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Bayly explica por qué no lo despidieron

Lunes 01 de marzo del 2010 | 08:29

‘El Francotirador’ dice en su columna de Perú.21 que sigue en Frecuencia Latina porque su programa es un gran negocio para el canal.

Bayly pidió disculpas por sus "excesos verbales" al dueño del Canal 2. (Frecuencia Latina)
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Al terminar el programa aquel domingo, salí del canal, miré mi foto gigante y pensé mañana la descolgarán, no volveré más a este canal, esto se ha terminado, aceptarán mi renuncia y me despedirán.

No había previsto salir tan molesto en el programa, pero después de dos semanas de abusos, vilezas, mezquindades y ensañamientos contra mí y mi familia por parte de un programa del canal, y ante el silencio cómplice del canal, decidí no sigo más, hasta aquí hemos llegado.

Todo el incendio pudo apagarse a tiempo si, cuando me quejé por el abuso contra la novela inédita de Silvia Núñez, perpetrado en un programa del canal, hubiesen leído un breve editorial en el noticiero, censurando ese ejercicio innoble e ilegal del periodismo y pidiendo disculpas a la escritora. Pero el canal no hizo nada.

¿Por qué no hizo nada? ¿Por qué no leyó un editorial en el noticiero reprobando el acto ilegal de piratería y pidiendo disculpas a la escritora? No lo sé. Pero creo que el silencio cómplice del dueño del canal dio luz verde para que los abusos y las injurias contra mí, contra mi familia, contra mi amiga, continuasen desde su propio canal.

Ahora creo, como lo dije el domingo 21 de febrero, en un tono quizá demasiado exaltado o virulento, que el tema de mi eventual candidatura presidencial jugó un papel en todo esto. En resumen: el crítico del periódico más influyente de Lima, El Comercio, había atacado al canal por apoyar mi candidatura; es más, había acusado al canal de apoyar mi candidatura falseando las encuestas. El dueño del canal, comprensiblemente, estaba preocupado por mi doble condición de periodista y probable candidato.

Su canal había sido acusado de apoyarme en todos sus programas y además trucando y falseando las encuestas. Tal vez el dueño pensó que la manera más eficaz de demostrar que esa acusación era falsa (como, en efecto, lo era) era permitiendo que otro programa de su canal se ensañase conmigo y me atacase sin piedad noche tras noche.

Por eso decidí el domingo antepasado hacer mi mejor esfuerzo para que el dueño aceptara mi renuncia y me despidiera. Porque estaba decepcionado de su conducta cómplice y de ciertos programas de su canal.

Cuando esa medianoche volé a Bogotá, estaba seguro de que me despedirían.
Ocurrieron entonces tres hechos pintorescos. Un periodista del canal, el señor Lúcar, me acusó de haber insultado al dueño del canal. Otro periodista, el señor Canales, se levantó muy temprano el lunes, fue al noticiero de la mañana y me acusó de haber insultado al dueño y haber incurrido en libertinaje. Esa noche, en el noticiero, la señora Cisneros dijo que yo había atacado e injuriado al dueño y que todos los programas del canal se sujetan a las leyes.

No dejó de darme un poco de risa todo eso. Porque yo no insulté al dueño del canal: yo lo reté, lo desafié, le hablé en tono insolente y crispado, argumenté que él no sabía qué hacer con mi candidatura, cómo desactivar esa bomba de tiempo, ni yo tampoco, la verdad, y que todo eso había provocado que, ante la acusación falsa de que su canal se había alineado tras mi candidatura y además difundía encuestas mentirosas a mi favor, el dueño del canal, comprensiblemente, quiso demostrar que no, que el canal no me apoyaba como un regimiento de combate dispuesto a ir a la guerra por mí, y, por ejemplo, un determinado programa de su canal me atacaba noche tras noche sin compasión.

El señor Lúcar me acusó de algo falso. Yo hice un programa insolente, pero no insultante. Yo desafié al señor Ivcher, pero no lo injurié. Yo reté al dueño del canal a despedirme, pero no mancillé su honor. Es más, no habiéndose el canal disculpado por la piratería intelectual contra la novela de Silvia Núñez, yo sí me disculpé aquella noche por el exabrupto que cometí con el dueño en el tema de sus impuestos. No fue, pues, un programa insultante sino insolente y de legítima defensa ante la campaña de linchamiento moral que el dueño del canal había permitido que se desatase contra mí.

El señor Canales madrugó el lunes y dijo que yo había insultado al dueño y había incurrido en libertinaje. Si insulté al dueño, es debatible y lo veremos luego. Si incurriré en libertinaje, es discutible. Lo que no es discutible ni debatible es que tres semanas antes, en un programa de su canal, se cometió un acto ilegal de piratería intelectual contra la novela inédita de Silvia Núñez y se la trató en términos humillantes. Eso ocurrió el miércoles 10 de febrero. ¿Al día siguiente se levantó temprano el señor Canales a denunciar ese acto grosero de libertinaje? No. No apareció nunca ni dijo una palabra al respecto. O sea que al señor Canales sólo le preocupa el supuesto libertinaje cuando se meten con su jefe y patrón, pero no cuando se meten con una escritora indefensa. Lo que hace que su alegato contra el libertinaje parezca más un acto adulón con el señor que le paga y menos un acto de defensa de unos principios éticos. Porque hasta hoy el canal, como canal, editorialmente, no ha reconocido que difundir sin permiso durante trece minutos en televisión nacional una novela inédita es un abuso y un delito.

A la noche del lunes (qué rapidez, qué presteza), la señora Cisneros leyó un comunicado afirmando que yo había atacado e injuriado al dueño del canal, que los abogados estaban estudiando enjuiciarme y que todos los programas del canal se sujetan a la ley.

La señora Cisneros mintió. Yo no injurié al señor Ivcher. Yo le hablé molesto y lo reté y lo desafié. Pero no mancillé gravemente su honor. De haberlo injuriado, el señor Ivcher no hubiese pasado el programa. Lo pasó porque le pedí disculpas en el tema tributario y porque él no quería quedar como un censor. Y al pasarlo, al autorizar su difusión, no podía luego alegar que lo había injuriado: si se sintió injuriado, entonces no debió autorizar su emisión.

Pero la señora Cisneros también mintió cuando afirmó que todos los programas del canal se sujetan a la ley. Falso. El miércoles 10 de febrero un programa del canal cometió un grosero acto de piratería intelectual. No se sujetó a la ley: violó la ley. Ese fue el origen de mi indignación y de mi legítima defensa ante el silencio cómplice del canal. Porque la señora Cisneros, cuando ese programa no se sujetó a las leyes y asaltó una novela inédita, ¿salió la noche siguiente leyendo un comunicado deplorando el robo, censurando el delito y disculpándose con la escritora? No. La señora Cisneros, como el señor Canales, como el señor Lúcar, bien calladitos se quedaron.

Mi impresión es que cuando te metes con el dueño del canal, salen sus voceros a atacarte y darte clases de ética periodística. Pero cuando abusan ilegalmente de una escritora, al canal le importa un cuerno.
Ahora bien, ¿es cierto o es falso que yo insulté e injurié al dueño del canal? He visto dos veces el programa completo y he tomado nota de las frases más agresivas que le dije. Le dije “paranoico” y creo que lo es: no fue insulto, sino una descripción exacta de su personalidad, del mismo modo que cuando él me llama vago y haragán. Le dije “prepotente” y creo que a menudo lo es. Le dije que “no sabe hablar sino gritar y bramar”: quizá fue una exageración humorística o satírica, pero no califica como insulto ni injuria. Le dije que “no nació en el Perú” y tal vez por eso no comprende a mi público. Es un hecho: no nació en el Perú. Le dije que “es el dueño del circo”. Comparar a un canal con un circo no es un insulto. Un circo da entretenimiento y diversión, lo mismo que un canal de televisión. Y ya quisiera canal 2 ser una empresa tan organizada y rentable como los mejores circos del mundo, como el Cirque del Soleil. Comparar a un canal con un circo no puede considerarse en modo alguno un insulto. Le dije que “yo lo creía mi amigo y me ha demostrado que no es mi amigo y que no puedo confiar en él”. Eso no es un insulto, es una opinión. Y le dije que “desayuna una botella de vodka”. Digamos que fue un exceso, un desafuero verbal. Me consta, porque he desayunado con él, que no desayuna una botella de vodka. Fue una exageración humorística, no una injuria o una difamación grave. Por lo demás, quienes conocen al señor saben que, si bien puede no ser exacto que desayune una botella de vodka, a las seis de la tarde es probable que haya bebido ya la botella. De modo que exageré en aras de la comicidad y el entretenimiento, pero no insulté. Si alguien me dice que duermo hasta las cuatro de la tarde, no podría yo decir que me ha insultado, sino que ha exagerado, porque duermo hasta mediodía. Por último, y esto fue un tanto procaz, dije que el dueño del canal había estado tan molesto conmigo que “quería meterme la antena del canal por el culo”. Obviamente, fue una broma, una broma insolente, una broma cáustica, pero no un insulto, no un agravio a su honor.

De modo que los tres periodistas del canal que dijeron muy consternados que yo había incurrido en libertinaje, no me había sujetado a las leyes y había insultado al dueño del canal mintieron.

Mi punto es simple: el programa del domingo antepasado fue insolente, furioso, indignado, un acto de legítima defensa ante los abusos innobles del canal, pero fue un programa en el que, en tono inflamado y a ratos desafiante, argumenté el origen de un conflicto, y no fue un programa en el que insulté e injurié al dueño del canal, como falsamente han dicho sus voceros asalariados.

Sigo pensando que todo esto pudo y debió evitarse si el canal hubiera leído oportunamente un editorial en el noticiero, reprobando la piratería intelectual cometida, pidiendo disculpas a la escritora y sacando a sus portavoces a deplorar tan descarado acto de libertinaje. Pero el canal no hizo nada y hasta hoy no ha dicho una palabra al respecto.

Por lo demás, seamos francos, ¿el señor Ivcher es un poco paranoico, tiene modales ásperos y prepotentes, toma bastante vodka, no nació en el Perú y es metafóricamente el dueño del circo que es canal 2? Pues sí: todo eso es verdad. Sólo que cuando le dicen esas verdades en su propio canal suena insolente y retador. Pero una cosa es ser insolente y otra insultante. Y mi programa fue insolente pero no insultante, y cuando me correspondió disculparme por el exabrupto de los impuestos, lo hice sin demoras ni medias tintas, cosa que el canal no ha hecho con la piratería contra la novela de Silvia Núñez.

¿Por qué no aceptaron mi renuncia y me despidieron? Porque el canal gana cuatro millones de dólares al año conmigo. Porque mi programa es un gran negocio. Por eso. Muy simple.

¿Y por qué no me enjuiciaron? Porque al autorizar su difusión, el dueño no podía alegar que yo lo había injuriado, calumniado o difamado, pues en tal caso su sentido del honor le habría exigido no difundir el programa.
¿Seguiré en canal 2? Presiento que sí. Porque para el canal mi programa es un gran negocio. Y porque, al final de cuentas, el dueño del programa no es el jefe del canal ni yo mismo: es el público. Si el público lo ve masivamente y los auspiciadores lo financian dejando millonarias ganancias al canal, parece improbable que, por muy insolente que yo salga una noche en un acto de legítima defensa, el canal me deje ir.

Gracias de todos modos por no censurar mi programa del domingo antepasado y por no aceptar mi renuncia ni despedirme y por renovarme su confianza y darme absoluta e irrestricta libertad de opinión, incluso para hacerle algunas críticas severas y algunas bromas cáusticas al dueño del canal. Bien por esa demostración de tolerancia y respeto a la libertad.