o es un espectáculo al que asistimos?

Pene, vagina. Más pelo en la cara, menos en la cabeza. El primer par es radical en cuanto a su presencia o no en hombres y mujeres. El segundo es muy marcado aunque menos tajante, si se me perdona el término cargado de ecos freudianos. Ese tipo de diferencia marca la comparación entre los grupos. Por eso la mujer barbuda tiene un lugar en un circo. En otras dimensiones las cosas son menos claras: los hombres son más altos y más corpulentos. El tamaño del cuerpo distingue a los dos grupos en promedio, pero también hay considerables variaciones dentro de cada uno.

Una púber se pelea con una algo mayor. Se identifica: “soy fulana”. Sigue, luego, un discurso cargado de rabia y palabras muy subidas de tono que agreden y descalifican, referidas a una dinámica de competencia y exclusión. La edad que diferencia no es 10 o 15 sino 05 y 00. Promociones, generaciones más que lapso de vida.

Un buen amigo y connotado economista llegó a un acuerdo con sus hijos. “La verdad”, me dice, “eso de tatuarse el cuerpo me parece horrible”. Consciente de que la mayoría de edad da derechos, sobre todo, como es el caso, en jóvenes responsables, les planteó, a medida que iban recibiendo el DNI, que si hasta los 26 años no se habían tatuado, recibirían un bono.

¿Quién soy yo? Un relato que cuento y me cuento a partir de vivencias convertidas en recuerdos, de historias provenientes de los más cercanos, leyendas de mi cultura y otros mitos acumulados. En ese “había una vez” hay núcleos coherentes que yo y los demás reconocemos —“sí, ese es él; ese soy yo”— y validamos —“sí, eso pasó”—, pero mucho es más cercano al chisme o al cuento de hadas que a un registro cronológico objetivo. Yo soy una autobiografía.

Somos domesticadores inveterados. Curiosidad y paciencia produjeron plantas y animales útiles. Salvo los perros, nuestros fieles amigos, que de tanto experimentar con sus genes los llenamos de taras.

La gente joven se está percibiendo a sí misma como vulnerable en extremo. Durante los años asociados con toma de riesgos, cierto sentimiento de invulnerabilidad, vocación por desafiar las normas sociales, deseo por explorar novedades y horizontes, muchos adolescentes y adultos jóvenes exigen protección.

El 20 del mes pasado fue el Día Mundial de las Estadísticas. Explorando algunas tablas sobre mortalidad en Australia di con unas tendencias que me sorprendieron. Claro, se trata de un país del Primer Mundo, donde, dicen algunos, el principal problema es la ausencia de problemas, pero de todas formas los datos hacen pensar.

El desarrollo psicológico terminaba a los 18. Los investigadores se dedicaron a la primera década, algo por el lado de la pubertad, pero, sobre todo, a los primeros 6 años. Como si el cerebro y la mente se pasmaran luego y vivieran en adelante de la inversión inicial.

Supuestamente no tiene excepciones. Reza: cualquier cosa que existe tiene una versión porno. Aunque el dominio para el cual fue enunciada es Internet, probablemente hay en ella algo indeleblemente humano. Placer y deseo nos son consustanciales. Todas nuestras actividades, por ende, pueden tener una dimensión sexual.

Últimamente los padres suenan, cuando hablan de la crianza de sus hijos, como vendedores frente a clientes más bien difíciles. Ya no saben cómo plantear ofertas y campañas. Muchas veces suenan a atribulados encargados del departamento legal respondiendo a alguna queja presentada a Indecopi. Y eso que no me refiero a asuntos complicados, digamos la sexualidad, la muerte o las drogas.

Con signos de exclamación, es el prototipo de una alarma que pone en movimiento nuestros cuerpos y llena nuestras mentes con los peores pronósticos, pero, de todos los elementos, es con el que menos contacto tenemos. Y cuando se trata de nuestros niños, contrariamente al aire, el agua y la tierra, que también tienen sus peligros, no le vemos ninguna utilidad. Mejor que no existiera.

La mente humana es un colador con huecos que alteran sus diámetros permanentemente. ¿Qué queda? ¿Qué pasa por ese tamiz caprichoso e impredecible? Hasta los restos aparentemente más resistentes pueden súbitamente perderse en el vacío —como en una forma de amnesia— o una parte de la malla desaparecer, de modo que nada es retenido —como en otra forma de amnesia—, para mencionar extremos. ¿Son las vivencias más propias que nuestras propiedades? Puede que más valiosas, pero se nos pierden igual. La corriente que experimentamos, como los contenidos intangibles, pero constantes de nuestras mentes, parece que es para siempre, pero lo que se mantiene en el lecho del río es modesto.

¿Por qué razón las predicciones acerca del futuro casi siempre están erradas? Tomamos algunos de los desarrollos tecnológicos que se asoman cuando somos adultos y los proyectamos hacia adelante. Carros voladores y policías alados ordenando el tráfico aéreo es lo que preveían a finales del siglo XIX para el siguiente, en lugar de grandes máquinas surcando el aire con cientos de pasajeros. Tenía más que ver con la concepción del individuo que con la ingeniería aeronáutica, con la cultura que con la ciencia.

Sí, pero no tanto como las mujeres. Según estudios oftalmológicos, cinco veces menos que ellas y por lapsos dos veces más breves. Realidades biológicas y expectativas sociales —machistas— ponen fragilidad y expresión emocional intensa del lado femenino.

La vida contiene momentos difíciles, situaciones injustas, circunstancias violentas y escenarios desagradables que pueden herir tu sensibilidad. Incluye personas que no piensan como tú, que hacen cosas que te pueden chocar y que hablan de ti u otros como tú de maneras que te pueden ofender.

El comunicado tiene todo lo que esperaríamos de un grupo de ciudadanos indignados por algún tema de trascendencia social. En este caso, se trata de conductas mostradas por menores que, para ser populares, “manyados”, se involucran en ellas y provocan rechazo en los que redactan el texto.

Cuando chica, alrededor de los 11 años, ocurrió algo que dio sentido a todo lo vivido antes y lo que vendría después. Era la noche en que se repartían diplomas por el desempeño académico. Alumnos y familiares colmaban el auditorio. Ella se encontró con una amiga de su mamá, por quien preguntó. La mamá no venía nunca a nada que tuviera que ver con el colegio. Le compraba un lindo vestido, ella misma la peinaba y la mandaba sola a las ceremonias, kermeses o cumpleaños. Inventó alguna excusa y la señora le dijo, toda orgullosa, que estaba segura de que su hija iba a recibir un reconocimiento más tarde.

Tenía pánico hacia las alturas y para vencerlo decidió hacer puenting. Ya estaba a punto de dejarse caer, mirando a los ojos al facilitador que la sostenía de las manos, cuando sintió una punzada en el pecho, una angustia indescriptible. “No sé qué cara habré puesto”, me cuenta, “pero el instructor me atrajo hacia sí y afirmó que no estaba lista”.

Les pido a unos adolescentes que escojan un lugar en la sala para pasar diez minutos solos con sus pensamientos. Me miran desconcertados. “¿Cómo que solos con nuestros pensamientos?”. Cierran los ojos de mala gana, una vez ubicados. Silencio. Cambios de posición. Pequeñas trampas: algunos me miran para ver si hago algo raro, otros para observar al resto o para atisbar el celular que emite sonidos de todo tipo.

¿Qué va uno a dejar? Lo que consigna el testamento, un balance patrimonial. Desempeños profesionales, causas comunitarias. Marcamos, sin pertenecer a la categoría de los gigantes, a personas y grupos. Felizmente, hay tecnologías que registran nuestras vidas para los más cercanos: podrán volvernos a ver sin necesidad de parapsicología. ¿Qué pasa con esos secretos que quisiéramos que permanezcan en la mente de algunos, que uno desea transmitir como en una iniciación solemne, esas piezas de sabiduría que tratamos de pasar como una antorcha a los que nos siguen? ¿Serán una enseñanza filosófica, la solución de un enigma, el significado del amor, la definición de una vocación? El otro día vi un video sobre los últimos días de un anciano y las actividades que logra llevar a cabo con su nieto de 12 años. El chico le comenta que tuvo una clase de educación sexual, en otro momento habla de su creciente vínculo con una compañera de clase. Luego, hacen un paseo, enormemente difícil, dado el estado del abuelo, en el cual le da instrucciones sobre dónde recoger cantarelas (un tipo de seta) y cómo seleccionarlas. De vuelta en casa, le da instrucciones sobre los ingredientes para cocinarlas y le dice, mientras el niño las sofríe: “Uno sabe que están listas cuando te comienzan a hablar”. La sonrisa del nieto responde al sonido que parte de la sartén. Un canapé de cantarelas termina la tarde, que es una despedida. Meses después del entierro del abuelo, el jovencito camina con su amiga por el bosque y le habla sobre los sándwiches de cantarelas arrebozadas. Con mucha seriedad le dice: “Uno sabe que están listas cuando te comienzan a hablar”. Ese tipo de secreto es el que uno quiere dejar.

Es el mensaje con el que crecen muchos niños. Si uno tiene la suficiente motivación, si la acompaña con esfuerzo, puede llegar a cualquier meta. No es lo que las cifras cuentan: en todo el mundo, las encuestas muestran que el 60% de las personas no están en el trabajo que quisieron y que el 70% no se sienten comprometidos con lo que hacen.

¿Qué haces con los resultados de un examen? La respuesta es inmediata, luego de una pregunta: ¿con las notas?, nada. Bueno, algunos las esconden el mayor tiempo posible, si no es posible desaparecerlas para siempre. Otros las usan como señal de éxito.

Dos personas separadas por un número, uno en cada extremo del mismo, que yace a sus pies. Uno dice 6, el otro 9. No es difícil imaginar la escena, muy poco probable, pero perfectamente realizable. Ni uno ni otro, ambos, como ocurre en muchas situaciones en las que el lugar que uno ocupa determina nuestra apreciación de la realidad.

Un joven, que es buzo desde los diez años, relata los protocolos de seguridad que sigue.

Padres preocupados por el futuro de sus hijos. Lo avizoran como si estuvieran viendo una película. Me siento frente a videntes que acuden a un psicólogo para que desmienta sus profecías o evite que se cumplan. Un papá le ha preguntado a su hija como quién quisiera ser. “Como fulana”, su madre biológica — llama mamá a la pareja actual de su progenitor, un logrador consumado—, una mujer poco afortunada, de esas personas que flotan a duras penas. “No tiene casi nada, pero tampoco aspira a mucho”, refiere el papá con una mirada que recuerda a los personajes de las tragedias que saben el final de la historia.

“La esquina, ni hablar. Recuerdo que para los adultos de mi familia era donde comenzaba el camino hacia el infierno”, me dice un padre cuyo hijo adolescente contestó una llamada del celular y le contó que estaba en la vereda, frente a una bodega, con algunos amigos. “Lo hice regresar a casa inmediatamente, cosa que hizo. Es un chico responsable”, concluye.

Tres hermanas hilanderas hilvanan los hilos de nuestras vidas. Filamentos de oro para momentos felices y lana negra para desgracias. Un tijeretazo pone fin a nuestro tejido. ¿Cuán largo, cuánto de oro y lana, con cuáles otros sus hebras se embastan, marca el lienzo de nuestra época? Es el destino, que ni los dioses podían doblegar, lo que ese trío representa. ¿Por qué las Parcas? Para poner sobre el tapete el vínculo entre telas y existencia.

Hace no mucho lidiaba con la culpa. Cada vez más me encuentro con la vergüenza. Dos emociones complejas que domestican y controlan. La primera nos pone frente al auditorio de nuestra propia mente por algo que hemos hecho o dejado de hacer. Obliga a negociar, reparar, pedir perdón. La segunda nos enfrenta a un público del que somos parte. Pone en duda nuestro derecho a pertenecer más que nuestros actos. Cuando la sentimos, queremos que la tierra nos trague.

Todos nos hemos sentido perdidos alguna vez. En muchos sentidos, claro, pero, ¿quién no recuerda alguna vez estar confundido en cuanto a la dirección a seguir para llegar a algún lugar?, ¿o no haber sabido el significado de una palabra?