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Opinión | Vie. 12 sep '08
Ya nada es como antes
Entre el garrote del presidente y la zanahoria del premier
El resbalón sufrido por el ministro Hernán Garrido Lecca, a quien los médicos sacaron de la negociación de su huelga, constituye una expresión relevante del cambio de escenario político que enfrenta el gobierno.
Hace más de un año, el ministro de Educación se 'lució’ en el choque con el Sutep cuando este amenazó con una huelga. Gracias al 'coaching’ del presidente Alan García, José Antonio Chang trapeó el piso con los dirigentes del magisterio, a quienes puso contra la pared en el marco de una campaña en la que los trató casi como unos pobres diablos que no sabían ni sumar.
Chang ganó esa batalla política por K.O. y generó la expectativa de que estaba dispuesto a todo para realizar la gran revolución educativa que el país demanda, aunque luego fue obvio que, después de poner al Sutep en la lona, ya no tenía más ideas sobre lo que debía hacer.
Ahora, ante la amenaza de la huelga de los médicos, el ministro Garrido Lecca quiso aplicarles el mismo electroshock, y procedió a presentarse como el defensor de los enfermos, el 'guachimán’ de los pacientes, frente a una banda de doctores 'comechados’ que, en lugar de estar curando gente, andan durmiendo y flojeando.
A diferencia de Chang, a Garrido Lecca el tiro le salió por la culata. Los médicos revirtieron la figura, lograron presentarlo como un prepotente que quiso denigrarlos sin fundamento, y al final lo sacaron de la negociación, con el obvio debilitamiento político del ministro.
Aunque ninguno de los dos ministros exhibe una gran propuesta reformadora de su sector –que es el problema central de un gobierno timorato que administra con prudencia el crecimiento pero no sabe qué hacer con él, dentro de una perspectiva de largo plazo–, ¿por qué Chang fue 'exitoso’ y Garrido Lecca 'murió en el intento’?
Los médicos pueden haber estado mejor preparados que los maestros para aguantar el empellón, pero quizá la diferencia radique en que los tiempos han cambiado, en que ya nada es como antes.
Hoy, el régimen es más débil y su alta desaprobación recorta su margen de acción. Esto significa que, entre el garrote de García y la zanahoria de Jorge del Castillo, al gobierno no le queda otra que la persuasión, el diálogo y la negociación. De otro modo, puede terminar más débil que ahora.
Hace más de un año, el ministro de Educación se 'lució’ en el choque con el Sutep cuando este amenazó con una huelga. Gracias al 'coaching’ del presidente Alan García, José Antonio Chang trapeó el piso con los dirigentes del magisterio, a quienes puso contra la pared en el marco de una campaña en la que los trató casi como unos pobres diablos que no sabían ni sumar.
Chang ganó esa batalla política por K.O. y generó la expectativa de que estaba dispuesto a todo para realizar la gran revolución educativa que el país demanda, aunque luego fue obvio que, después de poner al Sutep en la lona, ya no tenía más ideas sobre lo que debía hacer.
Ahora, ante la amenaza de la huelga de los médicos, el ministro Garrido Lecca quiso aplicarles el mismo electroshock, y procedió a presentarse como el defensor de los enfermos, el 'guachimán’ de los pacientes, frente a una banda de doctores 'comechados’ que, en lugar de estar curando gente, andan durmiendo y flojeando.
A diferencia de Chang, a Garrido Lecca el tiro le salió por la culata. Los médicos revirtieron la figura, lograron presentarlo como un prepotente que quiso denigrarlos sin fundamento, y al final lo sacaron de la negociación, con el obvio debilitamiento político del ministro.
Aunque ninguno de los dos ministros exhibe una gran propuesta reformadora de su sector –que es el problema central de un gobierno timorato que administra con prudencia el crecimiento pero no sabe qué hacer con él, dentro de una perspectiva de largo plazo–, ¿por qué Chang fue 'exitoso’ y Garrido Lecca 'murió en el intento’?
Los médicos pueden haber estado mejor preparados que los maestros para aguantar el empellón, pero quizá la diferencia radique en que los tiempos han cambiado, en que ya nada es como antes.
Hoy, el régimen es más débil y su alta desaprobación recorta su margen de acción. Esto significa que, entre el garrote de García y la zanahoria de Jorge del Castillo, al gobierno no le queda otra que la persuasión, el diálogo y la negociación. De otro modo, puede terminar más débil que ahora.