Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
"Los cordobeses son muy pícaros. Y este sentido del humor nos ha permitido sobrevivir. Esta frase no es retórica. Córdoba fue uno de los lugares más atacados por la represión de los militares argentinos, y no solo durante los 70, pues hemos vivido de caudillo en caudillo. Córdoba fue siempre una ciudad rebelde, y esto se mantiene hasta hoy”. Cristina Castrillo, directora y pedagoga teatral, fundadora del Libre Teatro Libre (LTL) –grupo mítico de las tablas latinoamericanas–, recuerda su origen y los durísimos años de la dictadura argentina de los 70 que, con solo 24 años, la obligaron a abandonar su país. ¿El LTL trasladó ese humor al escenario? Sí. Los 70 fueron años particulares, con pocos grupos de teatro en acción. Nosotros éramos locos y rebeldes, pero nunca panfletarios. Pero el LTL era un grupo político... Usábamos el teatro como una manera de comunicar lo que sentíamos. Nosotros no lanzábamos consignas: buscábamos, dentro del mismo teatro, otros instrumentos para comunicar. El LTL fue muy importante porque puso, junto a un discurso muy fuerte sobre la realidad, el humor. Sus integrantes tuvieron que salir de su país, ¿no es verdad? Sí, fue en 1976. Estaba en marcha el 'Plan Cóndor’, que no era público, pero uno sabía que existía. Buscando un ambiente donde reconstruirme –pues mucha gente cercana a mí fue asesinada– llegué a Europa. ¿Hay justicia que pueda castigar crímenes tan terribles? No. El problema está en que yo no creo que haya habido el nivel de justicia que una brutalidad de ese tipo merecía. Sin embargo, es necesario que hallemos la justicia para demostrarnos que el mundo aún tiene algo de nobleza… aunque uno tiene la impresión de que esta nobleza se fue al carajo hace tiempo. A partir de estas circunstancias, usted empieza a trabajar el tema de la memoria... Creo que siempre trabajé este tema. Lo que pasa es que, separada del LTL –y aceptando una soledad muy fuerte–, necesité descubrir cómo era el teatro que iba a definirme como persona. Los primeros años del exilio los viví y trabajé muy sola; me encerraba para hacerme preguntas, para saber cómo usar el cuerpo, etcétera. Fueron años fundamentales porque lo que hoy reconozco como mi método viene de allí. Y sé que nunca hubiese logrado esta introspección sin el LTL y la sensación del destierro. ¿Por qué es importante el ejercicio de la memoria? Porque la historia la cuentan los vencedores, y nunca los que pierden. Esto hace que muchos elementos de la memoria se desvanezcan. Es más, a nivel oficial se promueve la amnesia para que las nuevas generaciones se olviden de lo que pasó y, así, se conviertan en las nuevas víctimas. Por eso, la función del artista tiene que ver con la recuperación de lo que se ha perdido tratando de que el mundo sea mejor. Es una función fundamental porque el teatro se convierte en la crónica del tiempo… que la oficialidad censura. ¿Qué desea recordar? Me interesa la memoria que hemos olvidado, aquella que no es un recuerdo, que no controlamos, que aparece en nuestros sueños; aquella que nos emociona sin saber por qué. ¿Por qué se quedó en Europa? Yo aún siento a América Latina como un todo. Sin embargo, cuando me fui al exilio, necesitaba tomar distancia. La gente que me conoce me pregunta “¿cómo, siendo como eres, fuiste a parar a Suiza?”, y lo descubrí después de mucho tiempo. ¿Qué buscaba? Yo buscaba mi propio lugar, estar conmigo misma. Tuve miedo pues sentí que era un privilegio estar viva. Quise llevar mi soledad hasta las últimas consecuencias y, como perdí mi mundo, decidí construirme otro y mirar más allá de mi propio dolor, porque el dolor de los otros es similar al nuestro. Así llegué a Lugano (Suiza), una ciudad de 40 mil habitantes. No tenía dinero y necesitaba un lugar para pensar… ya llevo 30 años pensando (risas). ¿En su teatro está la historia de Lugano? No está Lugano, pero están las sensaciones, y eso es memoria para mí.