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La vigencia de antiguas verdades

2010/02/06
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El francés Charles de Montesquieu (1689-1755) es conocido por su planteamiento de la separación de poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, para impedir la concentración despótica del poder. Hay, sin embargo, otras antiguas luces que provienen de su pensamiento y que siguen alumbrando el difícil camino de la construcción de la democracia. Definiendo el principio de este tipo de gobierno, lo distingue del monárquico y del despótico porque “en uno, la fuerza de las leyes, y, en otro, el brazo del príncipe siempre levantado bastan para regular y ordenar todo. Pero en un Estado popular (léase democrático) es necesario un resorte más: la virtud” (Del espíritu de las leyes, Madrid, Tecnos, 2007). ¿Qué entiende Montesquieu por “virtud”? “Lo que yo he denominado 'virtud’ en la República es el amor a la patria, es decir, el amor a la igualdad. No es en absoluto una virtud moral, ni una virtud cristiana; es la virtud política (...) sin eso, las leyes no serían ejecutadas”. Esto es importante porque “en cuanto la virtud se pierde, el tesoro público se convierte en patrimonio de los particulares. La República es un despojo y su fuerza ya no es más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos”. A poco más de un año de las presidenciales, los dos principales precandidatos no se caracterizan por un manejo virtuoso de la política y, por lo tanto, de los recursos públicos. Para Castañeda, dar cuenta del uso de los recursos públicos es una nimiedad. Una denuncia de Perú.21 a propósito del oscuro manejo de una deuda de la municipalidad con empresas privadas no ha merecido una comisión investigadora en esa institución. Para Keiko Fujimori, el manejo que el gobierno de su padre hizo de los recursos públicos no amerita preocupación alguna. La actual pobreza en cuanto a gobernar con la virtud no debe hacer olvidar esfuerzos importantes por instalarla como eje del quehacer público en el Perú. Haciendo un poco de historia, Haya de la Torre o Seoane, en el Apra; Mariátegui o Barrantes, en la izquierda; Víctor Andrés Belaunde, en la derecha; Paniagua, en el centro, y gente no partidarizada, pero vinculada a la cosa pública, como Pérez de Cuéllar, son ejemplos de que el ejercicio de la política, al margen de la ideología, puede encaminarse al “bien común”. “Los políticos griegos, que vivían en un gobierno popular, no reconocían más fuerza para sostenerlo que la virtud. Los políticos de hoy no nos hablan más que de fábricas, de comercio, de finanzas, de riquezas e, incluso, de lujo”, afirma Montesquieu, y lo último suena muy actual. En el Perú, la reforma de la política, sacándola de los intereses privados, tiene mucho que ver con instalar la virtud como principio de la democracia. Más virtud y menos demagogia se puede exigir luego de escuchar ayer al presidente Alan García afirmar “pienso en los pobres y no en los trabajadores estatales”.