06.MAY Viernes, 2016
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LA PORTADA DE HOY

Con malas juntas

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Columna Beto Ortiz

El día que lo metieron en cana, le dijeron que saldría en libertad en cinco años, en cuatro, en tres, en dos. Le dijeron que muy pronto saldría si lograba olvidarse del tiempo mientras lo iba matando de a poquitos, hora por hora, día por día. Si hacía flores de papel periódico, si pintaba cuadros de enamorados besándose con fondo de atardeceres, barcos veleros, elefantes de yeso, si tejía alfombras, si cosía billeteras. Todo saldría bien si colaboraba, si asistía a sus terapias, si hacía caso. Pero, ¿qué hacía un chico como él en un lugar como ese? –se preguntaban, asombradas, las profesoras de los talleres. Ellas le dijeron que él, a primera vista, no parecía un recluso, que él parecía un chico bien, bien nacido, bien criado, que hasta tenía pinta de gente decente –porque era blanquito– y vaya que eso era tremenda suerte –a veces buena, a veces mala–, que un mejor destino le esperaría en esta vida, que mantuviera la fe. Le dijeron que tuviera paciencia. Saldría muy pronto con redención si agachaba la cabeza cuando lo reñían, si no contestaba mal a los técnicos, a los psicólogos, a los superiores, si se callaba, si no escondía un celular, ni una linterna, ni un paco de hierba, ni un plastilitro de chicha canera. Le dijeron que era inteligente, que tenía talento para las canciones y también para las palabras, que solo podría sacarles provecho si se portaba bien, si obedecía, si estudiaba. Los mil quinientos días pasaron arrastrándose como unos malditos gusanos. Los mil quinientos días infinitos, viscosos, agónicos, babosos. Hasta que un día llegó a buscarlo el hombre al que todos llamaban “el libertador” y le dijo que ya le faltaba poco, que salía en cinco meses, en cuatro, en tres, en dos. Cuando apenas faltaba un mes, comenzó su cuenta regresiva, pero, cuando el día señalado llegó, le dijeron que había habido un error, que había contado mal, que no era hoy, que todavía le faltaban veintiún días y entonces empezó su cuenta regresiva una vez más: 21, 20, 19… pero, cuando el día señalado llegó, le dijeron que había habido un error, que faltaba que llegara un papel de la región y al otro día le dijeron que había habido un error de ortografía, que habían escrito Lorenso con s y él era Lorenzo con zeta y al otro día le dijeron que había habido otro error y que habían llevado su orden de libertad a Ancón 1 y no a Ancón 2, que era donde él estaba y al otro día le dijeron que faltaba la firma del director y al otro día le dijeron que no podía salir porque era domingo y al otro día le dijeron que los lunes tampoco se daban libertades porque era el día de trámite administrativo y al otro día fue martes, día blanco, y Lorenzo, por fin, salió:

Está demostrado que los peruanos podemos postular al Congreso por las razones más alucinantes. La ciudadana María Santos Vásquez Rafael, por ejemplo, fue con el número 16 en la lista de PPK gracias al único mérito conocido de haber sido la muy mediática empleada doméstica a quien la ministra de la Mujer Carmen Omonte no pagó beneficios sociales por maternidad. Su sola condición de Natacha -cabeceada-por-político fue suficiente para que sus entusiastas impulsores le vieran pasta de legisladora. No es tan insólito que no ganara; en realidad, no sé si alguien esperaría que todas las empleadas del hogar del país votaran por ella en masa. Lo que sí llama la atención es que a su sangrona patrona, la guapa Omonte, tampoco le alcanzaron los votos para reelegirse, lo cual no implica necesariamente que vaya a volver a las labores domésticas como penitencia. También en la lista de los cuyes postuló doña Rosa Núñez, temible ex esposa de César Acuña, obviamente fichada por su potencial condición de arma de destrucción masiva en el supuesto de que su otrora cónyuge le disputara a Pedro Pablo el paso a la segunda vuelta, pero, como eso nunca sucedió, se convirtió en el inútil antídoto para un veneno que ya no existía, de modo que sus alegres planes de continuidad se fueron al tacho. Otra derrota que no me apena ni un poquito es la de Gian Carlo Vacchelli, el más claro ejemplo de las personas que, apelando a la misericordia del prójimo, convierten su discapacidad física en una carrera muy rentable: las únicas veces en que el bendito Angelito hizo noticia en estos cinco años fue cuando se quedó dormido durante el mensaje presidencial (admitamos que no fue el único) y cuando los empresarios Ricardo Yzaguirre y César Montoya lo denunciaron por estafa porque nunca les devolvió las quince lucas verdes que le prestaron. Como dijeron en Twitter más de una vez: si quiere dormir, que duerma en su cama que va a estar mucho más cómodo y, además, nos sale gratis. El loable afán de reivindicar a las putas y a su noble oficio fue la razón por la que el Frente Amplio decidió reclutar a doña Ángela Villón, conocida líder sindicalista de las trabajadoras sexuales que escandalizó a los sectores más recalcitrantes de la derecha beata y estirada. Su principal promesa electoral, sin embargo –“Hagamos del Congreso, un burdel”–, cayó en saco roto quizá porque ofrecía hacer algo que estaba hecho de antemano: el Congreso es un burdel desde hace un montón de tiempo, estimada colega.

Lo raro de mí cuando era chico era que todos tenían hermanos menos yo. Ser hijo único no era normal. ¿Por qué no tienes hermanos? –me preguntaban los niños y las niñas de mi colegio. ¡Porque se los comió!- respondía algún palomilla agarrándome la panza con las dos manos y todos se mataban de la risa mientras yo deseaba, en secreto, que un providencial cataclismo borrara de la faz de la tierra esta ciudad sin dejar sobrevivientes. Yo era, por supuesto, el gordo del salón cuando era chico y lo normal es que del gordo del salón todos se rían. Muy pocas cosas en la vida te hacen más raro que eso. Lo único más raro hubiera sido ser el mariconcito de la clase pero no habría podido serlo, no lo tenía claro, no estaba listo, no daba la talla y, por mucho que me esmerara en descubrir tempranamente mi vocación, ya ese rol se lo disputaba tanta gente que lo más seguro era que se hubieran terminado las vacantes. Pero lo verdaderamente raro que había en mí era que no me gustaba el curso por el que todos se morían: la Educación Física, cosa que resultaba –y resulta hasta hoy– impensable para cualquier colegial que no fuera yo que, además de hijo único y gordo del salón, tenía pie plano y era asmático de modo que, cuando el viril, apolíneo, castrense instructor de deportes me ordenaba que corriera las cinco vueltas a la cancha de fútbol como todos los demás, yo blandía mi certificado médico –como si fuera el carnet de un club muy exclusivo– y le recordaba que este atocinado gandul no corría nada, que ya a fin de año aprobaría el curso con exámenes escritos sobre reglas de deportes pero mientras tanto me quedaba en la tribuna –con mis botines ortopédicos y mi inhalador de Ventolín en el bolsillo del pantalón plomo- dibujando historietas con mi estuche de 60 plumones en mi sketch book porque esos eran los extraños privilegios que me daba ser el raro más raro de todos los raros.

No votaré por un candidato que no se muera de ganas de ponerse todas las plumas, ponchos, llicllas, cushmas y maskapaychas que le regalen porque el pueblo se los entrega con todo cariño y no importa cuán ridículo se vea en las fotos.

Me debe haber pasado un millón de veces. Y un millón de veces lo he pasado por alto. He fingido que no escuché, que no me di cuenta o que no me afectó. Como el negro que ya ni voltea a mirar cuando alguien, a su paso, exclama: “¡Mira, un negro!”. Sea por ahorrarme problemas, por flojera, o por simple hartazgo, llevaba bastante tiempo manteniendo, en mi vida diaria, una actitud de amplia y generosa tolerancia a la estupidez. Pero, como todo tiene un límite, lamento anunciarles que, hoy, se me ha terminado. Hoy todo presagiaba un día perfecto. Amanecí del espléndido humor que el azulísimo cielo del Cusco siempre propicia en mi alma de serrano melodramático. Me duché tempranito, me encasaqué, me enchaliné, me puse un poco de Voyage y un poco de bloqueador solar en la pelada, chapé el libro que había dejado a medio leer y salí a disfrutar de esa mezcla perfecta de friecito matutino con sol brillante que es el clima que mejor combina con mi espíritu precolombino. Como estaba solo, para variar, decidí engreírme invitándome a desayunar a un lugar que hiciera juego con mi ánimo distinguido y un poquito cretino. Quería un remanso de tranquilidad en el que provocara quedarse el resto de la mañana leyendo, mirando gente y tomando cafecitos a placer, de modo que elegí uno de nombre italiano que los viajeros de Trip Advisor reseñaban como “exquisito e inolvidablemente caro”. Para el desayuno, el restaurante ofrecía en sus largas mesas un banquete digno de la cena de coronación de un emperador romano. Todas las carnes, todos los quesos, todos los frutos de la creación se desbordaban por los cuatro costados con una exuberancia casi pornográfica. Los mozos, de impecables trajes de etiqueta con discretos bordados autóctonos, saludaban con una reverencia cortesana, presentándose por sus nombres y recalcando que estaban ahí para complacernos, que, por favor, les hiciéramos saber de inmediato cualquier cosita que deseáramos. Puesto a elegir qué cosita comer primero, me debatía yo en la indecisión que suele hacer presa de uno las veces en que la vida pone ante tus ojos una gama tan amplia de posibilidades, cuando, de pronto, la puerta de la cocina se abrió y un muchachón se asomó tímidamente trayendo más bandejas, como si allí a alguien le hiciera falta más comida. Dije: “buenos días”, pero el joven chef en cuestión no me respondió el saludo, solo me quedó mirando por un par de segundos, tiempo suficiente para que yo –que, por deformación profesional, lo leo todo al vuelo, sobre todo lo que no debo– alcanzara a leer que el nombre bordado en su traje era Rodrigo y tiempo suficiente para que él, supongo, pudiera cerciorarse del todo de que yo era yo, luego de lo cual volvió a desaparecer. Lo que vino después ocurrió en exactamente tres segundos: en el primer segundo, la puerta se cerró detrás de él. En el segundo segundo, yo coloqué en mi plato un filete crudo de trucha ahumada al lado de un tomatito cherry sobre una moderada porción de queso crema. En el tercer segundo, la típica vocecilla –deliberadamente aflautada– de un Machito Ponce con ganas de alardear de la inmensidad de sus testículos ante sus pares, se escuchó con absoluta nitidez, desde la cocina hasta el salón, y todos los comensales allí presentes pudieron escuchar lo mismo que yo. Escucharon a Rodrigo chillar una proclama infausta de la que debe estar arrepintiéndose todavía:

Desconcertada por el hecho insólito de que la empleada doméstica osara sentarse a la mesa con “los patrones”, la más cucuchi de las invitadas al almuerzo campestre del amigo pintor no encontró mejor remedio para calmar la angustia que tamaña excentricidad le producía que pasarse la tarde entera dándole órdenes sin cesar, (“señora, páseme la ensalada”, “sírvame un poco más de vinito”, “¿me alcanza una servilleta?”), como si quisiera que el resto de comensales no se diera cuenta o, por lo menos, supiera disculpar semejante barbaridad. La costumbrista escena en cuestión me mantuvo tan entretenido que, por no perderme ni un solo detalle, pronto perdí por completo el hilo de la conversación, seguramente electoral, de aquella plácida tarde de Pachacamac. La anécdota clasista trajo a mi memoria los rostros –nítidos algunos, difuminados otros– de las muchas empleadas que trabajaron en mi clasemediero hogar y que fueron desfilando por mi mente, dispuestas a llenar las páginas de un álbum casi, casi familiar. Entre las más antiguas que recuerdo, se me aparecen tres que parecen levantar la mano, como voluntarias: Apolinaria, Yolanda y Olimpia. O, mejor dicho: Poli, Yoli y Oli. Más práctico. Nadie estaba para aprenderse nombre más largos. Ni mucho menos, apellidos. En ciertas casas, incluso, usaban el mismo nombre para todas las que hubiera y asunto arreglado.

El delincuente llega hasta la ventanilla del banco y dice “buenos días”. Como no está armado ni lleva puesto un pasamontañas, la cajera no se percata de que es un asaltante y le devuelve el “buenos días” sonriendo. Lo ve tan correcto y tan bien peinado que la idea ni siquiera se le cruza por la cabeza: “¿En qué lo puedo servir?”–le pregunta con dulzura y él le contesta que necesita abrir una cuenta de ahorros en soles. “Encantada de ayudarlo, joven, ¿me permite su DNI?”. Él saca nerviosamente el documento de su billetera y se lo entrega. La diligente señorita digita el número en su ordenador y aguarda un segundo a que aparezca la información del potencial cliente ante sus ojos. La ficha que le muestra la pantalla la deja estupefacta: mira la cara del hombre, mira la foto en el computador, vuelve a mirar la cara del hombre. Se disculpa. Se pone de pie y, sin poder disimular su nerviosismo, corre a llamar al administrador. El administrador se acerca, muy enternado, saluda con parquedad: mira la cara del hombre, mira la foto en el computador, vuelve a mirar la cara del hombre, se frota el mentón, carraspea y finalmente le dice al improbable ahorrista que lo siente mucho pero que no van a poder atenderlo y le devuelve su DNI. “¿Podría saber por qué, si es tan amable?” –pregunta el muchacho, de lo más educado, mientras vuelve a guardar el documento en su billetera vacía–. “No estamos autorizados a darle más detalles, caballero”–responde, cejijunto, el gerente de la agencia– “Comuníquese con Reniec”. Mientras el ladrón se aleja, contrariado, la cajera lee los datos que le ha arrojado la pantalla, en voz muy baja, silabeando como una colegiala: “DOCUMENTO INHABILITADO. EXCLUIDO TEMPORALMENTE DEL PADRÓN ELECTORAL POR SENTENCIA CON PENA PRIVATIVA DE LA LIBERTAD”. Sus compañeras cuchichean, alarmadas. El guardia de seguridad lo escolta hacia la salida. Maldita sea. Pese a que esta vez no entró en ese banco para robar, pese a que cumplió con el íntegro de su condena y pagó eso que llaman “la deuda con la sociedad”, todos volvieron a señalarlo con el dedo, todos se dieron cuenta de que era choro. Era choro, ya no lo es. O por lo menos aún está decidido a intentarlo.

Acontinuación, un debate programático con Yohny Lescano: -Tu cuchillo no corta. -Sí, corta. -No corta. -Sí, corta. (Etcétera).

Me parece una cifra injusta pues, para serles franco, yo me siento de veintiocho. Por dentro, claro. Por fuera, la cosa cambia. A juzgar por mi cabeza pelada –que decidí rapar como una cura radical a mi humillante tonsurado progresivo–, mi barba ya completamente blanca –que disimula bastante bien la papada de pelícano– y mi esférica figura –que conservo con disciplina desde el día en que nací–, yo podría tranquilamente tener sesentiocho años si no fuera porque no tengo arrugas. Ni una sola. Ni patas de gallo ni bolsas en los ojos. Nada. Cero. Lo bueno es que heredé la piel de mi madre, que murió a los ochenticinco sin odiar, con el rostro terso y lozano de quien siempre ha dormido sus ocho horas diarias en paz. Lo malo es que heredé el genio de mierda de mi padre y ya se sabe que no hay nada que envejezca más a la gente que renegar. Y hay días infaustos en que soy capaz de ladrar y rugir de un modo espectacular y en tres funciones diarias, porque el tráfico, la gente, la política, el periodismo, la mugre, el Perú me revientan el hígado, por no decir las pelotas, y es en medio de esas rabietas –y solo en medio de esas rabietas– que sí siento que me estoy convirtiendo, directo y sin escalas, en un amargado, en un gruñón, en un viejo de mierda. Cuando eso pasa, me asusto. Me juro a mí mismo que no voy a ponerme a maldecir porque el tubo de pasta de dientes está sin tapa, porque se malograron los tallarines rojos que guardé en la refri o porque el recepcionista del edificio no se echó desodorante, me juro a mí mismo que ni cagando me voy a convertir en mi papá. El antídoto, entonces, contra tamaño karma es, por supuesto, cagarse siempre, estentóreamente, de la risa, desempolvar mi antiguo y salvífico alpinchismo militante, despertar al cachaciento alien Generación X que duerme ovillado en algún recodo de mis vísceras, esperando la ocasión de abrirse paso entre los bofes y salir a salvarme del infierno de la sensatez. ¿Te rompiste la columna? ¿No podrás volver a ser mochilero en tu vida? Qué chucha, empieza a usar carry-on nomás, maletitas con ruedas. ¿Te volviste a romper la columna de nuevo? ¿No podrás volver a montar tu bicicleta nunca más? No pasa nada. Total, aún caminas. ¿Pasado un año del accidente te sigue doliendo la espalda, como a una ancianita achacosa? Anda a nadar más seguido. Escribe de pie. Camina más y traga menos. Levanta el culo de esa silla. Cómprate tu frotación Charcot y sóbate. Sóbate con disimulo. Siempre va a haber gente que sufra más y llore menos.

Quiero comenzar contándoles lo que vi. Para quienes no han visto las infames imágenes del video que fue grabado por sus vecinos de Bellavista, para quienes tienen niños pequeños y se han negado a verlo porque no lo soportarían, quiero contarles lo que vi. Vi cómo un tipo despreciable de 45 años de edad y 100 kilos de peso –Minaya Janampa– agarra del pelo a un niño de 5 años, flaquito y semidesnudo –Joao–, lo levanta en peso y lo arroja con furia dentro de un lavadero de granito. Insensible al llanto de la criatura aterrorizada, Minaya Janampa abre el grifo de agua y deja que el chorro caiga en la cara de Joao, ahogándolo. El niño se retuerce y patalea mientras su verdugo lo somete. Parece la lucha desigual de un carnicero y un conejo que se resiste a ser beneficiado. Los gemidos del pequeño parten el alma. Los vecinos no entienden por qué lo odia tanto. Siempre escuchan cómo lo grita, cómo lo llama bastardo, animal. De pronto, el abyecto sujeto lanza al niño contra el piso y es entonces que se produce este dialogo escalofriante:

1. Cómale el coco al dueño del medio. Como los empresarios de las comunicaciones casi nunca son periodistas y no les interesa saber qué diablos será eso de la línea editorial, dígales que comparten un enemigo común. Usted no puede hacer ganar a su favorito pero sí ayudar a que pierda el que menos conviene a sus empresas. Júreles, finalmente, que les dará el mismo espacio a todos y que eso ayudará al ciudadano a elegir mejor. Blablablá, blebleblé, blublublú. Y listo, se la creerán, están demasiado ocupados imaginando inimaginables destinos para su país.

En Cusco, camino al aeropuerto Velasco Astete, hay una verdulería llamada “¡Es verdura!”. Supongo que no deberían hacer falta mayores pruebas de la enorme influencia cultural de “El valor de la verdad”, pero las hay. Hace poco más de un año, mientras degustaba un humeante plato de Fun Kin Chong Long en el chifa “Amigo” del grifo de Salaverry con Ejército, me sorprendió la llamada de Mike Menchel, un productor de cine de Beverly Hills, quien estaba muy interesado en echar adelante el proyecto de una película basada en historias de la vida real mostradas por el programa. ¿Una producción hollywoodense sobre un programa de TV peruano? Me sonaba harto improbable. El entusiasta gringo me dijo que el título tentativo del film era “La concursante” y que necesitaba que me reuniera con él y sus guionistas en el término de la distancia. Por una feliz coincidencia, yo tenía un viaje planeado a California por esos meses, así que –picado por la curiosidad– le dije que no había problema, que me dijera dónde y nos reuníamos. Sospechando cuál sería el caso que le interesaría contar en la pantalla grande, acudí a la cita una noche de febrero del 2015 en su oficina de Rodeo Drive. O de la exclusiva zona de Rodeo Drive, como escribiría un coleguita de noticiero. Mike era un colorado de escaso pelo y risa fácil que, al verme, me recibió con un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Lo primero que me intrigaba saber era cómo diablos habría llegado a sus oídos la sudamericana existencia de mi programa y fue eso, por supuesto, lo primero que le pregunté. Por toda respuesta me sacó unos recortes de la revista del domingo del “Los Angeles Times”, pulcramente archivados en un folder manila. Se trataba de un artículo intitulado precisamente “The contestant” (“La concursante”) y, en las muchas páginas que ocupaba, aparecían fotos de quien en vida fuera Ruth Thalía, de las coloridas casas de su barrio, de su mamá ataviada como cantante folklórica y de toda su familia. La nota, firmada por el escritor peruano-norteamericano Daniel Alarcón, había convencido al experimentado Mike de que allí, en las laderas de los cerros de la remota Huachipa, lo aguardaba su próxima película.

El papelón es harto conocido. Todo comenzó con un mal tuit: “Hasta que Julio Guzmán salió del clóset…” –tecleó, sin pensar, Nano Guerra García, haciéndose el muy cancherito, tratando desesperadamente de llamar la atención, de desviar hacia sí algunos de los reflectores que apuntaban al modosito candidato moradito de Inca Kola. En cuestión de segundos, un apanado del carajo se precipitó sin piedad sobre la enteca figura del pobre Nano. La dura tunda se la ganó a punche, por oportunista, por querer acomodar sus opiniones al color de la camiseta que le pongan. En rápida reacción, los avispados cibernautas le recordaron que hacía solo tres mesecitos se había definido –en la medida en que una hidromedusa puede definirse– como socialista liberal, asegurando que apoyaba la unión civil y hasta se encontraba a favor de la adopción de niños para parejas gay. Uf, olvídense, un tipo modernísimo que debería vivir en el primer mundo. El Perú no estaba preparado para él. Pero ahora que un partido conservador como Solidaridad Nacional le servía de vientre de alquiler, se veía forzado a complacer al anfitrión, sorprendiéndonos con una monserga sobre “ley natural” digna del mejor folleto parroquial: “Defender a la familia como núcleo básico de la sociedad y bla, bla, bla…” Mas el pelotazo volvió a desviársele a las tribunas porque hasta Rafael López-Aliaga, connotado líder del partido y miembro del Opus Dei tuiteó, de inmediato: Guerra García ERA mi candidato, no avalo hipocresía de nadie. ¿Como vas a cambiar tus valores? Para colmo de males, una linda fotito de la familia feliz de Nano que llevaba sobreimpresa la bandera gay volvió a circular en las redes. ¿Contracampaña? No, era la foto de perfil de Facebook de su esposa: Milagritos de Flores Nano. En suma: todo mal. Pero tampoco podríamos decir que la posición, postura o pose de Barney, el outsider, fuera un derroche de coherencia: “Sobre la Unión Civil yo tengo una opinión privada y la voy a mantener privada.”-le había dicho Guzmán al colega Enrique Castillo hace apenas un par de meses pero la semana pasada, en RPP, decidió hacer pública su opinión privada diciendo: “Nosotros estamos a favor de la unión civil y de la construcción de derechos en general para todos.” Luego vendría la bagredad: el ¡sau! de Nano y toda la historia que ya saben.

Tengo una noticia negra y definitiva. El domingo que viene es el último programa de “La noticia rebelde”. Sí, ya sé: buuu. Vigilia. Marcha. Plantón. Ya, ya, tampoco es para tanto. Fue solamente otro programa de televisión. Mi programa número 13, ahora que saco mi cuenta. Cabalístico. Uno más para la colección. Tampoco lloremos sobre la chicha derramada. Fue divertido mientras duró. Cuando uno está metido dentro de esta cajita maravillosa, no puede hacer los programas que quiere, sino los programas que puede, o sea los programas que los jefes, ustedes y los anunciantes quieren. Y ya sabemos cuáles son esos programas que los jefes, ustedes y los anunciantes quieren. Y sabemos cómo hacerlos. Además, no importa cuánto pontifiquen Hildebrandt y Marco Aurelio –los viejitos de los Muppets– al respecto. Pero, ¿en qué momento pasó esto?, ¿qué fue lo que aconteció? –me preguntará, algo caído de temitas, el providencial coleguita carbonero–, ¿censura, mordaza, represión? Nah. Pasó que, aunque el rating era bueno, los auspiciadores se morían de miedo de apostar porque no terminaban de entender nuestro exquisito sentido del humor. Y los políticos se morían de miedo de venir y que, de abajo de la mesa, les saliera una estriptisera en tetas o algo así. Pasó que, a causa de algún viejo trauma colegial, necesitamos acostarnos temprano los domingos porque el lunes hay que madrugar, aunque el jueves nos la peguemos hasta las 3 de la mañana como si las huevas. Pasó que reinamos en las redes y fuimos permanente primera tendencia de las noches de domingo, resonante victoria que equivale, más o menos, a ganarle las elecciones en Facebook a Julio Guzmán en primera vuelta, échenle pluma.

Mi alegría que está nueva Roger Aparicio

Palabras que Toledo debe evitar:

Soy caviar porque solamente fumo hierba cuando me invitan. Soy caviar porque fabrico palomitas de origami por la paz mundial. Soy caviar porque usaba chalequito incaico, garotas y chalina cuando estudiaba en la Universidad de Lima. Soy caviar porque me obligaban a leer separatas de Rafo Roncagliolo, décadas antes de que Maduro lo mandara botar. Soy caviar porque una vez me gané una beca exclusiva para estudiantes de países en vías de desarrollo. Soy caviar porque yo le digo “compañero” a todo el mundo, incluso a mi chofer y a mi empleada. Soy caviar porque aún lloro de amor cuando escucho: “Yolanda, eternamente Yolanda…”. Soy caviar porque hice mi cola en Acho para ver a Pablo Milanés en el SICLA de 1986. Soy caviar porque hago voluntariado. Soy caviar porque me encanta Claudia Cisneros. Soy caviar porque estudié guion en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba. Soy caviar porque allí comía frijoles negros sin sabor todos los días de la vida. Soy caviar porque una vez viví en un tugurio de Barranco. Soy caviar porque, dentro de mi casa, camino descalzo como Susana Baca. Soy caviar porque si no lo fuera, jamás ganaría los Premios Nacionales de Periodismo del IPYS. Soy caviar porque soy el mejor amigo de Morgana. Soy caviar porque si no lo fuera no me invitarían a la Feria del Libro de Bogotá. Soy caviar porque hice un taller de teatro en Yuyachkani. Soy caviar porque fui guionista de Juan Acevedo. Soy caviar porque luché contra la dictadura. Soy caviar porque Je suis Charlie. Soy caviar porque siempre voto por el candidato que Vargas Llosa diga que votemos. Soy caviar porque asistí al juramento de Ollanta por la democracia. Soy caviar porque me sé de memoria varios poemas de Javier Heraud. Soy caviar porque sueño con serpientes, porque se perdió en Nicaragua otra soga con sebo, porque mi unicornio azul ayer se me perdió.

Te mato porque tú eres el malo y yo soy el bueno.

“Siete hijos, quince nietos y siete bisnietos son sus principales atributos”. Así arrancaba, hace un par de días, una simpática nota del decano que intentaba ensalzar a la nonagenaria ganadora del concurso La Nona Chosicana, certamen que rinde tributo a la mujer de la tercera edad y a su “pujanza” (sic). Repámpanos. Valiente elogio. Si su multípara pujanza es el mayor mérito que puede encontrarse en una persona, parecería que no hizo otra cosa en su vida que reproducirse, milagro este que la mayoría de seres del reino logra sin necesidad de ninguna destreza ni talento especial. En Café Twitter nos reímos un rato de la ocurrencia y luego todos pasaron a otra cosa. Pero yo me quedé con la pensadora. Estoy seguro de que hubo muchos lectores que encontraron encomiable lo de la numerosa prole y asintieron en silencio. Todo el mundo sabe que no has triunfado en la vida si no te has reproducido. No te has logrado del todo. Es una de esas cosas que en el fondo piensas, pero nunca dices. Es políticamente incorrecto decir, en público, que una persona soltera y sin hijos es un humano trunco o incompleto, pero lo cierto es que aquí hay un huevo de gente que, de verdad, lo piensa. De ahí el clásico “tú, ¿por qué no tienes hijos?”. De ahí el éxito multitudinario de las famosas “marchas por la vida” que nunca se sabe exactamente qué defienden o qué atacan. Traigo este asunto a colación no a propósito de mí, sino de la inminencia de las elecciones. ¿Qué tiene que ver? Me temo que mucho más de lo que uno se imagina.

Hace unas décadas, cuando vivíamos felices y desconectados, mi joven e invencible cerebro era un dispositivo prodigioso que hacía gala de una capacidad de almacenamiento infinito. Almacenaba, sin problema, absolutamente toda mi información importante: mi número de libreta electoral, de libreta militar, de pasaporte, de brevete, de código universitario, de mi cuenta bancaria y de la cuenta de la universidad para depositar la pensión, la placa de mi carro y la del de mi papá, el código de reserva de mis vuelos, el número de mi apartado postal y el código postal de los distritos, los números telefónicos de Radio Patrulla, los bomberos, la Asistencia Pública y La Voz Amiga. Almacenaba los números de las casas y los trabajos de todos mis familiares y amigos, así como todas sus direcciones, sus cumpleaños, sus aniversarios, sus tipos de sangre, sus signos del zodiaco, sus tallas de ropa. Mi cerebro almacenaba las frecuencias del dial en que se encontraban mis radios favoritas, así como sus teléfonos para poder llamarlas a pedir canciones para grabar. Sabía el nombre de cada una de esas canciones, sabía la letra y quién las cantaba y en qué lugar del ránking habían quedado la semana pasada. Mi cerebro almacenaba las rutas de las distintas líneas de microbuses, las fechas de vencimiento de los recibos de agua y luz, qué farmacias estaban de turno en el barrio, qué película estaban dando en qué cine, cuál en matinée, cuál en vermouth, cuál en noche y cuál en trasnoche. Todo eso almacenaba mi cerebro. Eso y muchos, pero muchos datos cruciales más. Ahora, todo aquel esplendor es historia. Hoy ni siquiera soy capaz de recordar el número de mi propio celular, de modo que, cuando me lo preguntan por teléfono, tengo que disculparme y cortar la llamada para echarme a buscar el número de mi propio teléfono en la memoria del aparato, porque la mía –seguramente atrofiada y flácida como un músculo en desuso– no responde, se ha oxidado, ya no sirve para nada.

Éramos unos tipos que conseguíamos primero que nadie la última novedad editorial de España, que no solo leíamos lo que ahora está de moda llamar “no-ficción”, sino que le entrábamos a todo: a la historieta, a los clásicos, a los best-sellers y hasta a la poesía. Yo recuerdo nítidamente estar sentado en la móvil de Canal 5, muerto de frío una madrugada de 1993, leyendo el Canto ceremonial contra un oso hormiguero de Antonio Cisneros mientras el camarógrafo y su asistente –que le cargaba la pesada casetera de la tres cuartos– grababan el amanecer desde lo alto de algún cerro ceniciento: Sobre las colinas de arena, los Bárbaros del Sur y del Oriente han construido un campamento más grande que toda la ciudad, y tienen otros dioses. (Concerta alguna alianza conveniente). En aquellos días, creíamos que leer un poema mientras hacías un reportaje de televisión tenía sentido, que dejaba abierta la posibilidad de que, con un poco de suerte, las imágenes de uno se filtraran en el otro, como de contrabando. La posibilidad de que, dentro de ti, las palabras se resbalaran al frotarse las unas contra las otras y te fluyeran, como por encanto, a la hora de sentarte a esperar el amanecer ante el teclado, contemplando, desde lo alto, la desolación de las azoteas de Santa Beatriz. Este aire –te dirán– tiene la propiedad de tornar rojo y ruinoso cualquier objeto al más breve contacto. Así, tus deseos, tus empresas serán una aguja oxidada antes de que terminen de asomar los pelos, la cabeza –seguía diciendo Toño Cisneros, que, además, no era un vate vestido de terciopelo y bobos en el grabado de una enciclopedia. Toño Cisneros era de verdad, existía y encima era periodista también y usaba unos jeans gastados que combinaba con distinguidos blazers grises o azules y, no contento con escribir poesía, escribía también unas crónicas espléndidas y uno lo miraba desde muy abajo como se mira a una especie de semidios inalcanzable que, sin embargo, podía sentarse una noche a tu mesa del Nautilus de Ricardo Palma o del Tockyn de la calle de las pizzas a tomarse contigo un par de chelas y a que lo escuches contarte las historias más alucinantes mientras tú no te cambiabas por nadie y disimuladamente te pellizcabas el brazo por debajo de la mesa y, en tu cabeza, te preguntabas: ¿Esto me está ocurriendo, en realidad? ¿En verdad está Toño Cisneros conversando conmigo? Que es algo que, con el mayor de los respetos, no me ha pasado nunca con Jaime de Althaus.

Cada vez que escuchaba en la radio la noticia de un asalto, mi padre lanzaba siempre el mismo consabido comentario que hoy todo el mundo repite sin cesar: esa gente no tiene remedio, esa gente ya no sirve para nada, esa gente es basura, a esa gente hay que matarla. Podría decir que he crecido escuchando esa triste monserga de la que mi pobre papá vivió tan convencido. Y quizá sea solo por contradecirlo hasta la muerte que llevo un año dictando clases de lectura y escritura, precisamente, a “esa gente” en una cárcel del Perú. En mi taller canero, tengo cuarenta alumnos. Ni más ni menos que cuarenta ladrones, violadores, asesinos y también varios inocentes presos por error, estupidez o simple maldad. ¿Por qué a ellos? Obvio. Porque están en el hoyo y lo necesitan más. Yo no creo que los libros los puedan hacer cambiar hasta convertirlos en mejores personas. No lo creo, lo sé. Me consta. Lo veo. Lo compruebo a cada instante. Y cada vez que digo esto, no pasan dos segundos antes de que salte el primer baboso a decir: 1) que estoy a favor de los delincuentes, 2) que no sé de lo que hablo porque no soy pobre ni vivo en un asentamiento humano y 3) que nunca me han robado. Como muchos de los que lean esto seguramente lo van a repetir, aprovecho para aclarar, desde el saque, que: 1) Si estuviera a favor del robo, entraría en política y robaría a mis anchas. Siempre será más fácil que trabajar. Arranchar cartera o celular es repudiable, pero más repudiable aún es que los ladrones máximos estén siempre en el gobierno y nunca en la prisión. 2) No necesito vivir en casa de esteras para ser víctima de la rapiña; al contrario, cuanto más cositas puedas comprarte con tu chamba, más en la mira vas a estar. 3) Desde el fumeque que, aprovechando la luz roja, me peló la plumilla del limpiaparabrisas –pasando por el apretón que me puso la pistola en la cabeza para robarme una cámara del canal– hasta llegar al administrador de banco que giró cheques de gerencia con mi firma escaneada y me dejó las cuentas con saldo negativo, a mí se me ha robado impunemente en todas las modalidades imaginables, así que no necesito que nadie me venga a dar su vibrante testimonio sobre lo horrible que es. Nada de esto, sin embargo, podría llevarme a caer en la primitiva pulsión de justificar la lógica troglodita, la lógica talibán, la lógica Estado Islámico, la lógica Uchuraccay que anima la sanguinaria campaña Chapa tu Choro.

El papá de Mateo es un ex ministro de Comercio Exterior y Turismo de este régimen. El papá de Roger es un albañil que hasta ahora no lo ha ido a visitar al Penal de Ancón II, donde vive hace dos años. Mateo tiene una camioneta 4x4 que le regaló su papi y con la que se va de juerga al boulevard de Asia. Roger solía manejar un mototaxi pirata. A Mateo lo defendió primero el muy mediático letrado Julio Rodríguez –que ha representado a personajes tan célebres como Eva Bracamonte, el alcalde Luis Castañeda, el ex ministro Aurelio Pastor y los dueños de la empresa Orión– y, en el tramo final, asumió su caso el muy influyente Estudio Roy Freire, ni más ni menos que el del padre de Roy Gates, el escudero de la primera dama. A Roger lo defiende un abogado de oficio, lo que, en este país, equivale a decir que no lo defiende nadie.

1. El periodista no tiene amigos, tiene fuentes. No es solamente un lema de Twitter, es una cuestión de actitud, la decisión dramática de abrazar la antipatía como un estilo de vida. Nunca me voy de juerga con periodistas porque compito contra ellos. No respeto a los periodistas que toman periódicos lonchecitos en Palacio o que invitan a sus cuchipandas de cumpleaños al presidente de la República en ejercicio. Aborrezco las cofradías. Me repelen los almuercitos de camaradería donde todos se aman y, después de la tercera caja, eventualmente, también se encaman. Si por razones laborales un periodista se reúne con un político, se reúne en público y paga la cuenta. “Asesoría” es el bobo eufemismo que emplean los coleguitas para adecentar la mermelada. O también: “capacitación”. Mermelero y lobbyista son sinónimos, cuando se trata de periodistas.

No sé a ustedes, pero a mí la supuesta peleílla o catfight entre Nadine y Rosa María me sonó recontra Armani. ¿Cómo era posible que tan leal y acorazada escudera cometiera la suprema deslealtad, la infidencia atroz de publicar secretos propios de una correspondencia íntima? ¿La obligaba acaso su proverbial decencia a regar un mensaje privado? ¿Y así nada más, tan corriendito-corriendito pasó la First Lady de retuitearla 10 veces por día a amonestarla airadamente delante de todos por el tramposo “La verdad es mi letra”? Paar favaaar. Basta revisar su Twitter para darse cuenta de que Nadine vive pendiente de lo que Rosie escribe y para saber quiénes son sus otros periodistas favoritos: César Romero de “La República” (27 tremebundos tuits en un solo día inflando el caso Leiva), Gustavo Franelón o Falderón (el mastín de La Baguette), David Rivera de Canal 7, el otrora feroz opositor Ricardo Vásquez Kunze y la súper amiguis Paola Ugaz, más conocida como Larry Portera, quien se pasó todo el viernes intercambiando entusiastas tuits con quien, supuestamente, era Yulliano Arista, el Curaca Blanco, interesadísima en convertirlo en celebridad, pero, al mediodía del sábado, desde Bolivia, Alberto Gonzales, el tío del Curaca, denunció a RPP que la cuenta había sido hackeada y que los tuits eran bamba, con lo cual Paola se pegó un piscinazo fenomenal y –sin querer, queriendo– terminó entrevistando a un oportunísimo fantasma. Es, por lo menos, curioso que la bronquita en cuestión se produjera justo al día siguiente de que una sublevada Micheline saliera en la TV a revelar intimidades de la pareja presidencial. Pero más curioso aún que, apenas estallara el escandalete, la muy enfadada Rosie se borrara del mapa y volara a Washington D.C. a la XIX Conferencia Anual de la CAF, en la que, en medio de un millar de líderes mundiales, los únicos expositores peruanos fueron el ex ministro de Economía Luis Miguel Castilla y… ella. Qué suerte que les tocó justo a los dos gorditos engreídos de Nadine. Tan indignada estaba Palacios que hasta se dio un tiempecito de posar con su coqueta cartera roja y su expediente de petición ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que el Poder Judicial peruano resuelva la acción de amparo presentada contra la famosa “concentración de medios”, una de las mayores obsesiones de Ollanta Humala, la machacona letanía que repite sin cesar hasta cuando duerme, hasta cuando le preguntan qué libro está leyendo. Una agenda ciertamente combativa para una periodista tan incómoda y tan enemistada con el poder de turno, ¿no?

Ese concha’e su madre nunca contesta.–dijo Alex sin percatarse de que, hacía apenas un par de minutos, había activado, sin querer, el botón de llamada del celular que le regalé el día que salió en libertad. Su providencial torpeza me estaba permitiendo ser testigo privilegiado de aquel instante imposible: el instante en que tus presuntos amigos hablan de ti a tus espaldas. Quizá accionado por los hilos del subconsciente, Alex había activado la función “llamar” con el último número marcado: el mío. Del otro lado de la línea, yo llevaba un rato repitiendo en vano “aló, aló” y, mientras lo hacía, lo escuchaba hablar de mí con otro buen amigo que no hizo el menor intento de decir algo en mi defensa.

En los primeros días de julio, poco antes de su muy comentada visita oficial a don Felipe y Letizia, un periodista del canal ibérico de TV 24 Horas le hizo al presidente Humala una pregunta bastante sencilla y meridianamente clara: ¿cómo calificaría, en este momento, las relaciones entre España y el Perú? Su respuesta nos dejó patidifusos: «Yo diría que están en su punto más alto, probablemente, desde que llegó Pizarro, pero eso no es el final; creo que hay un espacio muy importante todavía para seguir avanzando». Ejem. Bueno. Vamos a ver. Como recordará el lector de sus libros de primaria, la llegada de Pizarro al Tahuantinsuyo significó la muerte para, aproximadamente, diez millones de sus habitantes, según los cálculos más conservadores. Los que no murieron en tan desigual batalla fueron diezmados por las desconocidas pestes que nos trajeron desde Europa. Pero eso no es el final. Hay un espacio muy importante todavía para seguir avanzando. No deja de ser esperanzador saber que ya no nos hará falta tramitar la visa Schengen ahora que nuestras relaciones con España gozan de tan buena salud como entonces, compatriotas.

Un periodista no puede hacer que un candidato gane una elección pero puede ayudar a impedirlo. No puede impedirlo, ojo, pero puede ayudar. Que Ollanta Humala sea hoy presidente del Perú es la mejor prueba de que los medios de comunicación peruanos ya no pueden poner un presidente. Todos recordamos las lóbregas advertencias que, sobre él, se nos hicieron a través de miles de primeras planas de la época y vaya que ahora lamentamos haberles hecho caso omiso. En el 2011, semanas antes de la segunda vuelta, un colaborador de este diario publicó una columna titulada: “Mi voto es por Keiko” en circunstancias en que América TV lo había contratado para que, sistemáticamente bombardeara la candidatura de Humala, domingo a domingo, hasta hacerla polvo. No lo logró. Al mismo periodista, sin embargo, se le atribuye el extraño mérito de que Susana Villarán ganara la Alcaldía de Lima. Error. No la hizo ganar. Lo que hizo, en realidad, fue impedir que ganara Lourdes Flores, difundiendo el histórico poto-audio que, hoy sabemos, fue chuponeado y grabado por la mafia de Orellana. No es lo mismo pero, al final, da igual. Mi fin justifica tus medios. Mi fin, es decir: mi final.

Por supuesto que me di cuenta de que aparezco en algunos de tus poemas, oh, delicado Marsella, mi gigante del lavado. Y que en otros, desaparezco también. Somos pocos (dos) y nos conocemos. Claro que me di perfecta cuenta. Pero no era elegante que yo lo dijera. He terminado por convencerme de que –casi siempre– hay más elegancia en callarse que en decir y mucho más caché en mandarse mudar que en venir. Y más todavía en ser esperado y no llegar. Desaparecer. ¿Cuál el colmo de un fantasma del pasado? Desaparecer. Con extravagante pana me doy cuenta que –pese a todo– aparezco todavía en algunos de tus pensamientos o de tus cambios de planes o de tus huraños recuerdos:

09/08/15 |

Beto Ortiz: Asma

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Soy un animal de invierno. Amo los abrigos, los sombreros, los guantes, las bufandas, los paraguas que me transportan a ciudades remotas donde todos visten de negro, la película de misterio que despliega la garúa de la madrugada sobre el asfalto de esta plúmbea ciudad. Vivo esperando el invierno. Su melancolía me parece más exclusiva, más distinguida que el júbilo ruidoso del verano. El frío siempre me ha gustado más porque tiene remedio; el calor, no. El calor convoca a la vulgaridad. Es como un chihuahua histérico y lambiscón: no te lo sacas de encima con nada, ni desnudándote, ni abanicándote, ni bañándote, el calor es una perenne cobertura de melaza. El frío, en cambio, conserva tu menudencia siempre fresca. El frío te mantiene más alerta, aclara tus ideas, conjura la candidez, exacerba la crueldad de tu humor. Pero también desencadena más abrazos, propicia la humareda del café, colma las copas de coñac, invita a quedarse en casa leyendo, te recuerda que es mejor no tener que ir a ningún lado. El frío siempre será más elegante que el calor. Vivo esperando el invierno y en este año melifluo y tibión pareció que nunca llegaría, pero finalmente llegó y vino trayéndome como regalo un souvenir atroz, directamente desde mi infancia. Este invierno 2015 vino trayéndome de regreso un viejo enemigo al que no había vuelto a enfrentar desde hacía más de tres décadas: el asma.

Me avergüenza que mi familia se sienta prisionera por mi culpa. Cada vez que llamo a mi tierra para hablar con mi madre se adormece mi alma al oír sus quebrantos, siento que ya las chacras no producen, que ya no dan más frutos, que ya no hay quién are los campos, que ya no hay quién cultive como lo hacía yo. Me siento como una mosca atrapada en una telaraña. Siento que la pobreza maltrata a mi familia sin dejarle ni un resuello de respiración. Percy Maza

Aceptando amorosamente mi invitación, las escritoras Gabriela Wiener y Katia Adaui me acompañaron la tarde del martes al taller que dicto hace nueve meses a los buenos muchachos del Penal de Ancón 2. Conociendo a mis pescados, les pedí que fueran lo menos literarias que les fuera posible y que optaran simplemente por compartir algunas de sus historias personales. Así, la conversa abundó en algunos de los capítulos más intensos de sus vidas y el entusiasmo testimonial contagió rápidamente a mi mafia anconera que se mandó sin rubor a relatar las suyas. Katia sostuvo que una de las razones por las que prefería escribir ficción era que, cuando le tocaba contar la verdad, comenzaban los problemas, mientras que Gaby dijo que a ella siempre le había funcionado mejor escribir no-ficción, hablar sobre aquellas cosas que más le dolían o avergonzaban en la vida real. Puesto frente a semejante encrucijada, les propuse un juego. Que todos saliéramos a la pizarra uno por uno y escribiéramos precisamente eso: aquello que más nos dolía o avergonzaba en nuestras vidas. ¡Bomba!- dijeron, a coro. En jerga canera significa: sensacional. El primer valiente fue Percy, que se puso de pie, tomó el plumón y leyó en voz alta lo que había escrito: Me avergüenza haber dejado que mi padre golpeara a mi mamá. Luego le siguió Elmer, con una lánguida sonrisa de resignación: Me avergüenza que mi papá haya tenido cinco familias. Después vino Johnny: Me avergüenza que mi hijo no me pueda tener a su lado. Me avergüenza haber seguido el mal ejemplo de mi papá –se lamentó Christopher. Maykol confesó: Me avergüenza haber ayudado a mi novia a abortar. Me avergüenza haber negado a mis hijos –leyó Edward, con un hondo suspiro que dejó a todos helados. Contra lo que yo había imaginado, ninguno pensó en sus delitos al momento de identificar su pena máxima. La mayoría, en cambio, pensó en sus padres ausentes. O en los padres ausentes en que ellos mismos se habían convertido al caer presos. Me avergüenza haber conocido a mi padre a los dieciséis años. Me avergüenza que mi hijo se avergüence de mí. Me avergüenza no saber quién es mi papá.

La única vez en mi vida que vi en persona al hoy célebre Rodrigo Arosemena fue en la súper fiesta que Nicolás Lúcar ofreció para su esposa Frances –Panchita– Crousillat en mayo del 2012. Yo dudo de que Nico tenga esa vocación de abogado de oficio de la que otros (y otras) colegas hacen gala sin rubor últimamente cuando se trata de congraciarse con la First Lady. Suficientes –y espantosos– problemas ha tenido cada vez que se ha metido demasiado en política y, a estas alturas, ya tiene que haber aprendido con creces la lección. La única razón por la que un periodista honesto querría lucir amable con el poder es el terco afán de hacer los méritos necesarios para conseguir una primicia. Para persuadir al potencial entrevistado de que venga a nuestro programa, todos, alguna vez, hemos fingido estar de su lado para generarle la sensación de que estará a salvo en nuestras manos. Bueno, existen otras razones por las que un periodista podría querer ofrecerse a sí mismo como el último Quitadol para la horrible migraña de un gobierno, pero creo que una de las cosas que Lúcar está buscando al lanzar tamaño salvavidas con dirección a Palacio es hacerse merecedor de la gran primicia. Y, en el Perú de hoy, no hay primicia más apetecible que una entrevista exclusiva con Nadine. Esa es la perita en almíbar que todos quisiéramos servida en un copón de cristal.

Hace un par de noches salí a comer con un grupo de viejos amigos. Beatriz, una reportera de mi promo que vive en España desde hace muchos años, regresaba a Lima después de tiempo, así que los compañeros de tantas batallas noticiosas nos juntamos después de muchísimas lunas para tomar unas cuantas botellas de vino y conversar y reírnos y saber qué había sido de nuestras azarosas vidas. Es muy fácil verificar la buena calidad de un amigo: dejas de verlo una década, te vuelves a encontrar con él y a los tres minutos ya te estás matando de risa como si no hubieran dejado de verse nunca. Eso nos pasó en esa noche formidable que te cuento. Salvo por unas curvas menos, unas canitas más, unos pelos menos, unos kilitos más, parecía que la vida no había pasado por debajo ni por encima de nosotros, pero vaya que había pasado y con roche. Habían pasado quince años desde la última vez que trabajamos juntos, veinticinco desde que –muy ilusionados– comenzamos a ser reporteros de televisión y… bueno, mejor paramos de contar. Para serles franco, yo soy un tipo bastante antisocial, cada vez me recluyo más en mi cubil, no disfruto mucho de lonchecitos familiares ni de parrilladas de patas y casi siempre huyo como del ébola de este tipo de reencuentros de cuarentones quizá porque ya me conozco de memoria el libreto habitual.

“¡Eres una abominación! ¡Ojalá nunca hubieras nacido!” –bramó la mujer, roja de ira, al enterarse de que su hijo de 18 años era gay. Esa buena señora ortodoxa –que citaba el Levítico a gritos, completamente fuera de sí – no era ninguna campesina iletrada del siglo XVII, sino una ilustre cirujana que había crecido en Inglaterra con la idea de que la homosexualidad no era solamente una patología, sino también una perversión y, por supuesto, un crimen. Este tristísimo diálogo familiar ocurrió en 1950 y aquel hijo que la madrecita habría preferido ver muerto era, ni más ni menos, que Oliver Sacks, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, el fascinante poeta de la medicina, el neurólogo iluminado que convirtió los libros de ciencia en exquisitas joyas literarias como “Despertares”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” o “La isla de los ciegos al color”. “Las palabras de mi madre continuaron acechándome por el resto de mi vida y tiñeron para siempre de culpa y de vergüenza lo que tenía que haber sido la experiencia jubilosa de vivir libremente mi sexualidad”.–confesaría el autor en las primeras páginas de On the move, su celebrada autobiografía, publicada recién hace pocos meses y dedicada al escritor Billy Hayes, su novio desde hace ocho años. Felizmente para todo el resto de la humanidad, Oliver Sacks vivió y escribió. Y aunque hoy tiene un cáncer ocular, vive y escribe y sigue siendo el puto amo todavía.

“Querido homosexual del mañana: Te hablo desde un pasado muy, muy lejano. Soy un gay de 47 años que ha vivido la mayor parte de su vida en el Perú. Hoy es 28 de junio del 2015 pero algunas de las cosas que quiero contarte te parecerán de varios siglos de antigüedad”. ¿En verdad piensas que te han tocado tiempos difíciles? Piensa de nuevo.

Las señitos me paran en la calle para resondrarme. Me reclaman que no entienden qué cosa estoy tratando de hacer en La Noticia Rebelde, mi nuevo programa, que ya nada es igual, que ya no soy el mismo de antes.

Cada vez que tengo un problema, me levanto tempranito, compro flores frescas y me voy al cementerio donde están enterradas las cenizas de mis viejos. Mentiría si te digo que voy a rezarles porque no rezo. No sé rezar. Ya no me sale. Solo invoco a mis antiguos espíritus del bien. Los convoco, les converso.

Querido Chino:

El día que su mamá murió, Lemebel se quedó calvo para siempre. Se le cayó absolutamente todo el pelo de la pena. Desde entonces, para atenuar la humillación, llevó siempre la cabeza cubierta por un pañuelo, como una señorona recatada. Un pañuelo negro, casi siempre, en son de duelo. Casi siempre llenecito de calaveras que le recordaran la obscenidad de la muerte. “Aquí me quedaré por siempre, atado a tus despojos, mamá.” —fue la oración que ordenó grabar en la lápida. Y aunque estuviera prohibido escribir nombres de personas vivas en la losa, él logró que firmaran la sentencia con su célebre nombre a ver si, al leerlo, sus miles de hinchas, de repente, se caían con una flor. Lemebel no se llamaba Lemebel, se llamaba Pedro Mardones. Lemebel era el apellido de mami Violeta, la más grande de sus heroínas. La primera vez que entré a su antiguo departamento del Parque Forestal en el Gay Town de Santiago de Chile, lo primero que llamó mi atención fue el sencillo altar con flores frescas en que veneraba una fotografía sepia en la que la estampa de Violeta resplandecía, lozana y bella como una diva del séptimo arte. Qué curioso,—me dije, entonces— en mi sala tengo uno exactamente igual. Mi mamá había muerto solo meses antes de la tarde de invierno del 2008 en que conocí a Pedro, así que ahí teníamos uno más de tantísimos temas en común. Ahí teníamos a este buen par de emblemáticos maricones latinoamericanos, sentados de piernas cruzadas en el sofá, intercambiando historias de sus madres muertas. Los maricones y sus mamás. Cuándo no. Los hijos demasiado apegados a sus mamás siempre salen maricones. O quizás, viceversa. Los hijos maricones siempre salen demasiado apegados a sus mamás. Pasolini y su madre, Lezama Lima y su madre —o qué sé yo— Ricky Martin y su madre. El jueves pasado por la mañana, cuando me enteré de que el cáncer de laringe —que ya había dejado a Pedro sin voz— acababa de matarlo, yo me estaba alistando para ir al cementerio. La vida y el humor negro que la caracteriza: Lemebel murió un 23 de enero. Qué curioso. Un 23 de enero también murió mi mamá.

"El poder no es uno de mis objetivos en la vida"

Nosotros matamos menos (Planeta) es el octavo libro que publica Beto Ortiz. Reúne las crónicas que ha publicado durante los últimos meses en Perú21. Es un preámbulo a la novela que espera terminar el próximo año y que lo alejará, durante este tiempo, de su columna dominical. Sobre su vida, conversamos aquí.

Esta es una invitación y también una despedida. En este, su modesto Pandemonio nos hemos encontrado durante todos los domingos de los últimos doce años. En esta página me he dado el lujo de redactar las últimas noticias de mi país interior. Y ustedes me premian leyéndolas siempre, pero ya estuvo bueno de distancias cortas, de carreritas de fin de semana. Ahora toca correr la maratón. Y para prepararse, hay que dejar de hacer algunas cosas. Esta columna, por ejemplo, que dejará de aparecer hasta mediados del año entrante. Pero, a guisa de desagravio, les ofrezco un vinito de honor: este viernes 14 a las 8 p.m. vengan a la Feria del Libro Ricardo Palma, en Larcomar, para la presentación de un nuevo libro de crónicas cuyo título rinde homenaje a la frase inmortal de uno de mis más insólitos entrevistados. Creo que es el libro que más redondito nos ha quedado. Léanlo, ¿ya? Ahí nos vidrios. Voy a escribir, ya vuelvo.

28/09/14 |

Que gane el peor

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Beto Ortiz,Pandemonio Si sus electores optaran por el mal mayor y estos individuos ganaran la elección del domingo 5, lo más probable es que surjan nuevos e inmanejables territorios liberados en el país o que la cárcel siga sirviendo como despacho para más y más presidentes regionales.

Beto Ortiz,Pandemonio

14/09/14 |

Mi foto calato

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Beto Ortiz,Pandemonio

24/08/14 |

Cabros héroes

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Beto Ortiz,Pandemonio

Beto Ortiz,Pandemonio

03/08/14 |

No estamos solos

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Beto Ortiz,Pandemonio

27/07/14 |

El largo adiós

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Beto Ortiz,Pandemonio

Beto Ortiz,Pandemonio Estimados lectores más jóvenes que yo, quiero contarles que @malditaternura no es solamente el alias que uso en Twitter. Es también el título de mi primera novela, cuya versión reloaded se presenta este jueves 24 a las 9 p.m. con una maldita puesta en escena en la Feria del Libro. Se trata de una novela habitada por aquel viejo fantasma que mis odiadores anónimos de las redes sociales insisten en agitar ignorando que ha dejado de asustarme. Que mis personajes se sientan libres de emerger desde el corazón del papel. Y que vengan a por mí. No se puede vivir teniendo miedo de lo que uno escribe.