Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
No comprendía muy exactamente qué quería decir mi madre cuando afirmaba: “Guillermito nunca se aburre”. Como en realidad, creo, nunca me aburría, ignoraba cuál era el significado de la expresión. Federico, mi hermano mayor, solía decir: “Mami, estoy aburrido. ¿Qué hago?”. Las respuestas maternas solían chocar contra un “no tengo ganas” que, finalmente, se diluía en la misma diversión o distracción que solía generarse con la conversación. Mi impresión era que, cuando mi hermano rechazaba mis invitaciones para jugar un partido al maravilloso fútbol de botones, a un impagable partido de pelota “a las cabezas” o a una fantástica carrera con los autitos Dinky Toys, luego venía el “mami, estoy aburrido”. Colegía entonces que estar aburrido era no querer jugar conmigo. No recuerdo haberlo vivido como un rechazo, ni recuerdo tampoco haberme ofendido, pues siempre encontraba alternativas a las propuestas que no me habían sido aceptadas. Sé –y de eso sí estoy seguro– que una de mis pasiones, extraña pero duradera pues, aunque de otra manera, aún la practico, era reacomodar el universo. No jugaba a Dios; simplemente, reordenaba mis juguetes, mis dibujos, mis libros, mi colección de estampillas, mi colección de monedas, mis pertenencias en general. Sacaba un enorme cajón que me había sido adjudicado, lo vaciaba y volvía a poner todas las cosas en su sitio. A esa actividad la llamaba “alegrar” y mi familia solía decir “Guillermito está alegrando”. Recién ahora, pues nunca lo había visto escrito, me doy cuenta de que haber convertido el verbo “arreglar” en “alegrar” podía, aunque no lo creo, tener más de un significado. En todo caso, no solo ordenaba mis papeles sino que arreglaba y alegraba mi ánimo. Un día sin nombre y sin fecha –uno de esos extraños días en los que uno toma conciencia de los pequeños ritos que ha inventado, que le han inculcado o que ha heredado– me di cuenta de que mi “alegrar” de niño y mi ordenar de adulto era una forma de recomponer el universo. De poner orden allí donde yo presentía un síntoma de desorden o cuando sentía, supongo, que iba a alterarse el mundo en el que vivía. La niñez es un tiempo donde la repetición es siempre una novedad. Aunque se sepa el resultado, sigue siendo una novedad pues el ánimo es diferente y porque el ritual en sí constituye una fiesta cada vez que se repite. Por ese motivo, quizá, aceptaba con devoción que mi madre me contara una y otra vez el cuento de Pepinito Guasoni, personaje estelar en los tránsitos al sueño de mi niñez. Hoy no recuerdo los argumentos, pero sí la cara que le adjudicaba en mis duermevelas al niño inventado por mi madre. Entonces no lo pensé, pero quizá ambos fuimos, de distintas formas, su invención. Y yo, proyección o realidad, ante la alteración, reclamaba orden. Iba entonces al cajón de mis pertenencias más preciadas y las colocaba en el exacto lugar que quería que ocuparan los afectos de un mundo que hubiese dejado, con placer, inmovilizado eternamente en aquella dicha.