Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Acabo de terminar la magnífica biografía que Gerald Martin ha escrito sobre Gabriel García Márquez. Como supone también un recorrido por la obra de su biografiado, el libro trae a la memoria momentos hermosísimos producidos por ese fabulador brillante que supo encontrar la poesía en la cosmovisión popular latinoamericana y, habiéndola asimilado y fusionado con las angustias e ilusiones de su propio inconsciente, verterla renovada, hechizante y a menudo feroz, en algunas de las páginas más bellas de la literatura en español. Planea sobre sus hojas, sin embargo y pese a todo, una sombra grande que persigue a su protagonista por casi todo el libro y que, inevitablemente, oscurece su figura para la tristeza de quienes quisiéramos poder admirarlo más completamente. Y es que, por mucho que uno lo quiera, resulta difícil no desconcertarse mientras se sigue a García Márquez por un interminable periplo que a lo largo de años y décadas lo lleva en una muy excluyente primera clase, de los mejores hoteles, a los más caros balnearios, por los más lujosos restaurantes y hasta los más inalcanzables destinos, al tiempo que alaba al régimen que en Cuba ha igualado por la fuerza a todos en un salario promedio de US$20. ¿Tiene uno derecho a decir que está bien que expropien diariamente a todos los cubanos sus talentos, su inventiva, su esfuerzo personal y su trabajo, para que todo vaya a una olla común que cucharea el Estado, mientras uno decide libremente cuánto da al prójimo de lo suyo y, de hecho, elige no dar lo suficiente como para acumular una fortuna personal? ¿Puede uno defender que la cosa es “de cada uno de acuerdo con sus capacidades a cada uno de acuerdo con sus necesidades”, cuando uno no sólo cosecha sino que también guarda de acuerdo con las astronómicas sumas que sus capacidades le generan ahí donde no hay regímenes socialistas? ¿Está bien, en fin, que uno sostenga que la desigualdad económica ofende la dignidad humana mientras uno mismo es un monumento VIP a dicha desigualdad? ¿No tendría que empezar por casa el compromiso? Como pregunta con contundente sencillez en el título de uno de sus libros G.A Cohen: “¿Si eres tan igualitario, por qué eres tan rico?” La ética, sin duda, tiene sus complejidades. Pero hay algunos puntos básicos cuya comprensión no requiere de haber leído a Aristóteles, sino sólo de sangre en la cara. Cómo no hacer a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Lo que incluye, desde luego, no aplaudir que les quiten a otros lo que tú no estás dispuesto a dar voluntariamente. Y ponerte más bien en el lugar de esos otros, que solamente pueden mirar el avión en el que invariablemente despegas de la tierra en que están encerrados, para regresar a ese tan injusto mundo capitalista en el que tienes siete casas, aparentemente según tus necesidades.