Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Si alguna duda había sobre la conveniencia de que Jorge del Castillo continuara en la Presidencia del Consejo de Ministros, su irrupción atolondrada ayer en el Congreso hace pensar que lo mejor –para él, para el gobierno y para su partido– es que ya se tome unas vacaciones. La participación del premier en una sesión del Congreso, solo o con el resto de ministros, está prevista en el artículo 129 de la Constitución, el cual indica que lo hace con las mismas prerrogativas que los parlamentarios. Esto implica respetar la agenda acordada, no zamparse en el hemiciclo como una manera desesperada de evitar una censura que ya es inevitable, pues se ha dado la poco usual coincidencia de todos los partidos –con la excepción del Apra– para propiciar su relevo. El gabinete actual ha perdido la confianza del Congreso. Por un lado, debido a las denuncias contenidas en audios que aluden a irregularidades. Lo que se debe investigar es quién y por qué estaba trayendo al país a un pirata del Caribe camuflado de inversionista. Pero los audios inmorales solo son una parte de la historia. La otra era más antigua: un gabinete con crecientes señales de desgaste después de más de dos años de actividad intensa en los que la faena de bombero impidió tener un horizonte más amplio que permitiera emprender reformas de fondo en salud, educación, seguridad o justicia, lo cual no se hizo. Al final, las mangueras quedaron ahuecadas y el bombero chamuscado. A pesar de ello, hubo logros muy relevantes, como un manejo responsable de la economía que nos preparó lo mejor que era posible para esta crisis que se viene, así como la atracción de importante inversión privada. Y en cuanto al estilo personal, el premier Del Castillo deja una imagen dual. Por un lado, el demócrata que promovió el diálogo y la negociación aún cuando su jefe no lo respaldaba mucho. Por el otro, el político capaz de usar la manopla si su puesto se ponía en riesgo, como en estos días en los que ha usado argumentos inaceptables contra los medios que hemos difundido las denuncias, así como la pretensión sin sentido de convertirse, él mismo, en la imagen de la estabilidad, la democracia y la inversión. El país debe ahora agradecerle sus servicios, que han sido importantes, pero la función debe continuar. Sin él.