Domingo 27 de mayo del 2012 | 20°
Por Alonso Izaguirre
Ha bajado sus revoluciones. Ya no es ese cineasta que reunía un conjunto de ingredientes/influencias de todo tipo, en la que un admirable caos reinaba sin ningún tipo de impostura.
No, Pedro Almodóvar ha alcanzado una suerte de ‘orden’, que no debe confundirse con la claudicación ética y estética. Ha transitado entre la cal y la arena, y Todo sobre mi madre alcanzó picos de obra maestra.
DOBLE OPUESTO. En Los abrazos rotos, Almodóvar se rinde ante una cinefilia en la que se dan la mano el Hitchcock, de Vértigo, con el Rossellini, de Viaggio in Italia pasando por Ascensor para el cadalso, de Malle; Belle de jour, de Buñuel, y una autorreferencia a Mujeres al borde de un ataque de nervios.
Todo para relatarnos un capítulo de pasión en la que el destino trágico –el melodrama, pues– se entrecruza dejando a los personajes maltrechos, hasta que un evento despierta en ellos una suerte de exorcismo que los lleva a botar todo lo que llevan dentro.
La figura del doble es recurrente y piedra angular del filme. El personaje principal, el escritor ciego Harry Caine (Lluís Homar), fue en el pasado el cineasta Mateo Blanco. Esta es su verdadera identidad, bajo la que amó sin reservas pero con mucha peligrosidad a Lena (Penélope Cruz), ex secretaria del millonario Ernesto Martel (José Luis Gómez), ex dama de compañía –Séverine– y, finalmente, animada actriz de cine para una sola película.
El desarrollo del filme es impecable, demasiado cerebral. Los personajes se llenan de una verborrea informativa que convierte algunas secuencias en momentos planos y tediosos, aunque esto no afecta el planteamiento de la película.
No, Los abrazos rotos es una cinta que reconfirma su inteligencia y vena cinematográfica. No es un cineasta menor, pese a que la envidia intenta bajárselo a como dé lugar.
Nuestra Chica.21 es estudiante de Periodismo y actriz. Participó en las series Clave 1 y Así es la vida.