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Crónica.21: “Haití huele a muerte, no me imaginé que fuera así”

Sábado 23 de enero del 2010 | 07:55

Un reportero gráfico de Perú.21 estuvo en el devastado país caribeño y cuenta aquí su testimonio.

"La pobreza es contundente en medio de la destrucción", es la reflexión de Martín Pauca. (Perú21.pe)
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Por Martín Pauca

Acabo de dejar Haití después de una semana y la pregunta que ronda mi cabeza no es cuántos muertos quedaron luego del terremoto, porque quizá nunca se sepa eso, sino qué será de la gente que sobrevivió. De los niños. He hecho fotos a niños sonriendo porque quizá, en medio de todo este desastre, la única esperanza sean ellos. Yo tengo un hijo pequeño, y pienso en eso. ¿Qué será de sus vidas? ¿Cuánto tardará la reconstrucción? No creo que sea pronto. Todo lo que había está destruido.

Llegar a Haití no fue nada fácil. Iba a ir en uno de los aviones del Gobierno que partieron de Lima el 13 pero, por suerte, me ofrecieron un cupo en otro, junto con los reporteros de televisión. Nuestro avión dio vueltas por horas sobre Puerto Príncipe, esperando un turno para aterrizar, pero solo bajó la aeronave donde iba el premier. Nuestro avión tenía más víveres. Esa noche dormimos en Santo Domingo.

Al día siguiente tampoco pudimos aterrizar; perdimos casi todo el día intentándolo. Entonces, decidimos ir por tierra. Seis horas. Cruzamos la frontera y llegamos a Haití el viernes temprano. Un grupo más reducido decidió no quedarse en el aeropuerto y trató de llegar a la zona más afectada. Yo fui uno de ellos. Intentaron disuadirnos, por el riesgo que corríamos, pero me fui igual. Había que ir y hacer fotos.

CAOS Y MUERTE. Era el mediodía del viernes 15 cuando llegamos a Puerto Príncipe e hicimos el primer recorrido por las calles destruidas. Estaba algo temeroso; era un lugar en el que nunca había estado, y lo estaba conociendo destruido. Prácticamente nada había quedado en pie. Nunca imaginé ver tanto caos, desesperación y poca ayuda. Y hacía un calor tremendo.

Pero lo que más llamó nuestra atención fue el olor a muerte, a muertos. Podíamos saber en qué zonas había más cadáveres solo por el olor. Usábamos mascarillas, pero era igual. Los haitianos se tapaban la boca con lo que podían. En las tres horas que duró esta primera inspección, no encontramos una calle donde no hubiera cuerpos entre los escombros. No había policías, y solo se veía algunos cascos azules. Poco después vimos cómo los cadáveres eran recogidos en camiones de basura por los mismos haitianos.

Conforme íbamos recorriendo la ciudad, me di cuenta de que estábamos solos. No había otros periodistas por ahí. Conseguimos un guía que nos fue de mucha ayuda, Leonard, y nos sirvió como traductor. No sabíamos bien dónde íbamos a quedarnos. Como a las tres de la tarde encontramos un hotel, resguardado con gente armada. Había mucha inseguridad.

SIN AUTORIDAD. Nuestro recorrido por la ciudad era entre las 6 de la mañana y las 5 de la tarde. Queríamos empezar antes, pero no te dejaban. La mañana del jueves, Leonard nos dijo que la gente había matado a dos personas que estaban rondando en la madrugada. Fue a machetazos. Temían que fueran ladrones.

Empecé a hacer fotos y veía cómo vehículos de las delegaciones humanitarias los veían y pasaban. Entonces me percaté de que uno estaba vivo. Pero nadie hizo nada. Estaban esperando que muriera para quemarlos a los dos. Esa era una imagen clara del desgobierno, del abandono de esta gente. Sin policías, sin control, ni ayuda.

Los rescatistas trataban de sacar gente viva de entre los escombros como podían y, muchas veces, sin instrumentos adecuados. Su trabajo duraba horas. Un día nos encontramos con un grupo francés que trataban de rescatar a una mujer. Estaban pensando en cortarle el brazo porque no podían remover una lámina de acero que la aplastaba.

POBREZA ALREDEDOR. Haití ya era pobre antes del terremoto y, quizá por eso, la gente no tuvo problemas en dormir en las calles después de que todo se cayó. Pienso que esa fortaleza que les dio su pobreza les sirvió luego del sismo. Muchos empezaron a dejar la ciudad, pero otros no tenían a dónde ir.

Al vernos, algunos se acercaban para contarnos su desgracia. Cada historia más triste que la otra. Leonard también perdió su casa, y su familia se estaba quedando en un parque. Y así terminó la mayoría.

La zona más devastada debe ser del tamaño del Centro de Lima. Las réplicas que hubo después quizá no dejaron víctimas porque ya nadie habitaba las pocas casas que habían quedado en pie. Preferían estar en las calles, y ahí siguen.

En los últimos días, la ayuda empezó a mejorar, pero el panorama siguió siendo incierto. Nunca vi algo igual, y no me imaginé que fuera así: la pobreza es contundente en medio de la destrucción.