Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Los años cincuenta del siglo XX fueron los últimos en los que las mujeres que no llegaban vírgenes al matrimonio fueron consideradas casi como unas putas. La sociedad era implacable con este tipo de conductas, sancionando a las que se salían de la norma. Hoy, la norma es todo lo contrario. Solo una minoría llega virgen al matrimonio y la inmensa mayoría de las mujeres tiene, antes de casarse, si es que se casan, una legión de partenaires con los que experimentan las delicias de los goces sexuales sin comprometer sus vidas, esto es, sin salir embarazadas. Ha sido el avance de la ciencia y de la técnica, con la invención de la píldora, la que ha hecho posible este cambio de conducta. Y hoy nadie, salvo nuestras abuelitas, lo ve mal. De esta misma forma, en los próximos diez años, nadie, salvo nosotros que ya seremos abuelitos, verá mal la interceptación particular de las comunicaciones ajenas y la exposición al fresco de esa intimidad. Y digo que nadie lo verá mal, ni siquiera los expuestos. Serán la ciencia y la técnica, una vez más, las que operen sin anestesia la mente de nuestra sociedad. Porque, ¿no es acaso un hecho cada vez más incontrovertible que la generación actual, nacida en el frenesí de la videomanía celular, en la impudicia del Facebook y en la imprudencia de la webcam, está compenetrada hasta la médula con el espíritu de la época: el voyerismo y el protagonismo? ¿Y no son acaso estos los heraldos que anuncian la muerte de la privacidad? ¿Acaso son casualidad los blogs, los realitys y el reinado periodístico de los gossip shows? ¿Alguien ha visto y entendido lo que significa CholoTube? Desde el momento mismo en que se ha puesto en debate la bondad o maldad de las interceptaciones telefónicas ilegales, dependiendo de las consecuencias que estas puedan tener para la moral pública, se ha roto ya el consenso necesario que debe tener la norma social que condena ese tipo de actividades. Es claro ver cómo, en el gremio periodístico, los que condenan sin ambages la ilegalidad del 'chuponeo’ y exigen sanciones, pertenecen, en su mayoría, a la generación de mi papá. Los que relativizan, en cambio, este hecho son los de la generación que me precede. Es decir, justamente aquellos formados en las tecnologías digitales y las nuevas mentes que de estas se derivan. En otras palabras, el camino está preparado para que, a fines de la próxima década, los sucesores del 'almirante’ Ponce Feijoo 'chuponeen’ sin sanciones morales y legales de ningún tipo; para que los 'chuponeados’ consideren a los 'chupones’ como parte del juego de la vida; y, finalmente, para que la opinión pública y la prensa digan al unísono, como hoy decimos de una madre soltera: ¿Y cuál es el problema?