Domingo 27 de mayo del 2012 | 18°
Cuando he tenido un día tan bueno como el que ahora termina, siento que debo agradecérselo a alguien, no sé a quién, pero a alguien.
La otra tarde, hablando tranquilamente con mi madre, reconociéndome en ella, en sus gestos, en su mirada, en sus manos, fue evidente para mí que todo lo delicado que soy se lo debo a ella, a lo asombrosamente delicada que es mi madre, tan delicada que cuando canta parece que va a llorar y cuando baila vuelve a ser la niña que yo no conocí y ahora por fortuna he podido conocer.
En 1985, por cosas del destino, empecé a viajar en avión todos los meses.
No olvidaré esa noche en Madrid. No la olvidaré de momento, por ahora, por unos días, ya luego lo olvido todo, por suerte lo olvido todo, cada día me parezco más a mi madre, soy mi madre, que también lo olvida todo y quizá por eso es tan feliz, y entonces, lo mismo que ella, me encuentro hablando amablemente con extraños (que para mí no son extraños, son amigos fugaces, provisionales, personas a las que debo decir una palabra de afecto, mirándolas a los ojos con intención amable, caballerosa) y no me cabe duda, después de este viaje, que mi madre soy yo y ella vive en mí.
El otro día en Madrid pensé que me moría. Y no es que tuviera interés o impaciencia por morir, es que esa tarde y esa noche se empeñaban en ser tan desgraciadas que tenían que ser las últimas.
Todo esto que ha ocurrido es, la verdad, un poco desconcertante, y no lo digo con fastidio o enojo sino con pasmo, con verdadero pasmo, con perplejidad o estupor o un asombro digamos infantil.
No me gusta pensar que Zoe es mi hija porque nadie es de nadie, nadie es propiedad de nadie, Zoe es Zoe y yo soy Jaime y si bien ella se originó en un acto de amor en el que participé libre y felizmente (deseando tener un hijo, olvidando que es mejor tener una hija), su vida es un hecho que ahora me parece necesario, obligatorio, algo que tenía que ocurrir.
Un hombre termina el colegio y entra en la universidad. No sabe bien lo que quiere estudiar.
Por lo que he leído, no son pocas las personas que, ante la inminencia de la muerte, se lamentan de no haberse dedicado a lo que de veras hubieran querido hacer cuando aún tenían fuerzas.
El sinuoso paso del tiempo parece confirmar que extrañamente me acompañó la prudencia cuando me abstuve de inscribirme como candidato a la presidencia del país en que nací.
No sé por qué me empeño en seguir leyendo los periódicos, cuando sé que después de leerlos termino siempre abatido y descorazonado y a veces furioso, indignado.
A nadie le gusta que lo despidan, cuando te despiden te hacen sentir prescindible, insignificante, y eso es exactamente lo que somos, prescindibles, insignificantes, y sin embargo nos duele y nos ofende que nos lo recuerden, que nos digan que están mejor sin nosotros y que nuestra presencia es ya un lastre, un estorbo.
Muy pocas personas se resisten a salir en televisión, casi todo el mundo ve con simpatía la idea seductora de salir en televisión.
Cumplir años no tiene mérito, es solo cuestión de suerte, el mérito es de los que nos aguantan, de los que nos acompañan, de los que perdonan nuestras ínfimas miserias y perseveran en el arduo oficio de querernos.
La política es una enfermedad, los políticos son personas casi siempre enfermas y sin embargo extrañamente admiradas, el político que triunfa y llega al poder es rara vez alguien que desea servir por razones altruistas o desinteresadas, suele ser una criatura desesperada por alcanzar la gloria, la notoriedad, el poder, aunque todo eso dure poco y a menudo acabe mal.
El cuerpo de una mujer fue el origen de mi primera fijación erótica. Aunque no la conocía ni había hablado con ella, podía verla desnuda.
Acostumbrados como estamos a que el mundo sea lo que ven nuestros ojos y lo que difusamente recordamos, rara vez pensamos que tal vez este año será el último de nuestra existencia, resulta más conveniente pensar que son otros los que se mueren y que nosotros moriremos después, mucho después, a los ochenta y tantos años, de ninguna manera antes.
Las fotos dicen mucho de las personas.
El último día del año se advierte que muchas personas están contentas, incluso eufóricas, y que expresan esa alegría gritando, cantando, bailando, haciendo bulla, reventando cohetes.
Los últimos días del año suelen ser ocasión propicia para mirar atrás y preguntarnos qué hicimos bien y qué hicimos mal, cómo hubiesen sido las cosas si las hubiéramos hecho de un modo distinto, qué errores pudimos habernos evitado de haber sido prudentes o haber sabido que íbamos mal encaminados.
Lo bueno de leer los periódicos es que de pronto te enteras de que tienes una hija a la que no recuerdas, a la que crees no haber conocido, una hija que tal vez es tu hija o tal vez no, pero que los periódicos aseguran que es tu hija.
La muerte, bien se sabe, mejora curiosamente a los muertos. Nada hacen los muertos, salvo morirse, para adquirir un cierto prestigio que antes les era esquivo, para ser añorados o evocados con afecto, para exagerar sus virtudes y escamotear sus defectos.