Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
El obispo reaccionario Richard Williamson no cree en la verdad. Por lo menos no en las verdades oficiales selladas por la ley. Así, desde las catacumbas de la misa tridentina, el obispo inglés brama contra el Holocausto y, en efecto, dice que no existió. No murieron seis millones de judíos, afirma muy seguro el cura con cara de diablo. Apenas trescientos mil y, por supuesto, nunca hubo cámaras de gas. El Papa, que tiene cara de ángel, voz de canario y cachucha de Santa Claus, luego de haberlo readmitido en la comunión con Roma, le ha exigido que se rectifique porque, vaya, él, que sí fue SS, sabe de lo que está hablando y el Holocausto es innegable. Williamson exige pruebas. Si no hay pruebas no hay verdad, dice, mostrando el puño, para horror del mundo. Ahí está el detalle. En Europa, para ser más específicos en varios países de su Comunidad, es un delito, como en Alemania, negar o cuestionar la existencia del Holocausto. Esto significa, por lo menos sí en este caso, “el fin de la historia”. Todo está dicho ya. Así que el que diga lo contrario va preso. Y, en efecto, como para Williamson las pruebas de la verdad oficial son insuficientes y nadie puede cuestionarlas so pena de cárcel, entonces no se retracta, aunque esta semana ha pedido “perdón” por el daño que sus opiniones han causado a la Iglesia. Aquí, en el Perú, nos acabamos de enterar de que el Gobierno alemán, partidario número uno de las verdades oficiales, ofreció al Gobierno peruano una donación de dos millones de dólares para hacer un “museo de la memoria”, basado en el informe de la Comisión de la Verdad y de la exposición fotográfica Yuyanapaq (Para recordar). El ofrecimiento fue rechazado y duramente criticado por un sector de la prensa liderado por el diario La Razón. Al parecer, La Razón no cree en las verdades oficiales. Pero lo curioso es que, tratándose del Holocausto, no hay más verdad oficial que valga. Y, entonces, uno se pregunta confundido: ¿cuál es la diferencia entre un Mamani y un Wolfenson, torturados y asesinados por un malvado alemán nazi o por un desquiciado sinchi limeño o por un desalmado terruco ayacuchano? ¿Por qué sí el museo de la memoria Yad Vaschem, de Jerusalén, y el de aquí no? Mario Vargas Llosa ha dicho sobre el tema que es “un riesgo muy grande para la libertad intelectual –para la cultura–, y para la libertad política, reconocer a los gobiernos o parlamentos la facultad de determinar la verdad histórica, castigando como delincuentes a quienes se atrevan a impugnarla”. Tiene razón y le faltó incluir ahí a la prensa y a la Iglesia. O creemos en las verdades oficiales o no creemos. Todo lo demás es pura hipocresía.