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LA PORTADA DE HOY

Luces y sombras del último mensaje de Ollanta Humala

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Columna Beto Ortiz

Aceptando amorosamente mi invitación, las escritoras Gabriela Wiener y Katia Adaui me acompañaron la tarde del martes al taller que dicto hace nueve meses a los buenos muchachos del Penal de Ancón 2. Conociendo a mis pescados, les pedí que fueran lo menos literarias que les fuera posible y que optaran simplemente por compartir algunas de sus historias personales. Así, la conversa abundó en algunos de los capítulos más intensos de sus vidas y el entusiasmo testimonial contagió rápidamente a mi mafia anconera que se mandó sin rubor a relatar las suyas. Katia sostuvo que una de las razones por las que prefería escribir ficción era que, cuando le tocaba contar la verdad, comenzaban los problemas, mientras que Gaby dijo que a ella siempre le había funcionado mejor escribir no-ficción, hablar sobre aquellas cosas que más le dolían o avergonzaban en la vida real. Puesto frente a semejante encrucijada, les propuse un juego. Que todos saliéramos a la pizarra uno por uno y escribiéramos precisamente eso: aquello que más nos dolía o avergonzaba en nuestras vidas. ¡Bomba!- dijeron, a coro. En jerga canera significa: sensacional. El primer valiente fue Percy, que se puso de pie, tomó el plumón y leyó en voz alta lo que había escrito: Me avergüenza haber dejado que mi padre golpeara a mi mamá. Luego le siguió Elmer, con una lánguida sonrisa de resignación: Me avergüenza que mi papá haya tenido cinco familias. Después vino Johnny: Me avergüenza que mi hijo no me pueda tener a su lado. Me avergüenza haber seguido el mal ejemplo de mi papá –se lamentó Christopher. Maykol confesó: Me avergüenza haber ayudado a mi novia a abortar. Me avergüenza haber negado a mis hijos –leyó Edward, con un hondo suspiro que dejó a todos helados. Contra lo que yo había imaginado, ninguno pensó en sus delitos al momento de identificar su pena máxima. La mayoría, en cambio, pensó en sus padres ausentes. O en los padres ausentes en que ellos mismos se habían convertido al caer presos. Me avergüenza haber conocido a mi padre a los dieciséis años. Me avergüenza que mi hijo se avergüence de mí. Me avergüenza no saber quién es mi papá.

La única vez en mi vida que vi en persona al hoy célebre Rodrigo Arosemena fue en la súper fiesta que Nicolás Lúcar ofreció para su esposa Frances –Panchita– Crousillat en mayo del 2012. Yo dudo de que Nico tenga esa vocación de abogado de oficio de la que otros (y otras) colegas hacen gala sin rubor últimamente cuando se trata de congraciarse con la First Lady. Suficientes –y espantosos– problemas ha tenido cada vez que se ha metido demasiado en política y, a estas alturas, ya tiene que haber aprendido con creces la lección. La única razón por la que un periodista honesto querría lucir amable con el poder es el terco afán de hacer los méritos necesarios para conseguir una primicia. Para persuadir al potencial entrevistado de que venga a nuestro programa, todos, alguna vez, hemos fingido estar de su lado para generarle la sensación de que estará a salvo en nuestras manos. Bueno, existen otras razones por las que un periodista podría querer ofrecerse a sí mismo como el último Quitadol para la horrible migraña de un gobierno, pero creo que una de las cosas que Lúcar está buscando al lanzar tamaño salvavidas con dirección a Palacio es hacerse merecedor de la gran primicia. Y, en el Perú de hoy, no hay primicia más apetecible que una entrevista exclusiva con Nadine. Esa es la perita en almíbar que todos quisiéramos servida en un copón de cristal.

Hace un par de noches salí a comer con un grupo de viejos amigos. Beatriz, una reportera de mi promo que vive en España desde hace muchos años, regresaba a Lima después de tiempo, así que los compañeros de tantas batallas noticiosas nos juntamos después de muchísimas lunas para tomar unas cuantas botellas de vino y conversar y reírnos y saber qué había sido de nuestras azarosas vidas. Es muy fácil verificar la buena calidad de un amigo: dejas de verlo una década, te vuelves a encontrar con él y a los tres minutos ya te estás matando de risa como si no hubieran dejado de verse nunca. Eso nos pasó en esa noche formidable que te cuento. Salvo por unas curvas menos, unas canitas más, unos pelos menos, unos kilitos más, parecía que la vida no había pasado por debajo ni por encima de nosotros, pero vaya que había pasado y con roche. Habían pasado quince años desde la última vez que trabajamos juntos, veinticinco desde que –muy ilusionados– comenzamos a ser reporteros de televisión y… bueno, mejor paramos de contar. Para serles franco, yo soy un tipo bastante antisocial, cada vez me recluyo más en mi cubil, no disfruto mucho de lonchecitos familiares ni de parrilladas de patas y casi siempre huyo como del ébola de este tipo de reencuentros de cuarentones quizá porque ya me conozco de memoria el libreto habitual.

“¡Eres una abominación! ¡Ojalá nunca hubieras nacido!” –bramó la mujer, roja de ira, al enterarse de que su hijo de 18 años era gay. Esa buena señora ortodoxa –que citaba el Levítico a gritos, completamente fuera de sí – no era ninguna campesina iletrada del siglo XVII, sino una ilustre cirujana que había crecido en Inglaterra con la idea de que la homosexualidad no era solamente una patología, sino también una perversión y, por supuesto, un crimen. Este tristísimo diálogo familiar ocurrió en 1950 y aquel hijo que la madrecita habría preferido ver muerto era, ni más ni menos, que Oliver Sacks, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo, el fascinante poeta de la medicina, el neurólogo iluminado que convirtió los libros de ciencia en exquisitas joyas literarias como “Despertares”, “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” o “La isla de los ciegos al color”. “Las palabras de mi madre continuaron acechándome por el resto de mi vida y tiñeron para siempre de culpa y de vergüenza lo que tenía que haber sido la experiencia jubilosa de vivir libremente mi sexualidad”.–confesaría el autor en las primeras páginas de On the move, su celebrada autobiografía, publicada recién hace pocos meses y dedicada al escritor Billy Hayes, su novio desde hace ocho años. Felizmente para todo el resto de la humanidad, Oliver Sacks vivió y escribió. Y aunque hoy tiene un cáncer ocular, vive y escribe y sigue siendo el puto amo todavía.

“Querido homosexual del mañana: Te hablo desde un pasado muy, muy lejano. Soy un gay de 47 años que ha vivido la mayor parte de su vida en el Perú. Hoy es 28 de junio del 2015 pero algunas de las cosas que quiero contarte te parecerán de varios siglos de antigüedad”. ¿En verdad piensas que te han tocado tiempos difíciles? Piensa de nuevo.

Las señitos me paran en la calle para resondrarme. Me reclaman que no entienden qué cosa estoy tratando de hacer en La Noticia Rebelde, mi nuevo programa, que ya nada es igual, que ya no soy el mismo de antes.

Cada vez que tengo un problema, me levanto tempranito, compro flores frescas y me voy al cementerio donde están enterradas las cenizas de mis viejos. Mentiría si te digo que voy a rezarles porque no rezo. No sé rezar. Ya no me sale. Solo invoco a mis antiguos espíritus del bien. Los convoco, les converso.

Querido Chino:

El día que su mamá murió, Lemebel se quedó calvo para siempre. Se le cayó absolutamente todo el pelo de la pena. Desde entonces, para atenuar la humillación, llevó siempre la cabeza cubierta por un pañuelo, como una señorona recatada. Un pañuelo negro, casi siempre, en son de duelo. Casi siempre llenecito de calaveras que le recordaran la obscenidad de la muerte. “Aquí me quedaré por siempre, atado a tus despojos, mamá.” —fue la oración que ordenó grabar en la lápida. Y aunque estuviera prohibido escribir nombres de personas vivas en la losa, él logró que firmaran la sentencia con su célebre nombre a ver si, al leerlo, sus miles de hinchas, de repente, se caían con una flor. Lemebel no se llamaba Lemebel, se llamaba Pedro Mardones. Lemebel era el apellido de mami Violeta, la más grande de sus heroínas. La primera vez que entré a su antiguo departamento del Parque Forestal en el Gay Town de Santiago de Chile, lo primero que llamó mi atención fue el sencillo altar con flores frescas en que veneraba una fotografía sepia en la que la estampa de Violeta resplandecía, lozana y bella como una diva del séptimo arte. Qué curioso,—me dije, entonces— en mi sala tengo uno exactamente igual. Mi mamá había muerto solo meses antes de la tarde de invierno del 2008 en que conocí a Pedro, así que ahí teníamos uno más de tantísimos temas en común. Ahí teníamos a este buen par de emblemáticos maricones latinoamericanos, sentados de piernas cruzadas en el sofá, intercambiando historias de sus madres muertas. Los maricones y sus mamás. Cuándo no. Los hijos demasiado apegados a sus mamás siempre salen maricones. O quizás, viceversa. Los hijos maricones siempre salen demasiado apegados a sus mamás. Pasolini y su madre, Lezama Lima y su madre —o qué sé yo— Ricky Martin y su madre. El jueves pasado por la mañana, cuando me enteré de que el cáncer de laringe —que ya había dejado a Pedro sin voz— acababa de matarlo, yo me estaba alistando para ir al cementerio. La vida y el humor negro que la caracteriza: Lemebel murió un 23 de enero. Qué curioso. Un 23 de enero también murió mi mamá.

"El poder no es uno de mis objetivos en la vida"

Nosotros matamos menos (Planeta) es el octavo libro que publica Beto Ortiz. Reúne las crónicas que ha publicado durante los últimos meses en Perú21. Es un preámbulo a la novela que espera terminar el próximo año y que lo alejará, durante este tiempo, de su columna dominical. Sobre su vida, conversamos aquí.

Esta es una invitación y también una despedida. En este, su modesto Pandemonio nos hemos encontrado durante todos los domingos de los últimos doce años. En esta página me he dado el lujo de redactar las últimas noticias de mi país interior. Y ustedes me premian leyéndolas siempre, pero ya estuvo bueno de distancias cortas, de carreritas de fin de semana. Ahora toca correr la maratón. Y para prepararse, hay que dejar de hacer algunas cosas. Esta columna, por ejemplo, que dejará de aparecer hasta mediados del año entrante. Pero, a guisa de desagravio, les ofrezco un vinito de honor: este viernes 14 a las 8 p.m. vengan a la Feria del Libro Ricardo Palma, en Larcomar, para la presentación de un nuevo libro de crónicas cuyo título rinde homenaje a la frase inmortal de uno de mis más insólitos entrevistados. Creo que es el libro que más redondito nos ha quedado. Léanlo, ¿ya? Ahí nos vidrios. Voy a escribir, ya vuelvo.

28/09/14 |

Que gane el peor

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Beto Ortiz,Pandemonio Si sus electores optaran por el mal mayor y estos individuos ganaran la elección del domingo 5, lo más probable es que surjan nuevos e inmanejables territorios liberados en el país o que la cárcel siga sirviendo como despacho para más y más presidentes regionales.

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14/09/14 |

Mi foto calato

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24/08/14 |

Cabros héroes

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03/08/14 |

No estamos solos

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27/07/14 |

El largo adiós

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Beto Ortiz,Pandemonio Estimados lectores más jóvenes que yo, quiero contarles que @malditaternura no es solamente el alias que uso en Twitter. Es también el título de mi primera novela, cuya versión reloaded se presenta este jueves 24 a las 9 p.m. con una maldita puesta en escena en la Feria del Libro. Se trata de una novela habitada por aquel viejo fantasma que mis odiadores anónimos de las redes sociales insisten en agitar ignorando que ha dejado de asustarme. Que mis personajes se sientan libres de emerger desde el corazón del papel. Y que vengan a por mí. No se puede vivir teniendo miedo de lo que uno escribe.

Beto Ortiz,Pandemonio

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01/06/14 |

La otra Magaly

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Beto Ortiz,Pandemonio Magaly muere en un accidente. El practicante de Canal N David Olcay perdió la chamba al anunciar que la actriz había muerto en un accidente. “¡Has hecho llorar a mi madre y eso no te lo voy a perdonar!” tuiteó Solier “El que se mete con mi madre se las ve conmigo. Cuando soy mala, soy muy mala”. Agosto 2011.

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18/05/14 |

Quisiera ser diva

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11/05/14 |

Flores

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04/05/14 |

Hoja de vida

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Beto Ortiz,Pandemonio Hay días en que me despierto preguntándome para qué dejaré tanto espacio al lado izquierdo de mi cama. Me gusta más leer libros que escribirlos, pero, más que escribirlos o leerlos, lo que más placer culposo me produce es seguir comprándolos. Hay días en que me despiertan los besos mojados de mi perro. Hay días en que no me despierta ni un misil. No soporto mucho rato desnudo ante el espejo. Nadar a diario me está volviendo una persona menos cruel. Si el clima es lo suficientemente frío, el mejor lugar para pensar qué diablos hacer con tu vida es bajo el agua temperada. En Semana Santa me alojé en un hotel cuya piscina tenía en el fondo unas ventanas que daban al bar del primer piso y, cuando buceaba, los parroquianos de abajo sentían que estaban en Sea World. Mi madre decía que las personas que tenemos las comisuras de la boca hacia abajo desarrollamos una propensión a sufrir más. Me he inyectado ácido hialurónico una vez para que las comisuras no se me sigan curvando hacia abajo. Hay días en que se me antojaría internarme en una clínica de rejuvenecimiento por el tiempo que sea necesario para volver a tener 22 años y ser de nuevo un poco virgen. El otro día compré un juego incompleto de vajilla en un anticuario solamente porque me hizo acordar a la casa de mis papás. A veces me compro juguetes extraños, sombreros absurdos, cartas del Tarot y todo tipo de cojudeces inservibles. A veces compro un regalo para uno, pero se lo entrego al otro. Casi siempre compro regalos sin saber para quién son. No existe viaje en el que no pague exceso de equipaje. Una vez le pagué a tres hombres para que me bañaran en Turquía, pero prefiero una podóloga mujer. Cuando deseo a alguien con demasiada intensidad, casi siempre significa que, dentro de un rato, voy a desear intensamente que se vaya. Siempre que me preguntan cuándo perdí mi virginidad, pregunto cuál de las tres. Debuté con un puto y con una puta, respectivamente. De la tercera ya otro día te contaré. Siempre he pensado que sería muy feliz en Costa Rica. Algún día volveré a vivir en Brooklyn y en el Cercado, más precisamente en el último piso de ese edificio de París que está en la esquina de Wilson y Colmena. Disfruto en secreto cuando algún conocido me ve por la calle con alguien de pésima reputación. Nunca salgo a la calle con famosos, pero tengo un amigo que es famoso por la curvatura de su pene. Tengo un amigo blanco que está convencido de que es negro. Tengo un amigo que me ama y su nombre no es Jesús. Cuando hago una entrevista horrible, me pregunto qué hago acá perdiendo mi tiempo y me pregunto lo mismo si alguna me resulta gloriosa. Cada vez que escribo esta columna me convenzo más de que podría invertir un poco mejor todos los demás sábados de mi vida. He comprado idénticas Nikes fosforescentes para mí y para Ralph, pero eso a ti no te importa porque no sabes quién es Ralph. Para que sepas, Ralph es alguien a quien el saco le queda grande, pero el mundo le queda chico. He comprado dos camisas idénticas para que me retraten con un ex, aunque parece que habrá que pepearlo primero, porque me tinca que no quiere. He comprado varias bolsas de Skittles de sabores tropicales para una persona con la que he conversado una sola vez en mi vida. Si Anderson Cooper me propusiera matrimonio, le diría que sí. No me parece atractivo en absoluto, pero es buen periodista y parece buen tipo. Si yo fuera heterosexual, me gustaría ser mujeriego. Si yo fuera mujer, me gustaría ser Sofía Rocha. Hay días en que quisiera ser mejor amigo de Morgana para escoltarla a Estocolmo a la entrega del Premio Nobel, fatigar la alfombra roja del Festival de Berlín sin ser cineasta, ser parte de la comitiva peruana en la Feria del Libro de Bogotá sin haber escrito y almorzar, a cada rato, con Nadine en Central, elegido el mejor restaurante del Perú. Me incomodan profundamente los almuerzos con gente importante porque me obligan a disimular que me llega al huevo la gente importante. Hay días en que quisiera ser Álvarez Rodrich para poder salir bailando en los comerciales de la Hora Loca de Sodimac. Un documentalista español me cobró ayer 400 soles por aburrirme mortalmente con un taller de cine insufrible al que no pienso regresar. Este jueves voy a conocer en persona a Antonio Banderas. No tengo claro a qué dedicarme el resto de este año. A veces tengo que parar a preguntarme si mi padre sigue vivo.

Beto Ortiz,Pandemonio

13/04/14 |

Ángeles suicidas

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Beto Ortiz,Pandemonio

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23/03/14 |

Te lo prohíbo

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16/03/14 |

La puta aburrida

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09/03/14 |

Mujer gigante

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02/03/14 |

Perra de mi vida

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23/02/14 |

El traidor feliz

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Beto Ortiz,Pandemonio Hubo un tiempo en que me subía al primer peke-peke, me internaba en el corazón de la selva y no salía de allí hasta no encontrar los lavaderos de oro de los niños esclavos o los restos del fuselaje del 747 siniestrado.

Beto Ortiz,Pandemonio

09/02/14 |

¿Qué cocinaré?

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Beto Ortiz,Pandemonio “Adelante Gastón, por la honestidad y el gran salto” –rezaba una misteriosa pinta electoral aparecida ayer a la altura del kilómetro 45 de la Carretera Panamericana Sur. Anecdótico o no, lo cierto es que el suceso generó el surtidísimo y ciertamente suculento menú de reacciones que aquí les presentamos.

02/02/14 |

Me acuerdo

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Beto Ortiz,Pandemonio

19/01/14 |

Un 69 mortal

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Beto Ortiz,Pandemonio Muchos deben acordarse de que, una vez, hace no tanto, me botaron de un canal porque, en una de esas típicas, misérrimas guerritas entre conductores de TV, mi rival apeló al chantaje desembozado: atacó en pantallas al padre del dueño de mi canal y amenazó con seguir haciéndolo todas las noches si no me echaban de inmediato. A la mañana siguiente, por supuesto, el dueño de aquel canal me despidió, obviamente angustiado por tan maleado ultimátum. Así fue. Sucede pues que aquí no abundan los héroes ni los santos varones: El que no tiene su videíto cochinón, tiene un anticucho. El que no tiene un anticucho, tiene dos y el que no tiene un juicio sobre su cabeza es porque ya lo sentenciaron, ya estuvo en cana y sabe lo fácil que sería regresar. Es justamente cuando nos creemos más omnipotentes e intocables que los talking heads de la TV podemos convertirnos con mayor facilidad en víctimas mortales, en inermes rehenes con una pistola en la sien, en human casualties, ni más ni menos que en escudos humanos. Es entonces que, de uno y otro lado, aparecen los mediadores, los negociadores, los pacificadores que sentarán a la mesa de diálogo a la víctima y al verdugo. Y también, la manager de prensa, el productor, el abogado, todos nerviosos, todos midiendo cada palabra, todos hablando en clave, carraspeando, temiendo ser grabados. A fijarse compromisos improbables luego de lo cual se pararán de esa mesa sabiendo que, tarde o temprano, la patearán y todo se irá al carajo. En semejante ecosistema, el chantaje florece pues como un espléndido rosal tóxico cuyas espinas envenenan primero a quien lo cultiva. Tal es la naturaleza del rencor. Lo sé muy bien porque lo he sufrido. La principal víctima del odio no es el destinatario, es el portador. Y este es un asunto de odios.

12/01/14 |

Cargamontón

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Beto Ortiz,Pandemonio Era el eterno enviado especial a los países más remotos en pos de las historias más importantes, manejaba un moderno bólido blanco al que había apodado Alvin y era el único al que no se le exigía traer temas de reportaje a las reuniones porque sus grandes exclusivas se mantenían siempre bajo siete llaves. Era 1991 y la vida –como puede verse– le sonreía con todos los dientes. No exagero. No en vano los choferes lo llamaban El Número Uno –“¿Qué misión secreta tendrá hoy el Número Uno?”– y a él, por supuesto, le encantaba. Los estudiantes de periodismo le hacían la guardia para entrevistarlo. Las asistentas de producción lo mimaban. Los camarógrafos y editores se lo peleaban. Los directores de los programas de la competencia obligaban a sus periodistas a ver sus notas una y otra vez, a aprendérselas de paporreta, para que algún día, cuando crecieran, fueran como él. Los otros canales le hacían ofertas suculentas y, cada vez que eso ocurría, le subían más el sueldo para que no se fuera. Supongo que era su innegable éxito lo que lo enchulaba porque las mismas guapas y sentenciosas coleguitas que hoy demandan su crucifixión, muy felices de la vida, una tras otra, le atracaban. La lista es muy larga y no cabe acá , tampoco la escribiría aunque cupiera. Que levanten la mano. ¿Dónde están todas esas otras señoritas glamorosas que todo el gremio recuerda con una sonrisita picarona? Así como ahora desfilan las que le dijeron que no. A ver pues, que levanten la mano.

Beto Ortiz,Pandemonio Pasar más tiempo con mi teléfono: Tú no te das mucha cuenta pero las reuniones familiares, los almuerzos de trabajo, las salidas nocturnas con amigos te roban las horas felices que podrías pasar, a solas, con tu smartphone. Piénsalo. Tu teléfono es tu compañero más fiel, es el único que se queda contigo cuando ya todos se han ido. No descuides, pues, tu entrañable relación con él. No dejes que personas reales distraigan tu dedicación o estropeen esa química perfecta. Total, ¿cuántas funciones, cuántos juegos, cuántos GB de memoria, cuántas aplicaciones tienen tus amigos?

29/12/13 |

Muchas gracias

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Beto Ortiz,Pandemonio Antes que nada, muchas gracias por no haber elegido a “Abre Los Ojos” como el mejor noticiero del año en los Premios Luces pues al perder la apuesta que hice con ustedes no quedo comprometido a nada. Creo que no hay nada peor que hacer las cosas por compromiso. Si un día volvemos que sea porque realmente nos morimos de las ganas y por ningún otro motivo más. Gracias a Melcochita que, con su acostumbrado genio, me convenció de la razón por la que Toledo no postulará en el 2016: “Nadie le va a querer financiar su campaña y él ni loco va a arriesgar la plata que tanto le costó…robar.” ¿No es fino? Gracias a los buenos periodistas que destaparon el obsceno escándalo Ecoteva: mención honrosa para la colega Kalú Montoya a la que le dimos una pistita y encontró una carretera transoceánica. Gracias a Magaly, a Mónica Delta y a Phillip porque las constantes invitaciones a su cabina me han contagiado el bichito de la radio, medio en el que finalmente espero debutar –Dios mediante– el año que viene. Procura que tus palabras sean dulces por si algún día te las tienes que tragar. ¿Recuerdan quién lo dijo? Claro que sí. Gracias a Tilsa Lozano por esos dos programas-fenómeno que nos hizo pero, sobre todo, por esa sabia frase suya que fue retuiteada 3450 veces y que, muy bien podría haber sido elegida como la Frase del Año: “Hagas lo que hagas…recoge siempre tu mierda”. Gracias a toda la gente con cojones que salió y protestó en dos de los momentos más críticos del año: contra la repartija y contra el aumento de sueldo que los ilustres otorongos estuvieron a punto de aplicarse. Los que nos quedamos en casa no podemos menos que mostrarles gratitud. Gracias a Mónica Cabrejos porque, al conseguir publicar –contra viento y marea– su vapuleado libro nos demostró una vez más que, en este país, a las mujeres que tienen la misma moral sexual que los varones se les sigue tachando como putas. Lo cual me lleva, una vez más y como siempre, a mi Martha Hildebrandt: “He tenido que ser una mujer excepcional para que la sociedad peruana me reconozca lo mismo que a cualquier varón mediocre.” Eso no cambia. Gracias al cineasta Eduardo Mendoza por cumplir con el primer mandamiento de un artista en el Perú: no dejarse aplastar, por haber defendido de la ruindad su película, con furia, con uñas y dientes, como solo se defiende a una hija. Gracias también al precoz talento de Adrián Saba por el impecable vuelo de “El Limpiador”, otra de las mejores películas del año, sin ninguna duda. Gracias a esa granítica mayoría moral de Lima que puso en marcha “Parejas reales”, la contracampaña a nuestras “Parejas Imaginarias”. La sola existencia de esos cartelones con sus idílicas fotos de selectas familias Ingalls pluscuamperfectas fue una tácita medalla, la prueba de que –aún en el caso de que no diéramos en el blanco– sí apuntábamos en la dirección correcta. Gracias al escritor venezolano Jersel Porcupine porque un día se apareció en el ciberespacio para obsequiarnos esta diminuta maravilla de poema que, en su momento, nos calzó como guante: Dijo que se iría y se llevaría todo lo que fuera suyo. Y se fue. Y se llevó todo. Pero no me llevó a mí. ¡Y yo era suyo!

Beto Ortiz,Pandemonio Querido Beto:

Beto Ortiz,Pandemonio Han muerto doce. Anoche sacamos la cuenta. Vivos nos quedan apenas seis.

Beto Ortiz,Pandemonio Limeñito promedio se horroriza al ver a Tilsa sentada, por fin, en el sillón rojo. Le parece fatal que haya señoritas como esa señorita y programas como ese programa. Le parece nefasto pero, al mismo tiempo, qué rica que está la flaca, por mi madre. ¿Te imaginas lo que será tremenda hembra? Ufffff, cuñau. Ahí sí que El Loco campeonó en las grandes ligas, son cojudeces. Limeñito promedio sufre, en el fondo, porque mira lo que tiene al lado y sabe que jamás podrá aspirar a nada que ni lejanamente se le asemeje. “¡Sucia destructora de hogares! ¡Arderás en el infierno, maldita jugadora!” -piensa. Y mientras se come el coco, mientras se apuñala, mientras se tortura, se le aparece en la mente la imagen inalcanzable de aquel trasero celestial y demoníaco. Aléjate, Satanás. Vade retro. “Hay mujeres para el hogar y hay mujeres para la cama” -se consuela. Hembras para la cama hay miles, primo. Pero la que se queda cambiando pañales, trapeando la casa, soasando los ajos, esa es tu señora. Tu señññora. Nunca te confundas. Unas son para la calle, otras son para el hogar. Unas son para comer y otras son para llevar. Limeñito promedio la tiene recontra clara. Limeñito promedio tiene sus principios, no te creas.

bortiz@peru21.com

17/11/13 |

Pleito de blancos

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Beto Ortiz,Pandemonio bortiz@peru21.com