29.MAY Lunes, 2017
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LA PORTADA DE HOY

Lo complican

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Columna Juan Claudio Lechín

Venezuela inaugura una nueva era en las luchas políticas en América Latina. Antes los grandes cambios políticos eran violentos. Invasiones y revoluciones plagan la historia mundial. Es que las aristocracias eran élites militares y su violencia era, por tanto, un alto valor social (el coraje, el héroe). El liberalismo-capitalista le arrancará a la aristocracia este monopolio militar y hará ejércitos republicanos. El cambio fue inmenso. Las sociedades pasaron de ser milenariamente aristocráticas (militares) a ciudadanas (civiles).

En enero, la Asamblea Nacional (AN) vacó a Maduro por violaciones constitucionales. El dictador cerró la Asamblea y aumentó la represión, tortura de niños y asesinato del pueblo utilizando paramilitares y tropa cubana e iraní con uniforme de Guardia Nacional. Ante este genocidio, la Asamblea Nacional queda facultada para nombrar un gobierno de transición que además recorra el mundo impugnando la legitimidad del régimen y denunciando sus crímenes de lesa humanidad, narcotráfico y sumisión a una potencia extranjera (Cuba).

Un profesor norteamericano señaló con precisión que actualmente no existen mecanismos que permitan combatir a gobiernos delincuenciales, como el de Maduro, sin transgredir las normas internacionales de no injerencia.

La no violencia es la decisión tajante del pueblo, a pesar de infiltrados y provocadores.

A medida que el volumen de las marchas disminuyó, los asesinatos aumentaron. Los manuales represivos cubanos desgastan las protestas con gases, golpes, presos y con una rigurosa comunicación visual para desanimar a los manifestantes, mostrando paramilitares armados e imágenes aterrorizadoras de represión.

Los nuevos liderazgos políticos de Venezuela se están gestando en las calles. El pueblo llegó a tal hartazgo que cualquier chispa…

Una larga nube de gente ocupa los anchos 12 carriles de la autopista Francisco Fajardo. Adelante están los ‘neptunos’ de agua y los carros de asalto españoles, por cuyo negociado el ex presidente Rodríguez Zapatero es servil al régimen de Maduro. Toda Venezuela está en la calle. Instrumentalizado por inteligencia cubana, el régimen quiere que la gente, como venados perseguidos, se agote y se entregue, de pie, inmóviles, para ser degollados. Si no, los francotiradores cubanos volverán a matar manifestantes con un tiro en la cara para generar el terror.

El cierre de la Asamblea Nacional venezolana es parte de un plan. La oposición democrática solía pensar que los dislates de Maduro eran barroquismos que anunciaban su debilidad. Pero fueron acciones efectivas para perpetuarlo en el poder. Habían sido cuidadosamente preparadas por la experimentada sala situacional cubana en Fuerte Tiuna. El objetivo mayor es auto-bloquear Venezuela para volverla, como Cuba, una finca clausurada y manejable y un foco activo de fricción regional contra los Estados Unidos.

No fue fácil sacar a la Unión Soviética (URSS) de América Latina en el siglo XX. Costó una generación de jóvenes (guerrilleros) encantados por altos ideales. Muchos, ni ancianos, hoy se percatan que fueron piezas de un ajedrez global movidas por los rusos (Castro mediante). Al frente, las piezas eran movidas por los norteamericanos. Es que los latinoamericanos somos provincianos cándidos, llenos de ínfulas. No percibimos lo mundial, no avizoramos nuestros grandes intereses. Tomamos bando por noveleros, por ideología (esa forma menor de la fe) o por roer alguna corruptela. Pasamos de ser épicos a nimios, pero nunca somos realistas. Preferimos seguir siendo periféricos, en “estado de ingenuidad”. Con nuestros recursos naturales podríamos ser una potencia civilizatoria. Pero, en fin, ratón no es castor.

La dictadura venezolana es un aparato muy bien estructurado, con un plan claro y mucho dinero. Y ya resulta un empacho que los periodistas y analistas internacionales insistan imbécilmente en mirar su propia nube, dizque “voto popular y discurso justiciero”, sin que la realidad de los sucesos haga mella alguna en ellos. El chavismo ya no necesita voto popular, su discurso es cualquier tontera e incluso se permiten perder una institución tan importante como la Asamblea Nacional sin que afecte su poder. ¿Qué significa eso? ¡Analistas! ¿Eh? Claro que me enoja la complicidad involuntaria de tanto bobo opinólogo y banal que hay por doquier.

En el populismo, las nuevas noticias impactantes hacen que se olviden las anteriores noticias impactantes. Por eso, insistamos en lo importante (incluso fundamental) que es la relación de Trump con Rusia.

Una vez instalado el modelo del socialismo del siglo XXI, es muy difícil erradicarlo. Es porque su modelo apunta a controlar los dos caminos de acceso al poder, que son la ley (Constitución, Parlamento, sistema electoral y judicial) y la fuerza (Ejército, Policía y grupos de choque).

En Washington, Trump anda creando cortinas de humo, con tuits y generando titulares desorientadores, para tapar su verdadera ofensiva de poder. En México, los charros han reaccionado muy a la latinoamericana, haciendo marchas de catarsis para aliviar el orgullo nacional herido, cosa que no interpela al agresor aunque le da a ciertos políticos locales la oportunidad de pescar en río revuelto. Obviamente, el presidente Peña Nieto espera subir su bajísima aprobación pública, pero el gran beneficiado del fenómeno Trump es López Obrador, abanderado del discurso antiimperialista y el único candidato que ya está en carrera para las elecciones de 2018.

Hace un par de días, la Corte Federal de Apelaciones negó la “orden ejecutiva” de Trump que prohibía el ingreso de ciudadanos de siete países musulmanes. A diferencia de un decreto presidencial (latinoamericano), una “orden ejecutiva” tiene rango administrativo, por eso pudo ser impugnada ante las cortes.

Los norteamericanos han avanzado sostenidamente hacia la libertad. La libertad individual —de género, raza y religión— señalada por la Constitución también se expresa en las calles. Obviamente, frente al ideal abstracto, falta mucho.

En 1989, el PT de Lula y el PCC de Castro convocaron a la izquierda latinoamericana a un evento llamado el Foro de San Pablo, una organización transnacional que, desde entonces, ha instrumentalizado la política continental. La alianza Lula-Castro y luego Chávez nunca la ocultaron. Lula era el socialdemócrata “moral” del proyecto castrista en América Latina y Chávez, el radical ideológico. Fue una táctica elemental de pinza militar vendida como “otra democracia” por periodistas y analistas pagados (hoy se conocen largas listas), infames que ayudaron a desangrar a una decena de países del continente.

Si el juego hubiera sido buscar al Wally afroamericano entre la multitud que estuvo en la posesión de Donald Trump, nadie lo habría encontrado. En el estrado había cuatro: los dos Obama, un pastor y un marine. La estética del poder más precisa que la opinión. En su discurso de posesión, Trump siguió en campaña, polarizando, cosa tan familiar para los que hemos vivido bajo el populismo. Usó el conocido mecanismo del enemigo interno y la dualidad nazi de amigo-enemigo. La ovación de la masa llegaba puntual apenas concluía cada estribillo. En la cúspide de su discurso, dijo que su gobierno será un gobierno del pueblo, una frase del manual básico del populismo. Los rusos que lo ayudaron en su campaña, ¿ahora le enviaron un viejo apparatchik de asesor? En las crisis del pasado, Estados Unidos corría hacia el futuro, ahora Trump la lleva hacia un pasado añorado, hacia lo industrial que proclamó Lenin en 1917 como panacea, pontificando al obrero como un Marx decimonónico, proclamando el nacionalismo como Mussolini o Evo Morales. ¿No son reveladoras tantas similitudes? Norteamérica ha construido la vanguardia del capitalismo global precisamente superando esas categorías de antaño produciendo industrias sin chimenea, una economía de alta tecnología y de servicios, y donde la unidad laboral es el empleado de escritorio altamente calificado.

El viejo político priista —reciclado en la izquierda populista (fascista) para fingir renovación— aprovecha el desconsuelo del mexicano promedio y el impopular gasolinazo reciente para lanzar su campaña polarizadora. Aunque una exposición larga es desaconsejada por el marketing, apeló a la propaganda leninista educativa para explayarse —con estadística manipulada— acerca de la maldad de los ricos y la angurria de los viejos políticos del sistema. Es parte del manual del radical mostrar estadísticas manoseadas para crear “convicciones científicas” y, por antagonismo, convertirse en redentor de los afectados.

Al subir Chávez al poder en 1999 con la fórmula fascista de democracia controlada, llamada hoy populismo o socialismo del siglo XXI, Fidel Castro finalmente entró a gobernar directamente un país del continente; luego cayeron Bolivia, Ecuador, Nicaragua e incluso Brasil y Argentina. Sin embargo, la prensa, al no ver cubanos viriles gritoneando órdenes, concluyeron que su influencia era nimia. El castrismo actúa, como los soviéticos, a través de operadores o agentes locales que son, generalmente, ex guerrilleros formados en Cuba, comunistas e hijos de militantes educados en la isla, quienes son instrumentalizados por las salas situacionales cubanas, alegando un ideal autojustificatorio.

Esta columna desea que las esperanzas se hagan realidad este 2017 y las interrogantes tengan respuestas nobles, generosas y que traigan mucha alegría.

Se ha instalado la convicción de que los complots no existen. Para la alta política y la guerra, el complot es el ideal estrella. La corrupción circunstancial es un instrumento menor, aunque periodistas y público los vociferen con asombro. Los políticos (buenos y malos) complotan.

Después de la caída de la Unión Soviética, Occidente demonizó a un raquítico radicalismo islámico. Es un antiguo ardid para construir un enemigo, pero al ser mal administrado produjo un efecto mariposa contrario. Hoy ese fundamentalismo infunde un terror muy superior a su capacidad militar y organizativa porque Occidente –que por más de un milenio regó con su sangre la historia–, de pronto se muestra histéricamente vulnerable ante las pocas bajas que este conflicto le produce. El luto quejumbroso y sonado le da al fundamentalismo una capacidad de paralizar Occidente con acciones militares marginales.

Comparados con las potencias de Occidente, los radicales islámicos son militarmente y económicamente enclenques, pero están imponiendo la agenda global. Su fantasma apalanca un tenaz desplazamiento, en el Occidente, desde el centro ideológico hacia la ultraderecha conservadora: Trump en EE.UU., LePen en Francia y Petry en Alemania. Es un desplazamiento imán porque los radicales islámicos son de ultraderecha y están imantando la política del primer mundo hacia su territorio: la amenaza, la violencia, la exacerbación de la ira.

Finalmente murió Fidel Castro. Su hermano Raúl, en un escenario de fotos añejas, leyó una escueta nota informativa. En Miami, las víctimas de esta dictadura mesiánica que fueron exilados por tener un negocio, por ser ex-crédulos o no ser obsecuentes y que humilló llamándolos “gusanos” festejaron ruidosamente. Como todo malvado que no es frenado a tiempo, Fidel Castro modificó la historia. Cientos de miles de jóvenes muertos y décadas de atraso dejó su alucinación épica. Sus encantados fieles, igual que las locas que quieren casarse con Mason, bendicen con grandilocuencia poética ese reguero de sangre y miseria que dejó su titán. Siguiendo la pedagogía stalinista, sedujo con viajes y halagos a la gente de cultura del continente y así endulzó a su verdadero objetivo: la infiltración de los ejércitos y de la política continentales. Salvo Nicaragua, sus guerrillas fueron derrotadas. Triunfó en Angola. Cuando la Unión Soviética prescindió de sus servicios mercenarios en África, hizo una reingeniería empresarial, con otra madurez política, y fundó el socialismo del siglo XXI, un modelo de democracia fascista con el que conquistó media docena de países del continente para hacer, como en Angola, extorsión y negocios criminales. A pesar de su retórica, a EE.UU. no lo afectó como se desgañita en creer su manada de borregos seguidores.

¿Por qué hay una menor crítica para los caudillos mesiánicos y una mayor crítica para los líderes democráticos? En los últimos cien años, salvo el repudio hacia los fascistas europeos, el público ha librado a los demás de esta tipología: Stalin, Mao, Fidel Castro, etc., o peor, los ha guarecido a pesar de sus crímenes exponenciales. En cambio, los políticos de la democracia reciben una pronta denostación general. Hay razones para vapulear a los demócratas pero no es equivalente a la suavidad e incluso amparo que se le ha dado al caudillo carismático.

En la campaña, sus amenazas de Poseidón enardecido expresaban las esperanzas de sus electores. Ahora triunfador, su serenidad de Dalai Lama expresa el alivio de los amenazados. Interesante. Él hilvana mientras embauca a los dos. ¿Qué hará? Claramente es un político renacentista, hoy recontra validado psicológicamente pues triunfó siendo negado por su partido. Se confirma en el “yo tengo razón, los demás equivocados”, premisa que está en la savia de su blindada personalidad. O sea, es un duro que saca cocodrilos de la galera y vende humo.

Cuando Trump aseguró que hay fraude en la democracia norteamericana apuntó al corazón donde se mata a un sistema democrático. Una democracia es esencialmente credibilidad. Veamos. Al perdurar establemente las democracias, aparece poco a poco un gran desprecio por la política. En lugar de apreciarla (y a sus políticos) por haber logrado el difícil equilibrio —sin violencia ni coacción— de ese complejo territorio de ambiciones y pasiones, que es la política, se la desprecia. No sucede lo mismo con las dictaduras. Quizá porque la rutina democrática revela las pequeñeces humanas de los políticos, que en ellos nos resultan inaceptables. En cambio, las psicopatías de los caudillos atropelladores nos parecen admirables, o al menos justificadas. Tal vez, el verdadero impulso humano es pendular en sus pasiones para finalmente alcanzar, como dice Macbeth, nada.

Tanto se cacareó en América Latina que la paz, la legalidad y el diálogo deben ser el vehículo de la política que finalmente la mayoría del continente las abraza. Atrás quedaron las formas tradicionales de la lucha política violenta, el golpe de Estado, la guerrilla, el brazo militar del partido político. Por la democracia vuelta fe, pocos aceptaron las evidencias de caudillos que —respaldados por los Castro— usaban el discurso democrático para hacerse del poder absoluto.

En esta elección norteamericana —crucial para la historia mundial—, muchos votantes latinos piensan con candor que Trump es de derecha, al estilo Pinochet; aunque Pinochet fue un dictador modernizador y Trump (como Hitler) sea un ultraconservador racista.

Trump no es el candidato de una democracia. Es un típico caudillo mesiánico de los hipernacionalismos (fascismos) y de los comunismos que encarnan el Yo nacional y una fe social. Su consigna “Make America great again” (Hacer América nuevamente grande) es equivalente al “Tercer Reich” de Hitler (hacer Alemania nuevamente imperial) y “La Grande Italia” de Mussolini (hacer nuevamente grande a Italia).

Igual que los ladrones callejeros ampayados, “disculpe, señorita, tengo hambre, robo por dignidad”, Lula irrumpió en llanto por las acusaciones de corrupción en el caso Lava Jato. La estirpe del socialismo del siglo XXI destruye, roba, corrompe y mata, pero cuando los arrinconan se victimizan, lloran, acusan al imperialismo y enarbolan la moral. Lula no cambió el manual. Convocó a una manifestación e hizo noticia dando un discurso de lágrimas atragantadas mientras, sincronizadamente, los acólitos coreaban “¡guerrero!”, un artificio propagandístico para que sus lágrimas parecieran heroicas y no cobardes.

Hace pocos días, una bomba atómica norcoreana produjo un sismo de 5.1 en la escala de Richter. China, su vieja aliada, ha condenado varias veces este desarrollo nuclear. Lo dejaron en claro en el 2015, dice la prensa, al mantener en el palco a la presidenta surcoreana Park Geun-hye (con quien además firmaron un tratado de libre comercio), durante la conmemoración del fin de la Segunda Guerra Mundial. A lo lejos, con los segundones, el norcoreano Kim Jong-un balbuceaba enojos pues veía a su mayor aliado coquetear con su mayor enemigo. Son muchas las declaraciones sobre el distanciamiento entre Pekín y Pyongyang, y sobre la personalidad autónoma (rebelde) del siniestro norcoreano. Se trata de la misma narrativa para consumo mediático que hizo creer que Castro era un joven chúcaro e independiente frente a la Unión Soviética. La diplomacia comunista —un brazo de inteligencia del Estado—, planta falsas evidencias para crear narrativas. En este caso, muestran a un Estado títere como si se autodeterminara.

Por su monumentalidad, la concentración de Caracas del 1 de setiembre de 2016 contra Nicolás Maduro y sus patrones de La Habana quedará para los anales de la historia universal. Una marea infinita de gente acudió a presentar su cuerpo y su voz, civil y pacífica, por las calles de Caracas. No necesitaba el truco de hacer filas de manifestantes para dar sensación de mayor tamaño. Era inacabable. Las fotos aéreas son cuadros de Seurat con infinidad millonésima de puntos. El pueblo, como río amazónico de blancos, colores y brillos, avanza compacto y no marcial, hermanado como colectividad y no disciplinado como militancia. Son gente buena, se ve que son herbívoros; juntarse es protegerse. No tienen otra alternativa. No hay mecanismo político que los defienda y saque a los carnívoros del poder. La policía y los grupos de choque estaban en puntos aislados gruñendo minúsculas manifestaciones adeptas al régimen.

La pensadora venezolana Elizabeth Burgos asegura que Fidel Castro es la enfermedad infantil de los latinoamericanos. Ciertamente, el caudillo mesiánico cubano exalta nuestras psicologías más arcaicas, desde anhelar un padre severo y justo con estética barbada y pendenciera de patrón de estancia del siglo XIX y que dice parábolas de apóstol, pasando por el héroe que encarna la lucha contra el enemigo monstruoso, el caballero cristiano que azota sin piedad a la herejía disidente, hasta el monarca absoluto que es también sacerdote (rex et sacerdos). Todas estas representaciones provienen de una misma figura cultural del pasado: el varón implacable y mesiánico, el mandamás bueno.

Desde hace mucho, EE.UU. implementa una estrategia de contención, es decir, participa o genera conflictos lejos de su territorio. Gane o pierda, desgasta a su enemigo: fascismo, comunismo y, hoy, el radicalismo islámico, y finalmente lo destruye.

Busquemos pistas, las cuales deben ser el verdadero interés del investigador. El reciente golpe de Estado en Turquía dejó, hasta ahora, más de 200 muertos. Un ala militar laica, es decir que propone una sociedad no regulada por lo religioso, dio un golpe de Estado, considerando que el actual presidente Erdogan está fuertemente influido por los fundamentalistas Hermanos Musulmanes y que, además, manipula la democracia para concentrar el poder absoluto. Este último es un procedimiento archiconocido en América Latina con el socialismo de siglo XXI. La sublevación militar se consideró triunfante, pero de pronto apareció Erdogan por FaceTime, dio un discurso mesiánico y el pueblo salió a las calles a apoyarlo. Erdogan alegó que el golpe era contra “el pueblo” y contra “la patria”. No dijo que era contra él. Utilizó la fórmula fascista/comunista donde el líder es el pueblo, es la historia, es el Estado y es la patria. Propongo otra pista: fue un golpe muy desprolijo a pesar de que existen manuales de golpes militares, incluso en la web. No descarto que fue un golpe montado por Erdogan donde militares verdaderamente laicos fueron seducidos para que, una vez sofocado, fortalezca al caudillo y este se deshaga de estos militares molestos. Recordemos la coartada del incendio del Reichstag que le permitió a Hitler multiplicar sus acciones represivas; también tiene mucho del golpe contra Chávez, el 2004, del que salió muy fortalecido y cuya verosimilitud todavía está en discusión. Ahora, haya sido un verdadero golpe o una instrumentalización conspirativa, Erdogan salió más fuerte. Y esto hace de Turquía un país más peligroso para el mundo libre.

Al venezolano Gustavo Tovar le sorprendió, en una reunión, que gerentes europeos de transnacionales se jactaran de hacer actos ilegales en el Tercer Mundo que no harían en la Eurozona. Gustavo acuñó entonces el término “élites inmorales”. Trump —la voz de un importante inconsciente colectivo norteamericano— ponderó: “Saddam (Hussein) mataba terroristas sin leerles sus derechos”. Rodríguez Zapatero recibió plata chavista y se presenta como negociador neutral. Las burguesías latinoamericanas admiran a China porque no tiene sindicatos ni huelgas. En síntesis, el peligro del capitalismo —sistema del bienestar y derechos inalienables— es que sus élites, apenas pueden, actúan como los comunistas: todo para mí.

Luego de avances sostenidos en los derechos LGTB, llega una contraofensiva. No les dicen “marica”, “rosquete” o “pecado nefando”, pero les quitan derechos, se manifiestan en su contra y en Eslovenia el referéndum niega el matrimonio homosexual. Se los deshumaniza para prohibirles derechos o matarlos, como hizo la inquisición con el hereje, Hitler con el judío y Castro con los gusanos de Miami. Deshumanizar es una técnica para herir, matar o denostar sin remordimiento (un psicópata es el que no siente remordimiento). No es un recurso moral. Primero, no escondamos los nombres insultantes. Hay que mostrarlos y desembrujarlos para quitarles su maldad.

En estos días hubo noticias monumentales. El Brexit monopolizó titulares. La paz colombiana y el Madurexit (el exit de Maduro), con la revisión de la Carta Democrática de la OEA, quedaron relegados. A esta columna le interesa, ante todo, nuestra casa, ese adefesio que somos Latinoamérica, y después los países centrales aunque su oleaje termine llegándonos como tsunami.

Un país extraordinario, bello como pocos, con gente inteligente y amable y una riqueza infinita en recursos naturales es hoy el infierno de Dante. Cada día la Guardia Nacional mata a gente que invade las calles buscando alimento. Hay toque de queda, no hay agua, ni luz, ni medicinas. El mismo genocidio de hambre usado por Stalin para eliminar a los campesinos rusos.

La más importante tarea democrática hoy en América Latina es derrotar al comunismo (o fascismo) y a sus aliados que llevan el truculento nombre de socialismo del siglo XXI. Es el modelo más tóxico que ha producido la historia del continente. Lo propagandizaron como un cambio político digno y popular, pero una vez en el gobierno ejecutaron la peor corrupción económica y moral, destruyeron toda institucionalidad democrática, enfrentaron a la sociedad, desmantelaron la economía, instauraron la fe en el caudillo y utilizan al pueblo servil como grupo político de choque. ¿Para qué tanto esfuerzo? Para ejercer el poder delincuencialmente, sin freno ni control alguno.

Para intentar un vaticinio político es necesario indagar los resortes que animaron al pasado. Esta columna ha subrayado la incidencia eficaz (no siempre visible) del castrismo en nuestros países. Georgie Anne Geyer en su libro Guerrilla Prince dice “no es una exageración decir que desde los primeros días del régimen, Fidel Castro sacudió las instituciones del hemisferio”. Antonio Tajani, vicepresidente del Parlamento Europeo calificó a Nicolás Maduro de “dictador comunista” y Cassio Luiselli, alto diplomático mexicano, declaró recientemente al New Yorker: “Vivimos el final del proyecto cubano en el hemisferio”.

Para intentar frenar la caída de esa colmena de corrupción que es el gobierno venezolano, Maduro convocó a la Policía, Ejército y Guardia Nacional, pero toda acción será vana. El socialismo del siglo XXI está en un ciclo descendente. Las bases que sostuvieron esta maldad –los Castro, un apoyo popular servil, la fabulosa riqueza petrolera y un sólido frente internacional cómplice– tambalean.

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