25.MAR Sábado, 2017
Lima
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LA PORTADA DE HOY

Prevención

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Columna Mariana Alegre

“Roba pero hace obra” es el lema que grafica un estilo de hacer política carente de valores y vocación de servicio que prioriza el beneficio individual por encima del bien común. Lamentablemente, es un estilo aplaudido por muchos ciudadanos, quienes, de manera pragmática, se enfocan solo en sí mismos sin pensar en los demás ni tampoco en el futuro. Este estilo de gobierno es el que nos trae consigo las graves consecuencias de las lluvias extremas y de los fenómenos meteorológicos potenciados por los efectos del cambio climático. Presupuestos públicos destinados a prevención y riesgos no han sido ni siquiera ejecutados. Obras públicas que no resisten a la naturaleza porque tampoco resisten el pago de la “comisión” que afectará la seguridad de los ciudadanos.

Una de las características que hacen la diferencia entre algunos países de Latinoamérica es la estructuración de una red de ciudades que se complementan entre sí. En particular, este es el caso de Colombia, cuyo proceso de descentralización le permite tener varias ciudades grandes y, relativamente, autónomas. En el lado opuesto, el Perú concentra en Lima no solo la mayor parte de su población, sino también de su PBI y las demás ciudades “grandes” no lo son tanto, en comparación.

El otro día, mi hija de seis años me preguntó si ya se le iban a caer los dientes. Ella estaba preocupada, pues no sabía si le iba a gustar verse así y tenía miedo de que alguien la moleste. Le explicamos que todos pasamos por eso y que no tiene nada de que preocuparse. Pero, ¿qué pasa si el miedo no es por un diente caído, sino por el color de su piel, por alguna discapacidad física o quizá por su identidad de género? ¿Se imaginan el miedo que un niño o adolescente puede sentir al saberse diferente? ¿Por qué algunas personas se niegan a que nos enseñen –desde pequeños– que no debemos discriminar ni fastidiar a nadie? ¿Por qué no quieren darnos las herramientas para defendernos cuando algo así pase?

Muy a su estilo, el municipio de Chorrillos colocó carteles que dicen lo siguiente: “La urbanización La Encantada, Las Brisas de Villa, Huertos de Villa y San Juan Bautista se encuentran en Chorrillos, quien se crea Surcano puede vender su predio y comprar en Surco para cumplir su deseo”. El mensaje alude a un problema limítrofe entre Chorrillos y Surco por las áreas mencionadas que está, hasta donde tengo entendido, en la vía judicial.

Un nuevo accidente de tránsito producto de una ilegal carrera entre autos dejó dos heridos graves la madrugada del 17 de febrero. Los populares piques ilegales suelen programarse cada jueves en distintas zonas de la ciudad, siendo las favoritas la Av. Javier Prado, la Av. Separadora Industrial y la Costa Verde. Además del ruido de los motores, la contaminación y la velocidad, parece que parte del chongo es que –de cuando en cuando– alguno de sus compañeros acabe en el hospital o que todos vayan en mancha al velorio de uno de ellos.

Hace unas semanas nos escribieron a Lima Cómo Vamos alertándonos del estado del Morro Solar, el deterioro de la zona protegida y el agresivo crecimiento de la urbanización informal en dicha área. Cabe señalar que el Morro Solar es Patrimonio Cultural de la Nación desde 1986 por ser el lugar donde ocurrió la Batalla de San Juan y Chorrillos durante la Guerra del Pacífico.

Los peruanos nos hemos acostumbrado a que nuestras autoridades busquen su provecho personal y no sirvan a su país. La vocación de servicio es una ilusión que se acaba tan rápido como se revienta un globo en manos de un niño pequeño. El fortalecimiento del Estado, la institucionalización, la rendición de cuentas y la transparencia son procesos que se han mostrado inservibles en una estructura de gobierno que solo es una máquina para desviar dinero.

Desde hace semanas el exceso de lluvia llenó los ríos y activó las quebradas tanto en Lima como en el resto del país. Esto, sumado a la descontrolada urbanización, la construcción informal y la poca inversión en prevención y gestión de desastres, generó las usuales escenas de lodo, gritos, pérdidas económicas y desgracias familiares que cada enero nos muestran los programas de noticias.

No es ningún secreto que Lima y Callao conforman una sola área metropolitana. Tampoco es ningún secreto que implementar políticas urbanas coordinadas e integradas entre ambas jurisdicciones es casi imposible. O no se ponen de acuerdo o promueven acciones contrarias, perjudicándose la una a la otra, pero –quizá sin darse cuenta– metiéndose cabe a sí mismas. Esto es aún más grave, ya que en ellas habitan más de 10 millones de personas y se habrían convertido en una megaciudad sin darse por enteradas. Evidentemente, su desarrollo no podrá ser exitoso de no articular una estrategia de planificación y gestión conjunta que, hasta el momento, no parece importarles.

Lima guarda papelitos y pedazos de cartón. Los va a reciclar, nos dice cuando le preguntamos. Lima es creativa. A veces mete en una caja distintas piezas de plástico o metal. ¡Es para construir un robot! Lima es compasiva. Cada vez que se cruza con alguien pidiendo ayuda en la calle, para dispuesta a ayudarlo.

Parece que el Año Nuevo y el calor del verano animaron a varias personas a refrescarse en la pileta que se encuentra ubicada en la Costa Verde de Chorrillos. ¡Benditos sean los valientes!, que no solo se atrevieron a cruzar los carriles de la vía rápida –poniendo en riesgo sus vidas– sino que –seguro sin saberlo y sin quererlo– se sumaban a la era de la rebelión ciudadana. La tan esperada revolución. La que ya había sido iniciada por los estudiantes de arquitectura y su toma del by-pass de 28 de Julio y por los ciclistas, cada vez más furiosos, pues las ciclovías que les ofrecen son los retazos –las sobras– de lo que queda de la ciudad.

Cuando una nueva etapa empieza solemos aprovecharla para organizarnos y empezar frescos. Muchos de ustedes están preparando sus agendas para el 2017 o proponiéndose hacer más ejercicio, tomar ocho vasos de agua al día y/o comer más sano. Un nuevo año es también una oportunidad para que nuestras autoridades empiecen con el pie derecho a planificar y ejecutar obras y políticas en nuestro beneficio. Por ello, si bien ha habido varias acciones positivas en el 2016, voy a concentrarme en una de ellas: el programa Al Damero de Pizarro sin Carro.

Que los temas urbanos se hayan puesto en la agenda del debate público es una buena noticia, pues permite un mayor involucramiento ciudadano y la discusión en profundidad de acciones y políticas que influyen en nuestra calidad de vida. Sin embargo, como en todo, es usual que personas con opiniones y percepciones particulares se encuentren en posiciones opuestas respecto a cómo solucionar un determinado problema de la ciudad.

Al grito de ¡Más amor! ¡Menos motor! y ¡Revolución peatonal YA!, los activistas de la Liga Peatonal (México), la fundación En los Zapatos del Peatón (Medellín, Colombia) y el superhéroe mexicano Peatónito visitaron la capital peruana y enfrentaron el tráfico nuestro de cada día y los muchos riesgos a los que nos vemos expuestos quienes caminamos en las calles limeñas.

Urbanista

Urbanista

Un incendio miserable acabó con las ilusiones de la comunidad shipibo-coniba. Al igual que a ellos, ya se habían ocupado de quitarnos las ilusiones de una ciudad que encontraba la oportunidad de transformar su río Rímac en un río de verdad, lleno de vida y color verde, en lugar de lo que hasta el momento nos ofrecen: una cloaca, un basurero que quieren mantener a como dé lugar.

Esta semana, Buenos Aires fue sede del Foro Internacional de Urbanismo y convocó a investigadores de distintas regiones. Allí se discutieron proyectos y modelos de ciudad de distintos tipos, pero con un denominador común: la mejora de las mismas. Es que quién no quiere que su ciudad sea un mejor lugar para vivir. Un lugar donde uno pueda caminar sin miedo, con oportunidades, con aire limpio, sin tráfico y sin la posibilidad de morir atropellado al ir hacia la bodega.

Luego de estar en Quito una semana participando de la conferencia mundial Hábitat 3, organizada por las Naciones Unidas, regresamos con muchas lecciones y una gran desesperanza. Lecciones por haber conocido múltiples experiencias positivas que podrían ser aplicadas en nuestras ciudades, pero también tristeza al ver cómo otras ciudades del mundo avanzan mientras que nosotros retrocedemos y somos incapaces de promover ciudades justas, sostenibles y humanas.

Recién terminada la Semana de la Movilidad Sostenible y las actividades por el Día Mundial sin Auto, podemos decir que se ha avanzado bastante en cuanto a promover la movilidad sostenible en la capital. A diferencia de hace unos años, hoy algunos distritos organizan bicicleteadas, foros y debates, y acciones de concientización para que los ciudadanos comprendamos que la prioridad debe tenerla el peatón, el ciclista y el transporte público. Quizá la acción más resaltante sea el Pacto por la Movilidad firmado entre San Isidro y varias instituciones y empresas de su distrito que se comprometen a implementar acciones con sus colaboradores para promover una movilidad más sostenible. Esto tiene sentido si conocemos que cada día entra un millón de personas a dicho distrito. Ciertamente, aún quedan muchos distritos a los cuales involucrar, además del Ministerio de Transporte.

Escribo esta columna mientras escucho charlas sobre innovación, equidad, espacios públicos y cómo hacer para que nuestras ciudades sean mejores lugares para vivir. Quería contarles sobre los increíbles proyectos, las metodologías y experiencias que he podido conocer aquí en el Placemaking Leadership Forum en Canadá, pero en estos pocos días en los que estoy lejos de Lima pasan cosas que merecen siquiera una reflexión.

Parece increíble que en esta época aún los ciudadanos tengamos que pelear con nuestras autoridades para defender derechos tan básicos como el uso libre de los espacios públicos, el reclamo a la transparencia y rendición de cuentas y la exigencia de una ciudad mejor, que no se deteriore con la colocación de un by-pass tras otro.

El descontento con los servicios de taxis en el mundo generó el surgimiento de aplicaciones de celulares que facilitan el contacto entre un pasajero con necesidad de ir a algún lado y una persona que puede trasladarlo. La tecnología, además, garantiza, al menos en el Perú, lo que nunca ha podido garantizar el Estado: rapidez en el recojo (gracias a la localización del GPS), seguridad (conductor y pasajeros saben quiénes son), confiabilidad (se puede calificar al pasajero y al chofer según su comportamiento y/o servicio), trazabilidad (la ruta se conoce y se registra) y eficiencia (con herramientas para tomar las rutas más rápidas o seguras). Los usuarios de las aplicaciones globales como Uber, Easy Taxi y Taxi Beat están mayoritariamente contentos y una gran porción de sus conductores también lo está: reciben pagos puntualmente, se sienten más seguros e incluso, dicen algunos, generan más ingresos.

El día de ayer terminó el Foro Internacional de Intervenciones Urbanas que organizamos junto al proyecto Ocupa Tu Calle del observatorio ciudadano Lima Cómo Vamos, la PUCP, Avina y ONU Hábitat. Fueron tres días intensos con muchas experiencias y que sirvieron para conocer a muchos ciudadanos y ciudadanas interesados en hacer de Lima una mejor ciudad. Entre las rutas y talleres que se organizaron hubo uno liderado por Lincoln Paiva, de Movilidad Verde de Sao Paulo, que nos interpeló sobre el arte de caminar y cómo el simple hecho de usar nuestras piernas para movernos de un lugar a otro es un acto de justicia social.

Beatriz se resigna a aguantar la combi apretada y lentísima que la llevará a casa. De pronto, el cobrador pregunta si alguien bajará en el puente. Si nadie baja, la combi cambiará la ruta y tomará un camino sin semáforos. En cambio, si alguien baja en el puente, la combi deberá seguir por el tráfico.

La muerte es inherente a la vida. Tarde o temprano la vida se acaba. Pero una cosa es morir como parte del proceso natural, y otra cosa es que te arrebaten la vida.

La semana pasada viajé por tierra a Oxapampa con mi familia. He tenido la suerte de haber viajado un poco por el país y conozco relativamente bien la zona central: Huancayo, Jauja, Tarma, San Ramón, La Merced y también Oxapampa y Pozuzo. Sin embargo, lo que más me llamó la atención de este viaje fue la Carretera Central. No estoy diciendo que se encuentre en excelentes condiciones, pero sí ha mejorado muchísimo en comparación con cómo era hace unos 10 años. Eso está muy bien. Por supuesto que es una vía con riesgos; las curvas cerradas no perdonan y un mal movimiento puede ser fatal. Sin embargo y, a pesar de algunos tramos en obras y la necesidad de mejor señalización, nos dimos una grata sorpresa.

Parece que aún no queda claro que el espacio público, siendo tan necesario y tan escaso, no puede ponerse a la venta. Parece que no es suficiente con el exponencial crecimiento urbano y la nula asignación de nuevos espacios verdes. Parece que no se dan cuenta de que cuando hay más gente, esta necesita de servicios apropiados en calidad y cantidad, y uno de estos servicios son los espacios públicos de la ciudad. ¿Por qué se considera “normal” cambiar una zonificación para tener más altura y es una locura cambiarla para que sea parque?

Pocos lugares hay en Lima tan bien logrados como la Residencial San Felipe y la Residencial Santa Cruz. Ambos complejos de viviendas multifamiliares presentan un equilibrio perfecto entre espacio público y privado ofreciéndonos, además, islas de verde urbano en un desierto capital.

En estas últimas semanas, para variar, una serie de sucesos han demostrado cómo para nuestra ciudad (y autoridades) el peatón es invisible. No, no es que regulen de manera poco eficiente, sino que, en muchos casos, ni siquiera cuestionan los impactos en los peatones ni, mucho menos, sus necesidades. Ignoran que el 25% de viajes al día sean peatonales y que todos aquellos que se mueven en bus y otros medios de transporte, incluyendo los autos, también caminan.

Cuando el gobierno cambia, siempre hay muchas incertidumbres y nunca se sabe si es que la opción que elegimos será la mejor para el país. Las preocupaciones ciudadanas suelen ser, naturalmente, obvias: si mejorará la educación, construirá nuevos hospitales, hará más carreteras, bajará los impuestos o subirá el sueldo mínimo. También nos planteamos la infaltable pregunta sobre qué tanto va a robar o –en el contexto actual– cuántos narcos tiene en su equipo.

Mis recuerdos más lindos de infancia son excursiones en Monterrico Norte jugando en el río Surco –que se nos hacía inmenso– en San Borja. Buscábamos sapos, perseguíamos las bellísimas mariposas monarcas de alas naranja y negro. Montábamos bicicleta y jugábamos a la pelota o nos imaginábamos siendo detectives, científicos locos y veterinarios. José Luis, Aurelio, Norma, Carla, Luis Felipe, Carolina, Leslie y tantos otros amigos de niñez disfrutábamos nuestros juegos en absoluta libertad. Sin que nos acompañen adultos, sin celulares a los cuales llamarnos ni GPS para rastrearnos.

Señora, sí, usted que va a llegar tarde a su trabajo. A la que le descuentan si llega tarde. Señora, déjeme decirle que, a pesar de usted y sus actitudes, nosotros haremos de Lima una gran ciudad. Una ciudad en la que provoque vivir, una ciudad que sea amable y que nos saque más sonrisas que tristezas. A pesar de usted y la cultura combi, somos muchos los que queremos una ciudad que sea digna para movilizarnos y segura para que no nos atropelle un bus azul mientras montamos bicicleta por la ciclovía. A pesar de usted y los que matan por una estúpida mochila, somos más los que queremos vivir en paz y sin miedo. Y, aunque podrán matarnos a unos, no podrán hacerlo con todos.

Esta semana se organizaron unos foros urbanos para discutir el futuro de las ciudades. Interesa saber qué proponen los candidatos y sus equipos técnicos sobre el desarrollo urbano, la política de vivienda, la gestión del espacio público y el transporte. Es así que los organizadores, el Colegio de Arquitectos del Perú, el Colegio de Arquitectos Regional Lima, Capeco, AFIN, el Colegio de Ingenieros del Perú y Transitemos dieron en el clavo, al demandar a los partidos la presentación de sus planes en torno a las ciudades del país.

La crianza en una ciudad desigual es muy difícil. Sobre todo porque, en la vorágine del desarrollo urbano y la vida de la metrópoli, cada vez se pierden más los vínculos comunales. Por algo se dice que para criar a un niño se necesita un pueblo entero. Pero un pueblo no es lo mismo que una ciudad. El ritmo rápido y el individualismo suelen aislar a las nuevas familias, y aunque esto ocurre más dramáticamente en ciudades del primer mundo, en Lima estamos tomando ese camino.

¿Se imaginan cómo es la ciudad desde una altura de 95 centímetros? ¿Caminar a la altura de los tachos de basura y subir al Metro de Lima y solo ver potos a tu alrededor? Los bebes y niñas y niños pequeños ven la ciudad desde otra perspectiva y esta nunca es tomada en cuenta para planificarla ni diseñarla.

En octubre, en Quito se reunirán distintos países para definir las políticas urbanas de los próximos 20 años en Hábitat III, la reunión mundial es organizada por las Naciones Unidas. Esta última semana participé en un evento preparatorio en la ciudad de Toluca (México) y entre las propuestas que se discutieron, como ejes para las buenas ciudades del futuro, se abordó el derecho a la ciudad y la potenciación de los espacios públicos.

A fines de esta semana nos enteramos de que se anulaban los contratos de los consorcios a los que se les habían adjudicado los primeros corredores del Sistema Integrado de Transporte (SIT): Tacna-Garcilaso-Arequipa y Javier Prado. La anulación se debe a que estos consorcios no firmaron la adenda propuesta por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) que modificaba las condiciones del servicio y la fórmula de pago.

Cuando uno va por la Javier Prado pierde las esperanzas. Es una de las avenidas principales de nuestra ciudad y lleva a muchas personas de un lugar a otro, quienes aburridas transitan sus más de 100 cuadras. El tráfico es intenso e imposible, como es de esperarse. Los que tienen la suerte de viajar en auto pueden, siquiera, escuchar música o incluso prender el aire acondicionado mientras reniegan de su vida, que en esos momentos sí parece una perra vida. Por su parte, la mayoría que usa los buses suma a su tragedia la incomodidad, el viajar apretados, el calor agobiante y los maltratos.

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