En la actualidad, la función del padre en la familia está subvalorada. Las madres tomamos toda la organización del hogar y crianza de los hijos, y los padres se están limitando a ser proveedores.
¿Se debe criar diferente a los niños y a las niñas?
Los valores de una sociedad son como sus emociones. Si son saludables y compartidos por todos, nos orientan a comportarnos hacia un bien común.
Los embarazos no siempre son bienvenidos y no todas las mujeres tenemos la misma capacidad maternal. Y eso no te convierte en una mala madre.
En psicoterapia se puede observar con claridad cómo respetar el tiempo de cada paciente es fundamental.
Es cierto que madre –genéticamente hablando– solo hay una. Y la mayoría de las veces es a la que más queremos, la que más nos conoce y la que daría su vida por nosotros.
Soy de esas madres que decían: “No, mi hija nunca me va a hacer sentir mal, tenemos una excelente relación y ella es tan dulce!”.
Cuando las mamás nos separamos de nuestros hijos durante un tiempo prolongado por un viaje, sentimos lo que el psicoanálisis ha nombrado con precisión: angustia de separación.
La frase mas común de los últimos tiempos podría ser: “este niño necesita límites”.
Si mi hijo no come frutas y verduras a los 2 años, de grande solo va a comer comida chatarra.
La infidelidad suele ser una de las faltas más dolidas. Esta, en muchas ocasiones, conduce a la muerte de la relación al ser la herida y el daño al amor propio de la parte engañada tan profundos.
Una mamá sobreprotectora y muy perfeccionista se queja frente a su marido porque este está más ocupado en otras cosas que en su hijo.
Soy mamá y psicóloga especialista en crianza, pero mis múltiples teorías psicológicas sobre cómo tratar a una niña de dos –terribles– años se me desvanecen cuando me veo enfrentada a una pequeñita que, luego de decirle 4 veces que hay que cambiarse para ir al nido, vuelve a responder –muy tranquila– un nítido “no”.
Somos lo que somos por una mezcla misteriosa de factores que se conjugan: herencia, personalidad y crianza.
Es una realidad que nuestros hijos consuman más, que tengamos más ropa en nuestro clóset y que, en los estantes, los juguetes estén atiborrados. La vida ha cambiado, lo material está más a la mano y la sociedad de consumo se nos mete por las orejas.
El humor es un buen antídoto para la tristeza y la angustia. No el humor que intenta negar un problema, sino aquel que propicia una explosión catártica.
¿Por qué un adolescente sólo quiere estar con otros de su misma edad?
Un niño de 3 años está desarrollando conductas muy violentas y bizarras. La madre es muy nerviosa y siempre cree que a su hijo le “pasa algo”, invadiéndolo con su propio miedo y ansiedad.
La tercera hija de un matrimonio estable presenta rasgos “extraños”, según sus padres, a diferencia de sus hermanos mayores. Ella, de 5 años, llora mucho cuando su madre sale, le cuesta quedarse sola y entra en pánico inconsolable cuando tiene una herida.
David Grossman, escritor israelí, dijo recientemente en un conversatorio literario que uno de los momentos más difíciles de su vida fue cuando tuvo que contarle a su pequeño hijo sobre el Holocausto.
¿Cómo te hubiera gustado aprender a escribir: repitiendo el abecedario y copiando letra por letra en un cuaderno o yendo al parque en búsqueda de letras y palabras que puedan estar en carteles o paredes?
Una pareja de padres consulta porque la relación con sus tres hijos se está volviendo cada vez más complicada, distante y violenta.
El nido que elegimos con mucho cuidado para nuestra primera hija era perfecto para nosotros, salvo por una característica particular que solo con el tiempo comprendí: no tenía departamento psicológico.
Una niña de 6 años no acepta ir a un taller de verano sola sin su mamá o nana. Otra de 5 no acepta quedarse dormida sin la compañía y cariños de su mamá. Otro niño de 7 años no va a ninguna casa invitado sin su nana.
Papá tiene una enamorada nueva, que no es mi mamá. ¿Quién es entonces? ¿Qué cosas va a hacer conmigo? ¿Me va a cuidar? ¿Ya no va a estar mi mamá?
No tengo una predilección especial por Papá Noel. De niña no me hablaron mucho de él, y creo que rápidamente me di cuenta de que no existía. Sin embargo, la Navidad seguía siendo mágica.
El niño, desde que es concebido, va a presentar una genética única y particular.
El problema de los exámenes de ingreso a los colegios está siendo cada vez más complicado.
Cuando se habla de un divorcio, ponemos la atención en los hijos y en la fragilidad de la madre. ¿Y por qué no se habla del sufrimiento del padre? Puede ser porque ellos mismos no se muestran vulnerables o porque mientras vivían en casa parecían no estar comprometidos con la cotidianidad de sus hijos.
Dando una conferencia sobre el desarrollo emocional en los niños de 0 a 3 años a un grupo de odontopediatras, me confesaron fastidiados que la mayor dificultad que enfrentan diariamente es trabajar con niños con clara ausencia de límites.
Hay niños que nos retan y molestan, dejándonos la sensación de que todo lo hacen para molestarnos. Pero no siempre es así.
“Yo a mis hijos les doy calidad de tiempo”, dice una mamá trabajadora, quien siente algo de culpa por dejarlos tanto tiempo.
Cuando un hijo nuestro empieza a dialogar con un ser que nosotros no podemos ver, nos asustamos.
Una profesora que intenta contar un cuento a la hora de la salida les dijo a sus alumnos: “¡El niño que quiere irse a su casa, tiene que estar sentado y en silencio!”. ¿Es necesario condicionar tanto a los niños?
Las madres tenemos la necesidad de dar consejos sobre nuestra propia maternidad a otras madres. Pero las madres parturientas no necesitan tales consejos, sobre todo aquellos que nacen de la necesidad verborreica y “sabelotoda” de las consejeras, y no parten de la escucha sensible a las necesidades de la parturienta.
Lima está creciendo y la vida de barrio se convierte en una prioridad.
El otro día le leí un cuento a mi hija sobre la libertad, en donde un zorro opta por ser libre y pasar hambruna, frente a la posibilidad de estar encadenado como un perro, por comida. Luego de unos días, la profesora de su colegio me comenta que mi hija había tenido una intervención muy valiosa en clase, cuando al preguntar qué era la paz, ella responde: “la paz es ser libre”.
Qué frustrante es cuando después de un viaje o de un largo día de trabajo, deseando llegar a casa y apachurrar a nuestros bebés, ellos nos reciben con quejas, pataletas y más quejas.
El juego, desde el inicio, responde al principio del placer. Los bebés juegan con sus manos metiéndoselas a la boca para descubrir sensaciones y sabores.
¿Qué sucede con la maternidad que, de pronto, ya no es posible leer ni pensar en otra cosa que no sean los hijos? Muchas madres a mi alrededor comentan culposas que ya no pueden leer una novela, o que, peor aún, ni siquiera les interesan los problemas del mundo. ¿Es que embrutecemos con la maternidad?
Esta pregunta que pareciera carecer de sentido es casi una afirmación. Los padres hoy tenemos la angustiosa sensación de que los niños ingresan cada vez más rápido a la adolescencia.
Los padres actuales enfrentamos un reto complicado pues se superponen en el tiempo dos tareas fundamentales: la de criar de manera presente y activa a nuestros hijos e ir consolidándonos a nivel profesional y laboral.
Ana, de 25 años, inicia una terapia porque se siente incapaz de comprometerse emocionalmente con su pareja. Comenta que la separación de sus padres, a los 6 años, no le afectó en nada, puesto que resultó tener una familia más numerosa y dos casas.
Uno de los temas más complicados en la crianza de hoy en día suele ser la puesta de límites, sobre todo si el pequeño de la casa tiene carácter fuerte y no se deja amaestrar fácilmente.
Durante la actuación de un nido, unos padres ilusionados por ver a su pequeño de 2 años terminan decepcionados pues su tímido hijo no quiso salir a escena. El niño, por su parte, siente frustración por no haber sido tan extrovertido como los otros. ¿Por qué exponemos a un niño introvertido y tímido a una situación tan ajena a su personalidad?