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Columna Jaime Bayly

Desperté a las dos de la tarde, me di una ducha rápida, tomé dos cafés con leche de almendras y me vestí apropiadamente para la fiesta de mi hija Zoe, que cumplía cuatro años. –¿Puedo ayudar en algo? –pregunté a las nanas María e Hilda, que vestían a Zoe de princesa. –No hay suficientes dulces –regañó María–. Vaya a comprar más.

Mi madre Dorita vino a pasar unos días con nosotros. Tras su última visita, pensé que no la vería en dos o tres meses, pero me sorprendió, anunciándome de pronto un viernes que al día siguiente llegaría con sus amigas Teresa y Antonia, amigas de toda la vida, del colegio Villa María, de correr olas en La Herradura, del Opus Dei.

A fines del 90, descorazonado por la derrota de Vargas Llosa, me fui del Perú. Era la primera vez que me alejaba de mi país resuelto a no volver en buen tiempo, digamos los cinco años que durase el gobierno de Fujimori, que entonces casi nadie sospechaba que duraría diez. Antes de irme, vendí mi departamento de Miraflores por veinte mil dólares, liquidé mis cosas, metí todo en dos maletas y me mudé a Madrid con la intención de ser un escritor a tiempo completo y terminar la novela que venía maliciando años atrás. Tenía veinticinco años, el Perú me parecía un país de locos suicidas, no quería ser parte de ese hundimiento y terminé, enero del 91, en Madrid. Mi amigo y yo alquilábamos medio departamento (un cuarto y un baño) en el piso de dos hermanos peruanos. En seis meses escribí bastante, gasté casi todos mis ahorros, me negué a trabajar (porque escribir ficciones en un cuaderno no equivalía a trabajar) y poco faltaba para que expirase mi visa de turista cuando los Delgado, que acababan de fundar el canal Sur en Miami, me propusieron que hiciera un programa en esa ciudad. Me despedí de mi amigo (que se había hecho español), nunca más volvimos a vernos, volé a Miami, alquilé un departamento en Key Biscayne por mil dólares al mes a una venezolana, me compré un Honda básico y volví al circo de la televisión con la novela inconclusa.

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Dorita Lerner viuda de Barclays viaja cuatro veces al año de Lima a Miami para visitar a su hijo Jimmy Barclays, quien se considera un escritor y dice que está escribiendo una novela voluminosa sobre su familia, pero, en la práctica, no trabaja y vive de las donaciones de su madre, unas transferencias bancarias que ella hace a escondidas de sus otros hijos, que nunca saben cuánta plata tiene Dorita, dónde la esconde, cómo va cambiando de escondites y en qué actos de caridad va gastándola a su antojo.

Hacía muchos años, quince para ser exactos, que no daba una fiesta. Aquella vez cumplía treinta y cinco y reservé el salón de un hotel para agasajar a mis invitados y se comió bien y bailó mejor. La estrella de la noche, o así lo recuerdo ahora, fue mi hermana mayor, quien, después de pasar diez largos años como monja de clausura, había logrado recuperarse de tamaña autoflagelación y se había echado un novio pintor con el que ejecutó vistosas acrobacias en la pista de baile, arrancando murmullos de admiración entre los danzantes y comensales, que veíamos arrobados su intrepidez como bailarina exenta de inhibiciones o pudores. Aunque llevábamos un par de años divorciados, mi ex esposa y yo éramos tan buenos amigos que organizamos juntos la fiesta, compartimos mesa, chismes y bromas, bailamos alicorados y terminamos en su cama al amanecer, recreando unas formas de amor a las que habíamos renunciado legalmente, pero que, tal vez por eso mismo, por estar en apariencia proscritas, o porque aquella sería la última de nuestras noches como amantes, aún nos resultaban deseables, creíbles.

Los peores enemigos que he tenido no han sido los políticos ni los sentimentales, sino los competidores de oficio.

09/02/15 |

Choque y fuga

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26/01/15 |

Mi Jaimín

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Mi Jaimín me dice que ya no quiere ser presidente. Yo le digo pero tú has nacido para ser presidente, mi amor, yo soy tu mami y te lo vengo diciendo desde que eras niño: eres un líder nato, el Señor te ha creado para que sirvas a tus semejantes, solo vas a cumplir el Plan de Dios cuando aceptes humildemente que debes ser presidente del país que tanto amas. Mi Jaimín me dice que ya no sabe cuál es el país que tanto ama, si su Perú natal que lleva en el corazón o los Estados Unidos donde vive hace no sé cuántos años. Yo le digo tú no eres gringo, hijito, tú eres peruano, más peruano que el ceviche, que el chancho al palo, tú eres bien cholo por parte de tu mami y un poco pituco por parte de la familia de tu papi, que en paz descanse.

19/01/15 |

Los desheredados

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Cuando era niño y vivía en una casa en el campo, a una hora de la ciudad, rodeado de hermanas y hermanos que nacían cada año y medio, tenía dos tíos, ambos hermanos de mi madre, que no eran bienvenidos por mi padre en nuestra casa llena de armas de fuego: un tío sospechoso de comunista y otro sospechoso de homosexual.

12/01/15 |

Un padre sin alma

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Mi primera hija nació cuando yo había cumplido veintiocho años. Tuve tanto miedo de ser padre que estuve a punto de escapar a otro continente. Mi segunda hija nació cuando tenía treinta años. Alegué que no podía vivir con mi esposa y mis dos hijas porque era un escritor. Mi esposa se fue a vivir con las niñas lejos de mí. El trauma de la separación no me hizo un buen escritor, solo me obligó a viajar más a menudo. Mi tercera hija nació cuando yo acababa de cumplir cuarenta y seis años. No tuve miedo, no quise escapar, me sentí en condiciones de quedarme viviendo con mi nueva esposa y nuestra hija. Algo había aprendido de mis fracasos anteriores y por eso contraté a varias nanas. Han pasado casi cuatro años y las cosas han funcionado bastante bien. Mi esposa no me ha dejado y yo puedo escribir en una casa llena de mujeres de todas las edades, una casa que mis hijas mayores prefieren no visitar. ¿Por qué me resultó tan traumático ser padre las primeras dos veces y tan tranquilo y placentero la tercera y creo que última vez, dieciséis años después? No lo sé, pero puedo aventurar algunas conjeturas. En aquella época atormentada pensaba que siendo bisexual no debía tener descendencia porque sería un mal padre y mis hijas se avergonzarían de mí. Ahora pienso que una cosa no tiene nada que ver con la otra y que las preferencias sexuales de un individuo no definen sus aptitudes para ejercer la paternidad. En esos últimos años de mi juventud no tenía plata y pensaba que una persona en apuros económicos no debía tener hijos porque hacerlo sería una irresponsabilidad que condenaría a sus hijos a pasar penurias que nadie merece. Ahora me digo que la paternidad me obligó a ser menos irresponsable, a trabajar, a ganar dinero y ahorrar, de manera que nadie pasó las penurias que imaginé y tal vez las habría pasado yo mismo de haberme quedado solo, sin hijas, aferrándome al pueril argumento de que un artista debe vivir solo y no tener hijos porque sus verdaderos hijos son su obra creativa. También me asustaba la absoluta oscuridad con la que veía mi futuro como aspirante a escritor. Sigo viendo las cosas igual de oscuras o más, pero ya no me asustan y acepto tranquilamente que hay escritores geniales y luego estamos los otros, los que escribimos en las sombras. Dicho esto, y a pocas semanas de cumplir cincuenta años, estoy bien seguro de que no quiero ser padre una vez más. Ya serlo tres veces y con dos mujeres me ha metido en unos líos de los que aún no consigo salir. Pero no me quejo, así está bien. Tengo bastante plata, la suficiente para no tener que trabajar el resto de mi vida y dedicarme a escribir y viajar y esperar a que me visiten mis hijas, que no me visitarán a menos que se trate de mis funerales, y mi esposa y yo somos buenos amigos y hemos aprendido a compartir nuestros momentos felices y también los otros, los más sombríos, los desencuentros y extravíos, incluso los secretos mejor escondidos, el otro cuerpo que acaso deseamos y estaríamos dispuestos a compartir en el altar sagrado del amor y el erotismo. Sin embargo, no quiero tener más hijos porque a mi edad aumentan bastante las probabilidades de tener un hijo discapacitado, autista, y ya conmigo tenemos bastantes discapacitados en la casa, y porque mi esposa y yo somos haraganes y dormimos hasta mediodía y no queremos seguir trayendo nanas que nos suplanten como padres mientras nosotros nos rendimos y caemos dormidos sin vergüenza ni culpa. En ese punto, el del sueño, confieso que soy un mal padre, un pésimo padre, uno muy egoísta. No he podido dormir con ninguna de mis hijas en la cama, si se pasan a mi cama me perturban tanto que simplemente no consigo dormir ni una hora. ¿Por qué? No lo sé. Pero siendo bipolar como soy, y propenso a depresiones melodramáticas, casi suicidas, y vacío de toda fe religiosa, un mamífero que se aferra a sus nervios y sus músculos a falta de un alma que se me escapó cuando tenía veinte años, necesito malamente dormir mis horas para ser, con suerte, un padre regular tirando a discreto. Lo he vivido con mis hijas mayores en nuestros viajes de vacaciones a la nieve o las playas y lo sé bien: cuando no he dormido soy un tiranuelo con el ánimo irritado y la paciencia muy corta, y cuando he dormido diez horas me río de todo y estoy dispuesto a pagarlo casi todo. Con lo cual me queda claro que a mis tres hijas les conviene sobremanera que yo duerma tanto o más que ellas, pues así se aseguran de tener a un padre indulgente, dadivoso, liberal en grado sumo, un padre que no hace preguntas ni impone reglas morales y paga calladamente y hasta con disimulado gozo. Todo lo que viajé con mis hijas mayores, solos los tres, sin nanas, me educó a tal punto en mis penosas limitaciones genéticas, que ahora sé que las mejores vacaciones con mi hija menor consisten en quedarnos en la casa y dormir cada uno en su cuarto, ella con sus nanas, mi esposa con sus enamoradas y enamorados que la acosan y con mi segura y babosa devoción, y yo con mis tapones en mis oídos y mis tres pares de medias y mis frascos de somníferos. Cada uno hace su vida y entre cinco y seis de la tarde nos encontramos en el comedor de la cocina y jugamos a ser una familia feliz y luego cada uno se repliega en sus territorios y acomete las empresas que mejor asocia con la felicidad. No somos una familia comunista, colectivista, somos una familia individualista, incluso capitalista, en la que cada miembro desea tener más capitales que el resto y en la que prevalece un ambiente de sana, y a ratos tensa, libre competencia. Cada uno compite por ser más feliz que los demás, aun a riesgo de que nuestra felicidad sea la desdicha de los otros, como me ha pasado tantas veces con mis padres y mis hermanos, a los que he fastidiado con unos libros que, al mismo tiempo, me han procurado la sensación de estar viviendo una vida menos incompleta, menos vacía, más riesgosa y aventada. No he sido nunca, y creo que ya estoy viejo para cambiar, un padre intervencionista, uno que trata de regular la vida de sus hijas con el afán malsano de que ellas se parezcan a él o sean lo que él ha imaginado estúpidamente que ellas deberían ser. Soy un individuo tan tonto, tan lastrado por sus fracasos y consciente de sus limitaciones, que me abstengo de decirles a mis hijas lo que deben hacer con sus vidas, y a veces intuyo que si me hicieran caso terminarían tan confundidas como he vivido yo la mayor parte del tiempo. Por eso creo que la mejor manera de no enfangarlas en el pantano en que malvivo es respetando celosamente su libertad y dejando que ellas hagan con sus vidas lo que les dé la gana, aun si eso supone que me vean una vez cada dos años, y apuradas, y mirando en la pantalla de la tableta o el móvil lo que otra persona les escribe, una persona que compite conmigo y me derrota y humilla. Pronto mi hija menor también tendrá celular y tableta y ordenadores de tres tamaños y hablará conmigo en las burbujas de alguna pantalla de éter y yo me enteraré del lugar en el que está y con quién se divierte mirando sus fotos espléndidas, colgadas en un sitio virtual. Soy un fracaso como padre y sin embargo creo que mis hijas pudieron haber tenido peor suerte.

05/01/15 |

Morir bailando

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29/12/14 |

Uno por uno

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El final de un año, la semana posterior a la fiesta navideña y todavía en vísperas de la celebración por el nuevo año, abiertos ya los regalos y comido hasta atragantarnos el pavo, induce a mirar atrás, aun a sabiendas de que hacerlo es un ejercicio inútil y acaso autodestructivo. No podemos ya cambiar el año pasado y acaso solo podríamos modificar de un modo levísimo el que viene, pero eso también es dudoso, incierto, porque las cosas más importantes que nos pasan suelen depender del azar y no de nosotros, que asistimos impávidos a ellas. Con los años uno va rebajando sus expectativas, moderando sus ambiciones: yo, por ejemplo, antes soñaba con presidir el país en que nací, y ahora solo sueño con presidir mi casa, lo que tampoco he conseguido y me temo que será esquivo el siguiente año, pues la que preside es mi mujer y yo la secundo muy a gusto. Antes quería estar en óptimo estado de salud y correr una hora cada día, ahora solo aspiro a no morirme y caminar media hora cada noche, cuando nadie me espía y puedo ver cómo avanzan mis zapatos morosamente, vagamente. Antes quería ser un escritor de éxito, ganador de premios, siempre promocionando una novedad, y ahora aspiro a ser un escritor y no dar entrevistas ni asistir a ferias promocionales que suelen ser una hoguera de crepitantes vanidades. Antes quería vivir en tres ciudades y viajar todas las semanas, ahora me contento con vivir en esta casa y no viajar a ninguna parte, aunque me inviten, y a veces todavía me invitan, pero declino alegando que mi salud es pobre y va en decadencia, lo que puede ser una exageración o una observación exacta. Hace unos años me dijeron que me quedaban dos años de vida y desde entonces han pasado cuatro y vamos para cinco y quienes me dijeron tal cosa eran médicos peruanos que no sé si están vivos todavía porque no quiero regresar a sus consultas ni a la ciudad en que nací, no todavía, dejemos eso para el próximo gobierno, que este provoca espanto. Con lo cual, si hago un balance medianamente apacible del año que se va, debo sentirme contento, satisfecho, agradecido, porque mi hígado no ha terminado de corromperse y no me he muerto en el plazo que los agoreros de mandil blanco me fijaron con el ceño fruncido y el aliento rancio de quien duerme poco y mal. Pero, además, no solo sigo vivo, sino que me siento mejor, bastante mejor comparado con el hombre sin aliento y el hígado en proceso de descomposición que era cuando pensé que no llegaría a este año ni al siguiente. A tal punto es así que he dejado ciertas pastillas para dormir de las que pensé que no lograría emanciparme, aunque, para ser francos, debo admitir que ahora tomo otras que me recetó el neurocirujano a distancia y cuyo costo hepático se irá viendo más adelante. No seré yo quien lo vea, ausculte o examine, por cierto, y a eso atribuyo mi bienestar y buen ánimo: desde que me dieron ese plazo sombrío, no he querido ir a ninguna consulta médica y evito a los doctores como a cuervos que quieren sacarme los ojos. Con lo cual, quién lo diría, aquí estamos todavía, y durmiendo mejor, y aún con trabajo, con programa de televisión, por mucho que mis enemigos, detractores y ex amantes biliosos pronosticaron que moriría pronto luego de ser despedido del canal que todavía me acoge y alienta mis diatribas. Cuando trabajas en televisión, en un canal pujante pero aún pequeño, estás siempre en salmuera, en ascuas, en entredicho, y van cambiando cada tres o seis meses los gerentes y nunca sabes cuándo te bajarán la guillotina, como ya me la han bajado no pocas veces por ser un tanto revoltoso y malcriado, pero llevo cinco años de buena racha con este canal y todo parece de momento bien encaminado y cuando me dicen que quieren renovarme el contrato un año más, siento que es un minúsculo triunfo personal, pero un triunfo al fin y al cabo, porque eso supone que las ventas van bien y los dueños y yo ganamos, aunque no a partes iguales, ellos se quedan con el sesenta y yo con el cuarenta y así está bien. ¿Podría entonces quejarme si vivo donde quiero y sobrevivo contra lo que me dijeron y he logrado preservar el programa y mantenerme a salvo en la jungla despiadada de la televisión? No, claro que no, y no solo no me quejo sino que agradezco a los duendes del azar por conspirar de un modo que me resulta favorable y les ruego que el próximo año no me den la espalda. No todo es miel sobre hojuelas, no todo está alfombrado de pétalos de rosas, siempre hay pequeños infortunios que ocurrieron este año y prefiero no recordar con una saña que sería nociva para mi salud: no pude ver a mis hijas mayores pero encontré fuerzas para seguir pagando sus cuentas, terminé una novela pero no pude publicarla porque mi madre me lo prohibió en términos perentorios y prefiero hablar en persona con ella antes de tomar ninguna decisión que pudiera lastimarla. ¿Soy ese hombre yo mismo, un hombrecillo vacilante que suspende la publicación de una novela hasta tanto no obtenga la aprobación o el consentimiento de su madre? No lo era hace veinte años, cuando publicaba contra mi madre, mi esposa, mi suegra y mi tío ricachón, pero ahora llevo menos prisa y prefiero ser considerado con los sentimientos de mi madre. ¿Me ilusiono con que algo cambiará drásticamente en mi vida el año que viene? No, para nada, no me hago la menor ilusión, solo aspiro a que sea tan bueno como este año que expira: aspiro a no morirme, a dormir tranquilo, a conservar mi trabajo y a publicar algo que no me enemiste con mi madre. Ya dejé de fumar marihuana, bajé diez kilos, dejé los hipnóticos, ya me cuido bastante como para proponerme algunos cambios más de esa naturaleza, que por lo demás son los más difíciles, romper una adicción, una dependencia, llevar una vida algo más saludable o menos perniciosa, así que por ahora solo le pido al próximo año que no me envíe a la baja policía a recogerme, no todavía, y me dé fuerzas para seguir escribiendo y haciendo el programa todas las noches. En cuanto a la familia, cómo podría quejarme: tengo una esposa fantástica que me cuida y a la que adoro, hemos dado vida a una niña preciosa que ilumina y alegra nuestra existencia antes un tanto en las sombras, tengo los mejores recuerdos de mis hijas mayores, pago todo lo que me piden y estoy dispuesto a verlas cuando quieran pero no a ser infeliz o estar amargado si ellas siguen sin querer verme y solo me escriben por cuestiones crematísticas. Me hace ilusión llevar a mi esposa a Berlín, porque ella fue educada en colegio alemán y es fluida en esa lengua enrevesada, y llevar a mi hija menor a ver la nieve en Nueva York, y publicar una de las dos novelas que vengo maliciando, si mi madre me da luz verde o luz ámbar o una luz roja que parpadea un pelín. Todavía no quiero volver a Lima porque el individuo que está en el gobierno y sus secuaces y apandillados y adulones me inspiran la más profunda, visceral desconfianza, una desconfianza que me inspira cualquier militar intelectualmente mediocre (si eso no es redundancia) y que a menudo se viste con la bandera de su país y se proclama nacionalista. Ya volveré cuando sea oportuno o no volveré más y me quedaré gozando de todo lo bueno que mi mujer, mi hija y yo nos hemos labrado en esta isla en la que vivo hace ya veinte años y cuyo aire limpio, impregnado de sales marinas, ha obrado milagros en mis pulmones y mi hígado estragados, pero todavía dando la pelea. Si seguimos vivos en un año y conservamos buena salud y trabajos dignos que con suerte nos apasionen, habrá sido un año magnífico, no me cabe la menor duda. Mis mejores deseos para todos mis lectores amigos y mis peores deseos para mis enemigos y detractores biliosos, espero que el próximo año se mueran todos, uno por uno.

22/12/14 |

El pavo soy yo

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Tal vez, embargado por el espíritu navideño que nos invade estos días, he decidido que pagaré las universidades de mis hijas mayores, y todos sus gastos personales, hasta que se gradúen en dos y tres años. Y si una vez que se gradúen quieren estudiar una maestría, les pagaré la maestría con el mayor gusto. Y si después quieren estudiar un doctorado, me mojaré igualmente y asumiré todo como corresponde a un padre que desea lo mejor para sus hijas. Y si no se gradúan y quieren que les colabore un tiempo indefinido, así será, será lo que ellas quieran, lo que me pidan. He obrado en consecuencia, les he mandado el dinero prometido y espero que eso nos permita a todos pasar unas fiestas de fin de año tranquilas, relajadas, exentas de rencores y resentimientos.

15/12/14 |

El loco peruano

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Ahora los viernes no tengo que ir a la televisión. El programa lo hago de lunes a jueves. Trabajo cuatro días, descanso tres: no está mal. El fin de semana es más largo y se disfruta mejor. Intento escribir todos los días, ir al cine todas las noches, eso no cambia. Pero mi vida, no me engaño, está organizada alrededor de las servidumbres de la televisión, y las horas dedicadas a escribir están subordinadas a los horarios del programa, al tiempo que me queda libre en las tardes y los fines de semana, cuando no hay otra obligación que estar bien, disfrutar del buen clima y la casa y la familia. Estar bien, pasarla bien, es una obligación, y más vale que lo hagas ahora que estás vivo, porque después te mueres y otros la pasarán bien con tu dinero y tus propiedades, y tu ropa la meterán en una maleta y la quemarán.

01/12/14 |

Volver a casa

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24/11/14 |

Pasará

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10/11/14 |

Los estrangulados

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03/11/14 |

Los vampiros

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20/10/14 |

La sirenita

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13/10/14 |

Decir mentiras

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06/10/14 |

Huir de la gente

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Jaime Bayly,Un hombre en la luna http://goo.gl/jeHNR

29/09/14 |

El infierno

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15/09/14 |

Panorama nublado

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08/09/14 |

El año sabático

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01/09/14 |

Salir del clóset

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Jaime Bayly,Un hombre en la luna http://goo.gl/jeHNR Cuando escapé de casa de mis padres sin un centavo a los catorce años, corriendo media hora a toda prisa hasta llegar a la carretera, subiéndome a un ómnibus con dirección al centro de Lima, no sabía dónde pasaría la noche, cómo me las ingeniaría para comer y subsistir, pero estaba resuelto a no llamar a ningún amigo del colegio, porque suponía que sus padres me delatarían y terminaría haciendo el ridículo, y a nadie cercano ni lejano de la familia que al final me entregase a mis padres.

11/08/14 |

Balas perdidas

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Jaime Bayly,Un hombre en la luna http://goo.gl/jeHNR Cuando era niño vivíamos en un departamento de San Isidro, en la calle Pezet, con vista al club de golf. Tenía dos hermanas mayores, nacidas con una diferencia de año y medio, y luego venía yo, el hijo mayor, el esperado varón, el que llevaba el nombre de mi padre y mi abuelo paterno.

04/08/14 |

De espaldas

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28/07/14 |

El clóset

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21/07/14 |

Los despedidos

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07/07/14 |

Los mundiales

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Jaime Bayly,Un hombre en la luna http://goo.gl/jeHNR A principios de 1996 llegué a Santiago de Chile con tarjeta de residente y la determinación de quedarme a vivir en esa ciudad haciendo vida afantasmada de escritor que no tenía amigos ni amantes ni vida social. Tenía suficiente dinero para vivir un año en Chile, viajar una vez al mes a Lima a visitar a mis hijas y mantenerme alejado del circo de la televisión, que me parecía un veneno para el escritor.

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05/05/14 |

La paternidad

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