Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°

Por Carlos Bernuy Flores
Katmandú (Nepal), 10:30 p.m. Richard Hidalgo cruzó apurado la calle bajo la lluvia. Consiguió un teléfono y marcó el largo número. Tenía que apurarse: en media hora, las luces se apagarían y todo cerraría. Esa es la inestabilidad política de algunos países. Lima, 11:30 a.m. Contesté mi celular y escuché la voz de un amigo. “Hola, Carlos, te habla Richard Hidalgo…”. Lo que sigue es la conversación con un peruano que desafió la naturaleza del monte Everest, el pico más alto del planeta, y sobrevivió para contarlo. Y, aunque no coronó la cumbre (se quedó a 300 metros), dejó muy en alto el nombre del Perú.
En Lima, muchos nos preocupamos cuando perdimos comunicación contigo. ¿Cómo has estado?
Sí, claro, para mí también fue complicado estar incomunicado. Cuando llegué a una altura superior a los seis mil metros, mi computadora se dañó y mi teléfono satelital no funcionaba. Pero, igual, tenía que seguir para adelante.
En la última crónica que enviaste decías que estabas muy cerca de la cumbre, en el Campamento 2.
Sí, logré mandar esa información regresando al campamento base. Luego ya no pude volver a escribir en parte también por el clima, que no se portó muy bien con nosotros. Pero fueron esos primeros días de junio los más complicados en cuanto al ascenso.
¿Cuántas veces intentaste llegar a la cima del Everest?
Tuve dos intentos. El primero empezando junio; el segundo fue el 5 a las 11:00 p.m. Me enfrenté a un fuerte viento y trataba de seguir las huellas que habíamos dejado previamente y de apoyarme en cada movimiento que hacía. Llevaba 36 horas sin oxígeno a más de 8,300 metros. Allí me di cuenta de que quizás no lo lograría. Eran las 11:30 a.m. del 6 de junio y estaba sin oxígeno a 8,350 metros, con una pendiente de 50 grados de roca, tratando de dar un paso a otro de manera lenta. Sentí los dedos congelados y mi cuerpo muy cansado. Entonces decidí volver porque eran los síntomas del congelamiento y podría haber muerto sin llegar a la cima. Estuve cerca de morir.
¿Son muchas las expediciones que llegan a la cumbre?
Son varias; pero, de las que lo han intentado sin cargar oxígeno, solo fui yo. El 99% sube con oxígeno y con guía. En este caso, los que quedamos al final fuimos dos canadienses y yo, pero ellos aún tenían oxígeno. Quizás por eso se quedaron asombrados de mí y, al bajar, recibí muchas felicitaciones.
Sin oxígeno a tanta altura, ¿cuál es el secreto para subir de esa manera?
Desarrollar al máximo tu caja torácica. También tienes que dosificar tu respiración, hacer gimnasio y estar muy concentrado. Allá, arriba, eres tú contra el clima y contra la montaña.
¿Qué fue lo más impactante que viste en tu camino al Everest?
La muerte de un muchacho de República Checa por ataque cardiaco. Fue en el Campamento 2, pasados los seis mil metros. Con una temperatura a menos 25 grados, cuando el cuerpo se te escarapela y empiezas a sentir los síntomas del congelamiento, allí te sientes muy cerca de perder la vida.
¿Qué se siente presenciar la muerte de alguien?
Muy duro, ver sus últimos minutos de vida, ayudar a envolverlo y, luego, arrojarlo a una grieta porque su familia quería eso. Que fuera parte de la montaña, esa montaña que le costó la vida a un joven de 30 años. El otro caso que vi fue el de un canadiense que falleció al bajar. El escalar es eso, a veces bajas y a veces no.
¿Cuando se está tan cerca y no se logra el objetivo, se habla de fracaso?
No, para nada. Yo sé que estuve cerca, y me siento muy contento y feliz. Al bajar recibí cartas, correos de felicitación de mucha gente que se asombró de hasta dónde había llegado yo.
Nuestra Chica.21 ganó el concurso de Wosmos by Hawaiian Tropic 2010 y es profesora de spinning.