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Política | Sáb. 25 abr '09
I want to break free
El bufón de las celebridades, un tal señor Pérez Hilton, diagnosticó en su concurrido blog que la dama de honor del concurso Miss Estados Unidos, la Señorita California, Carrie Prevean, estaba descerebrada. Su estado vegetativo se debía, según el blogger, a su estúpida respuesta con relación al matrimonio gay que le habría costado la corona. Mister Pérez, jurado del concurso, le había preguntado si los Estados Unidos deberían permitir el matrimonio gay. La belleza contestó que creía que el matrimonio debería ser entre un hombre y una mujer. Esto fue suficiente radiografía para descubrir que Miss California tenía el cerebro amputado.
Ya en varias oportunidades he escrito a favor de la unión civil entre personas del mismo sexo. No veo por qué la felicidad de los homosexuales no deba ser santificada por la ley. Pero mi opinión nada tiene que ver con las neuronas y sí mucho con la libertad. Así pues, la libertad de los que creen, como Miss Prevean y muchos otros más, que el matrimonio es una cuestión entre hombre y mujer, no los hace estúpidos. Simplemente, los hace libres.
Creo que, desde hace mucho tiempo, esa libertad está en peligro. Y lo está, principalmente, por esa patología filosófica de buscar “consensos”. Estoy convencido de que el consenso es el peor enemigo de la libertad. Y lo es porque la libertad es su primera víctima. El consenso implica, necesariamente, el parto de la “corrección política”. La respuesta correcta para triunfar y no ser imbécil: “Si yo fuera Miss California, con medio cerebro, hubiera dicho, mmm, mister Pérez, qué buena pregunta, este es un tema muy candente en nuestro país, y creo que es una cuestión que cada Estado debería decidir por separado”, fue la sentencia ganadora del blogger chistoso.
Es cierto que por las anchas puertas de la libertad entran también sus enemigos. Sé de varios cucufatos que se llenan la boca de “derecho al disenso” contra el mundo moderno, pero que no dudarían un momento, si tuvieran el poder, en censurar con hierro candente las “blasfemias a la fe”. No faltan los que reivindican su derecho a jugar a las espaditas como la mejor forma de gobierno. Tampoco los revolucionarios que se acuestan una noche con la libertad para fusilarla al día siguiente. A esos hipócritas hay que desenmascararlos y combatirlos. Pero no por ellos la libertad va a suicidarse con el gas venenoso del “consenso” o con la inyección letal de la “corrección política”.
Si no, tendremos al racista y homofóbico Mahmud Ahmadinejad dándole al mundo clases de libertad: “Aquellos que reclamaban la libertad de expresión ni siquiera estaban dispuestos a tolerar una voz opositora en una conferencia que ellos mismos habían organizado (Conferencia contra el Racismo y la Discriminación)”. Una ironía menos graciosa aun que las del payasito mister Pérez Hilton.
Ya en varias oportunidades he escrito a favor de la unión civil entre personas del mismo sexo. No veo por qué la felicidad de los homosexuales no deba ser santificada por la ley. Pero mi opinión nada tiene que ver con las neuronas y sí mucho con la libertad. Así pues, la libertad de los que creen, como Miss Prevean y muchos otros más, que el matrimonio es una cuestión entre hombre y mujer, no los hace estúpidos. Simplemente, los hace libres.
Creo que, desde hace mucho tiempo, esa libertad está en peligro. Y lo está, principalmente, por esa patología filosófica de buscar “consensos”. Estoy convencido de que el consenso es el peor enemigo de la libertad. Y lo es porque la libertad es su primera víctima. El consenso implica, necesariamente, el parto de la “corrección política”. La respuesta correcta para triunfar y no ser imbécil: “Si yo fuera Miss California, con medio cerebro, hubiera dicho, mmm, mister Pérez, qué buena pregunta, este es un tema muy candente en nuestro país, y creo que es una cuestión que cada Estado debería decidir por separado”, fue la sentencia ganadora del blogger chistoso.
Es cierto que por las anchas puertas de la libertad entran también sus enemigos. Sé de varios cucufatos que se llenan la boca de “derecho al disenso” contra el mundo moderno, pero que no dudarían un momento, si tuvieran el poder, en censurar con hierro candente las “blasfemias a la fe”. No faltan los que reivindican su derecho a jugar a las espaditas como la mejor forma de gobierno. Tampoco los revolucionarios que se acuestan una noche con la libertad para fusilarla al día siguiente. A esos hipócritas hay que desenmascararlos y combatirlos. Pero no por ellos la libertad va a suicidarse con el gas venenoso del “consenso” o con la inyección letal de la “corrección política”.
Si no, tendremos al racista y homofóbico Mahmud Ahmadinejad dándole al mundo clases de libertad: “Aquellos que reclamaban la libertad de expresión ni siquiera estaban dispuestos a tolerar una voz opositora en una conferencia que ellos mismos habían organizado (Conferencia contra el Racismo y la Discriminación)”. Una ironía menos graciosa aun que las del payasito mister Pérez Hilton.
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