Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
“El Show de Truman” fue una película regular que, sin embargo, tenía un excelente argumento: la historia de Truman Burbank, cuya vida, sin que él lo supusiese, transcurría permanentemente, y aún desde antes de su nacimiento, en la realidad virtual de un pueblo-set creado para el efecto, frente a miles de cámaras ocultas que lo filmaban todo el día y que transmitían, en vivo, al mundo entero. Facebook, pese a todas sus virtudes, tiene una dimensión que lo asemeja mucho a “El Show de Truman”, pero con un giro todavía más perverso: el que supone que quienes exponemos ahí nuestras vidas –muchas veces también en tiempo real, gracias al celular con cámara e Internet– lo hacemos, a diferencia del pobre Truman, consciente y voluntariamente. Esto es, buscando la mirada de los otros, puesto que aún en el caso en que nuestra intención aparente sea enseñar tal o cual cosa a tales o cuales personas (y he visto en Facebook hasta a personas meditando en su cuarto), en la inmensa mayoría de las veces no ignoramos que quien puede verla es un grupo siempre menos determinado (en Facebook “amigos” se escribe latamente y, además, poca gente se da el trabajo de precisar las restricciones de privacidad que se ofrecen). Y eso, cuando tenemos el privilegio de ser nosotros mismos quienes publicamos nuestras vidas en Facebook, que no en vano, gracias a la tecnología inalámbrica, nos hemos convertido los unos en los paparazzos de los otros. Y, de hecho, me ha sucedido llegar a un lugar y encontrarme con una persona a la que jamás había visto, diciéndome “te conozco”, y, ante mi sorpresa, explicándose con un contundente –juro que no exagero– “de la casa de X, en Facebook”. Si eso no es realidad virtual… Sartre decía que “el infierno son los otros”. Lo decía porque la mirada de los otros, que no siempre es amistosa, define en buena medida nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo. Todos, naturalmente, somos conscientes de eso –ciertamente, lo somos los usuarios de Facebook, que vivimos tagueándonos y destagueándonos, filtrando nuestra información y espiándonos unos a otros mucho más allá de lo confesable–. Ello no obstante, hemos hecho de Facebook una versión en alcaloides del infierno sartreano. Un sitio gracias al cual podemos, en cada vez más momentos de nuestras vidas, tener realistamente la sensación de que, como decía un comercial de cine de terror de mi niñez, “alguien nos mira”. Un castigo a la medida, sin duda, para la fuerza que ha hecho de la publicación en Facebook de la propia vida –y de las de los que nos rodean– una omnipresente manía: el torcido placer de vivir para mostrarla.