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Vínculo madre-hija (1)

2009/08/25
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Me desperté con el corazón afuera. Soñé que pedía comida a mi madre, y ella sacó arroz de una olla gigante. Le dije, indignada y desesperada, ¿solo arroz? Y ella, indiferente, respondió: “Sí, no hay nada más”. Me llené de ira y le empecé a gritar “tú no eres mi madre”; y yo sentía que no lo era, que era una impostora. Ahora sé que ella poco podía darme porque poco recibió; pero nunca imaginé que podía haberla odiado tanto. Ahora la comprendo. Ya aprendí a amarla. 45 años, consejera familiar. El vínculo madre-hija es el más hondo, intenso y complicado en la vida de toda mujer. Es cambiante y fundamental porque allí construimos la base de nuestra identidad y de nuestra femineidad. Para desarrollarse bien, una niña necesita un vínculo de intimidad; sentir que hay alguien maravilloso, paciente y bondadoso que se adapta y le tolera todo; aun cuando por su innato instinto de muerte y destructividad llore, se agite o dé chillidos, sin aparente razón. Los chillidos de Lucía desesperaban a su madre al extremo de olvidar que se trataba de una bebé. La increpaba y zamaqueaba. No resistía escucharla llorar. Ignoraba que era porque esos llantos le revivían los propios todavía vivos, originados en ausencias intensas de su infancia; y que las heridas guardadas en el inconsciente amenazaban con abrirse. Lucía demoró en convertir su propia novela en historia: no era que la madre le daba poco –solo arroz, como en su sueño–, le daba lo único que podía darle. Tampoco ella recibió el menú completo. La singularidad de cada sujeto reclama el tratamiento y estudio de casos uno a uno. Saber que en el hoy se actualizan y resignifican las líneas maestras establecidas en la infancia hace obligatorio procesar las emociones de nuestra infancia. So pena de seguir en el sufrimiento.