El anciano animador de televisión cubano, que ha moldeado su vida imitando a un anciano animador chileno, no está contento con el horario en que se emite su programa de bailes y variedades, las siete de la tarde, y le he pedido en tono de súplica al dueño de la emisora que le asigne un horario que él considera apropiado para un hombre de su legendaria carrera: las ocho de la noche.
Mi madre, que es una santa, nos invitó a una gran reunión familiar en Playa del Carmen, México.
Queridos Santiago y Sebastián: Cuando, hace unos años, le regalé un departamento a Mario, el padre de ustedes, lo hice, principalmente, por amor a ustedes, mis hijos, y también por amor a él, que me educó, derribando mis prejuicios, en las impensadas maravillas de ser madre.
Cuando, hacia finales de 2009, decidí explorar la posibilidad de ser candidato presidencial, le pedí a mi amigo Enrique Ghersi que me ayudase a encontrar un partido que fuese compatible con nuestras ideas libertarias. Enrique pensaba que era mejor fundar un partido.
Todo ocurrió en Lima, en una Lima que me deslumbraba por sus progresos y su modernidad, una Lima a la que no iba hacía tres años y echaba de menos.
Dejé de creer en Dios cuando, con veinte años, me enamoré de un amigo. Tuve que elegir entre la fe en Dios y el amor a mi amigo. Abandoné a Dios, me entregué a mi amigo, mi amigo me dejó porque no estaba enamorado de mí.
A mi esposa le gustan dos mujeres. Una vive en San Francisco y es diseñadora y modelo. La otra vive en Miami, estudia en la universidad y va al gimnasio con ella. No las conozco, solo he visto sus fotos. Mi esposa tiene, entre otras, la obsesión de mirar las fotos que estas chicas suben a Facebook.
Julián y Silvana están invitados a una fiesta. Es algo infrecuente para ellos. No tienen amigos, no contestan el teléfono, no van a fiestas ni eventos sociales de ningún tipo, ni siquiera van a las reuniones de sus familias porque sus familias viven en un país lejano del que ellos han querido apartarse para que nada perturbe la felicidad insólita que los atrae sin remedio.
Soy argentina a mucha honra, no soy creyente, soy alcohólica, soy obesa, soy una foca con vagina y, sin embargo, estoy sinceramente emocionada con la elección de nuestro Papa argentino.
Mi hijo único, Carlitos, el amor de mi vida, está molesto conmigo. Dice que soy una mala madre. No quiere verme. Hace tres años se fue a estudiar a Austin, Texas, y me ha dejado sola en Lima y no quiere volver ni por Navidad.
Uno de mis grandes traumas es que no soy una profesional. Aunque me duele reconocerlo, es la verdad. Mi sueño es que mis dos hijos sean profesionales para que ellos no sufran lo que yo he tenido que sufrir.
Me he casado tres veces, siempre por amor. Mi tercer marido, con el que estoy felizmente casada, es veinte años menor que yo. Es un potro insaciable.
Todos dicen que estoy gorda. Yo me veo gorda, sí, no lo voy a negar, pero no gordísima, tampoco tanto. Me parece que la gordura me asienta bien. Yo no he nacido para ser una flaca demacrada.
La felicidad es un instinto, se aloja en la memoria, tienes que conocerla para buscarla. Si no te han educado en ella, no sabrás lo qué es ni sentirás el instinto de ir por ella. Solo son felices los que creen que merecen ser felices.
Si de verdad eres un escritor, escribe. No te metas en política, escribe. La política es un vicio, una enfermedad. Te aleja de la belleza, te aleja del arte. La política es un oficio conspirativo, de intrigas, pactos desalmados y traiciones.
Mi hija mayor fue concebida una fría tarde de noviembre, en un antiguo y decadente apartamento de la calle 35, en el barrio de Georgetown, en Washington, capital del imperio más poderoso de nuestro tiempo. Me había puesto ropa deportiva para salir a correr.
Este año que termina ha sido desastroso para mí. Me temo que el año que viene será peor. Ha pasado un año más sin que mis hijas me perdonen y quieran verme.
Si tu madre te ha dicho desde niño que has nacido para ser presidente, quizás termines postulando a la presidencia. Eso es lo que me pasó. No llegué a ser candidato pero jugué coquetamente con la idea, no me disgustaba para nada. Por supuesto, no quería gobernar, solo quería complacer a mi madre, ser el hijo que ella soñó. Una vez más, no se pudo, terminé defraudándola, es una pena.
Esto de ser un escritor se ha convertido en una cosa clandestina, fantasmagórica. Uno se pasa la vida escribiendo cosas que nadie quiere leer, ni siquiera los aludidos. Tanto empecinamiento acaba siendo inútil, vano, apenas una postura, una pose.
Julián Beltrán es escritor de novelas. Ha publicado doce novelas. La crítica de su país, el Perú, lo considera un escritor pobre, deplorable.
El rumor del mar, que es antiguo y sobrevivirá, trae sosiego al viajero. Olas mansas se disuelven en la orilla espumosa. Nadie camina por la playa de noche. El mar es infinito, la tristeza del viajero también.
Del Perú solo conozco realmente Lima, y cuando digo Lima me refiero a San Isidro, Miraflores, Camacho y La Planicie. He vivido en el Perú desde mi nacimiento en 1965 hasta finales de 1990. A principios de 1991 me fui a Madrid y ya nunca pude regresar del todo a Lima.
A las tres de la tarde, poco más, poco menos, Julián despierta. Ha dormido doce horas consecutivas. No recuerda nada de lo que ha soñado. Ha dormido abrigado, con varias capas de ropa suave, principalmente cachemira, y tres pares de medias.
Julián y su esposa Silvana se aman. Como se aman, viajan juntos. Como viajan juntos, se exponen a los caprichos del azar. No ignoran que así como el azar los ha reunido puede también separarlos. No tienen miedo. Eligen los riesgos juntos. Es mejor así.
Julián ha dejado de tomar unas pastillas que le servían para estimular su apetito sexual y le permitían tener más prolongadas erecciones. No recuerda por qué comenzó a tomarlas, ningún médico se las recetó, las obtuvo en ciertas farmacias amigables y se hizo adicto a ellas o dependiente de ellas.
Mi carrera en la televisión de los Estados Unidos comenzó con un fracaso. A principios de 1991 me había mudado a Madrid con la intención de escribir una novela, No se lo digas a nadie, que andaba devorándome los sesos como un virus sin remedio.
Saliendo del aeropuerto, miro discretamente a ver si alguien nos espera pero no, nadie muestra un cartel con mi nombre, habrá que tomar un taxi, casi mejor. Metemos las maletas en un pequeño carro amarillo y entonces alguien se acerca y dice mi nombre de un modo suave, comedido, y dice que se llama Wilfrido y que nos llevará al hotel.
La mujer paga en efectivo, mete las bolsas en el carrito metálico, se despide secamente de la cajera (los desbordes de afecto no se le dan naturalmente con los extraños) y sale del supermercado empujando el carrito. No ha sido una tarde de compras cualquiera.
Lo primero que no terminé fue el colegio. Terminé en algún colegio, pero no en el colegio que comencé. Me habían puesto en un colegio religioso, el mismo en el que había estudiado mi padre, pero, terminado el primer año, todavía asustado por las monjas, mi madre decidió cambiarme de colegio.
Nosotros no teníamos plata, éramos los pobres de la familia.
No había ninguna necesidad de ir a Punta Cana. Fuimos, sin embargo. Fuimos porque Silvia recordaba esa playa con afecto, la había visitado de niña con sus padres, y porque yo tengo una inexplicable fascinación por todo lo dominicano, algo que vine a descubrir hace años, cuando era joven y viajaba a menudo a Santo Domingo.
Hace tres años, en este hotel, en esta ciudad, en este barrio de calles frías y tranquilas, con árboles que se levantan como gigantes encorvados y una lluvia intermitente que cae desde la montaña verde, empecé a escribir una novela sobre el rencor y la venganza que ahora he venido a presentar y de la que no he parado de hablar como un loro amaestrado estos últimos días ante cualquier extraño con cámara o grabadora que tuviera la imprudencia de ponérseme al frente.
El hombre sale de su casa y se dirige a la televisión. Oscurece. No ha sido un día bueno, se ha sentido cansado, contrariado, la lluvia no lo ha dejado dormir.
La última vez que estuve en Lima fue en enero del año pasado. Llegué de Buenos Aires, pasé una noche y seguí viaje a Miami, donde escribo estas líneas. Llevo año y medio sin ir a Lima ni al Perú en general y, como van las cosas, no me veo regresando todavía, ni siquiera de visita.
Una vida no es solamente una vida, son muchas vidas las que caben en una vida, o así lo veo ahora, a mis cuarenta y siete años, cuando miro atrás y recuerdo las vidas que he vivido y especialmente las que no he podido vivir y me hubiera gustado vivir.
¿Qué soy? Un hombre ya mayor, fatigado, con dolor de espalda, con una barriga que tiende a crecer y una calvicie incipiente. ¿Soy peruano? Sí, nací en Lima, capital del Perú, viví en Lima la mitad de mi vida, tengo en alguno de mis cajones un pasaporte rojo que prueba que soy peruano.
Me aterra la posibilidad de ser padre una vez más. No soy un buen padre, eso está demostrado, he dejado pública constancia de ello, hay testigos.
Una idea mínima de la felicidad, o mejor digamos de la tranquilidad, me remite al ejercicio de la libertad.
Era diciembre de 1992. Yo vivía en Washington DC. Escribía rabiosamente una novela que sería publicada en la primavera española de 1994. Fue un invierno crudo, brutal.
Han sido seis días agitados, intensos, quemantes, vertiginosos en Nueva York, seis días tan enloquecidos que sentí que en cualquier momento se me reventaría el corazón, seis días en los que he caminado más de lo que había caminado la vida entera, seis días en los que quería mostrarle a Silvia todo lo bueno que conocía de Nueva York y luego los amigos de Silvia querían mostrarnos, ya de noche, todo lo fantástico y divertido que yo no conocía de la ciudad.