Además:

La prostitución camina por las calles del Centro de Lima

Sábado 06 de diciembre del 2008 | 07:03

Al pasar por algunas avenidas y jirones del centro de la ciudad, ¿quién no ha visto a mujeres en diminutas prendas, o varones y travestis que esperan a que alguien se les acerque? Ellas y ellos venden besos y algo más…

Para controlar esta actividad se debe atacar la demanda y no solo ceñirse a la represión, sostuvo el Movimiento El Pozo. (Perú21.pe)
Compartir

Por Ernesto Cegarra Mantilla

Al pasar por algunas avenidas y jirones del centro de la ciudad, ¿quién no ha visto a mujeres en ajustadas y diminutas minifaldas que, paradas en las esquinas o recostadas en las fachadas, esperan a que alguien se les acerque? Son prostitutas. Ellas venden besos y algo más…

Y no son pocas. Tampoco son solo chicas. Según estimaciones de la Policía Nacional, unas mil quinientas personas – entre mujeres, varones y travestis – ejercen el meretricio en las avenidas Grau y Nicolás de Piérola, así como en los jirones Camaná, Chota, Zepita, Cailloma, Chancay, Washington, Cañete y Rufino Torrico, por citar solo algunas de las calles donde se les puede ver, sobre todo por las noches.

También están en pubs que ofrecen el “show de la barra” a un sol la entrada. Casi siempre, hay cerca un hostalito al paso, donde las trabajadoras sexuales son llamadas por su nombre cuando se les entrega la llave del cuarto. Caseritas.

En cambio, el meretricio masculino, el de los llamados “fletes”, es más discreto y se ofrece en puntos como la Plaza San Martín, las cuadras 3 y 4 de la avenida Uruguay, o en discotecas “de ambiente”. Algo similar ocurre con la prostitución de travestis, quienes se ubican en veredas o locales de los cruces de la avenida Wilson con los jirones Lisson, Zepita, Rufino Torrico y Cailloma.

Por supuesto que esta actividad es ambulante y no tiene una calle fija. Pero hay una zona relativa que la concentra . Las autoridades lo saben y tratan de erradicar definitivamente el meretricio clandestino. Lo intentan desde hace muchos años.

En lo que va del año, la Oficina de Fiscalización de la Municipalidad de Lima ha sancionado administrativamente a más de un centenar de prostíbulos clandestinos y pubs, hostales o night clubs que prestan servicios ligados a esa actividad, pero estos establecimientos reabren sus puertas o aparecen nuevos.

El jefe de la Policía Nacional del Cercado de Lima, coronel Hernán Valdivieso, asegura que se combate a la prostitución callejera mediante tres vías: patrullaje permanente en las zonas clave, fiscalización con funcionarios ediles en hostales y establecimientos sin licencia, y operativos conjuntos con la Fiscalía para sancionar a los propietarios de esos lugares.

Soluciones, no más represión
Sin embargo, para Tammy Quintanilla, directora del Movimiento El Pozo, las acciones del Estado para controlar esta actividad no deben ceñirse a la represión o la persecución de las trabajadoras sexuales, sino que se debe atacar la demanda.

“Si no quieren que haya prostitución en determinada zona, lo que deben hacer es evitar que los clientes vayan a ese lugar. Así, los que están en el negocio van a tener que salir porque no habrá clientes. El Estado se ha comprometido a abolir todas las formas de explotación de la prostitución y la trata de mujeres, pero ¿qué está haciendo?”, se preguntó.

Quintanilla sugirió que, además de desalentar la demanda de servicios sexuales, se ofrezca oportunidades de desarrollo para las meretrices. Según dijo, la mayoría de ellas ingresan a esta actividad porque su historia de vida es muy complicada, muchas veces marcada por la carencia de afecto, la falta de oportunidades laborales, la violencia familiar y sexual o el padecimiento de enfermedades.

Preocupación por la salud
La representante de la Estrategia Sanitaria de Prevención de las Infecciones de Transmisión Sexual y VIH del Ministerio de Salud (Minsa), Cristina Magán, precisó que el 15% de las prostitutas de la calle se somete a las campañas de prevención y despistaje de enfermedades, aunque solo el 1% de estas tiene riesgo de contagio.

Esto se debe, según Magán, a que este portafolio las ayuda a tener mejores prácticas para protegerse y a identificar si un cliente tiene síntomas de una enfermedad de transmición sexual.

El Minsa ha implementado el sistema de vigilancia “Centinela”, mediante el cual las trabajadoras sexuales pueden someterse, por lo menos una vez al año, a un despistaje de VIH/Sida. Asimismo, cada tres meses se les puede realizar una prueba de despistaje de sífilis y cada seis meses la prueba de Elisa.

Al margen de las cuestiones morales, siempre discutibles, la prostitución callejera es un tema de salud pública, que debe estar presente entre las prioridades de las autoridades y de la sociedad en general.

-->/">