Sábado 26 de mayo del 2012 | 19°

Quizá primero haya que ser policía para convertirse en un narrador de historias tan corrosivas y pérfidas: es lo que le pasó a Rubem Fonseca quien, antes de convertirse en escritor, fue comisario en un distrito dentro de Río de Janeiro, Brasil. Ya algo de su futuro se podía vislumbrar en el hecho de que fuera uno de los más destacados alumnos en la academia: mostraba habilidades para no atribularse con todos los tipos de crímenes que existen. Luego, ya en la calle, pudo conocer la violencia y la corrupción entre políticos y jueces. Suficiente realismo sucio le sirvió de marco para contextualizar a sus personajes. Esos que también nacieron envenenados. “Hacía mucho tiempo que estaba en la Policía, y creía que desear vivir era tan extraño como querer morir”, indica alguien en su novela Pasado negro.
Llegó un momento en que Fonseca (Brasil, 1925) se aburrió de vestir el uniforme. Lo becaron a Estados Unidos para estudiar Administración y, luego, se inició en la literatura –cuando ya casi tenía 40 años– con Los prisioneros (1963), su primer libro de relatos. A partir de allí, Fonseca no se ha detenido y ha publicado casi una treintena de libros, todos descarnados e inquietantes. Hoy no es muy afecto a conversar con la prensa. De hecho, tampoco le gusta rodearse de lectores, aun si son presidentes: en el 2003 no se presentó a la ceremonia que le prepararon Luis Inácio Lula da Silva y Jorge Sampaio –en aquel momento, gobernante de Paraguay– por haber obtenido el prestigioso Premio Camoes. Su anonimato, a la fuerza, es su privilegio.
Fonseca ya tiene 84 años y es el anciano con historias desconcertantes que nadie querría oír en su casa. Por nuestro propio bien.
Nuestra Chica.21 ganó el concurso de Wosmos by Hawaiian Tropic 2010 y es profesora de spinning.