Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Un lunes cualquiera, los peruanos nos levantamos con una noticia que parecía soñada: de acuerdo con la consultora Future Brand, el Perú fue elegido como el tercer destino turístico más atractivo del mundo. Los entusiastas encuestados declararon que nuestro país ofrece experiencias únicas a sus visitantes. Mara Seminario, directora de Promperú, se esmeró en explicar que aquello que viven los viajeros en nuestra tierra no lo podrán encontrar en ningún otro lugar del mundo. Jaime Travezán, fotógrafo peruano que vive en Londres hace 25 años, debe ser uno de los consultados porque, conocida su historia sobre su último viaje al Perú, no podemos más que estar absolutamente de acuerdo con que su experiencia fue absolutamente única e irrepetible. Recordemos para quienes no han escuchado del kafkiano caso: Jaime llegó a Lima, en marzo de este año, para hacer reportajes que promovieran el turismo de lujo en nuestro país. Él forma parte de ese importante grupo de peruanos que han migrado, pero que eventualmente se dan una vuelta por casa para hacer una chamba o visitar a amigos. De paso, gastan sus euros y, como dice el comercial, a Juancito le ligan más carreras de taxi y Carmencita vende más anticuchos. Jaime hizo lo suyo, se comió sus butifarras y, por supuesto, se dio una vuelta por el mercado indio de Petit Thouars y ahí compró para los amigos souvenirs, entre ellos unas muñequitas incaicas, vestidas con telar, que venden en todos los puestos y que adornan las salas de muchas casas de Lima. Hasta ahí, todo bien. El viaje placentero, la comida buenaza, Lima está linda, para qué. El problema empezó en el Jorge Chávez cuando Travezán se disponía a embarcarse de vuelta a Londres. Ahí, los señores de Aduanas encontraron las benditas muñecas, le dijeron que eran patrimonio cultural de la Nación y se las decomisaron. Además, le hicieron firmar un papel en el que el pobre fotógrafo de nuestra historia se declaraba, sin saberlo, huaquero y contrabandista. A los varios meses de este incidente, le llegó hasta Londres (para eso sí que sirve nuestro Poder Judicial) una orden de apertura del proceso en el que se le acusa de contrabandista de bienes del patrimonio nacional y, además, se le advierte que si no llega a Lima en tres días se le subirá la pena. La historia de Jaime es espeluznante, pero no única. Sé de muchos turistas a los que les han quitado sus artesanías usando el mismo argumento. El INC alega que el que compra el souvenir se tiene que acercar donde ellos y certificar que no se trata de piezas arqueológicas. No importa si le dieron factura o si, en el mismo puesto, la señora Bákula compra chullos para sus nietos. La chamba no es de las autoridades, es del turista. ¿Será esta alguna nueva forma de turismo vivencial promovida por el Mincetur y el INC? ¿A esto se refieren con aquello de experiencias únicas y especiales? Esperemos que no.