Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Dos amigos rosarinos, uno famoso por su humor, pero ya desaparecido, y el otro famoso entre quienes lo conocemos por su portentosa memoria, me hicieron llegar, en su momento, relatos que quiero compartir. Estamos distraídos (Roberto Fontanarrosa). Mi amiga Coletta solía decir: “Estamos entrando en la edad del nunca me había pasado”. Y es así. Decimos: “Es curioso. Nunca me había pasado, me agaché a recoger un tenedor y se me trabaron cuatro vértebras de la columna”. Escuchamos: “Es notable. Nunca me había pasado. Mordí un caramelo de limón y un premolar se me partió en ocho pedazos”. Es que, así como se habla de un Primer Mundo y de un Tercero sin que nadie conozca a ciencia cierta cuál es el Segundo, nosotros hemos pasado de la Primera Edad a la Tercera sin recalar por la Segunda, y el cuerpo acusa recibo de tal apresuramiento. El tiempo mismo, incluso, ha tomado una consistencia gelatinosa, plástica, mutante... Calculamos: –“Cuánto hace que se mudó Ricardo a su nueva casa?”. Y arriesgamos: –“Tres, cuatro años”. Hasta que alguien, conocedor, nos saca de la duda: –“Catorce”. Suponemos ante el amigo encontrado ocasionalmente en la calle: –“Tu pibe debe de andar por los seis, siete años”. –“Tiene diecinueve”, nos contesta el amigo. –Vení, Tacho. Y nos presenta a una bestia de un metro ochenta, pelo verde, un clavo en la ceja y un cardumen de granos sulfurosos en la mejilla. Se corrobora, entonces, aquello que, dicen, decía Lennon: “El tiempo es algo que pasa mientras nosotros estamos distraídos haciendo otra cosa”. Y suerte que estamos distraídos haciendo otra cosa. Mucho peor es aburrirse. Es dulce rememorar ciertos momentos, pero más me entusiasma pensar en las cosas que tengo para hacer. Es que muchos de esos ciertos momentos son muy viejos. Y, por lo tanto, vale recordar el consejo dado por Javier Villafañe cuando alguien le preguntó cómo hacía para conservarse tan joven pasados los ochenta: “No me junto con viejos”, respondió el maestro. Y yo agrego lo que dijo Jean Louis Barrault: “La edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más esfuerzo”. Mi memorioso amigo Mario Aicardi me cuenta que un día, en Catalunya, almorzó en un restaurante de las estribaciones de las montañas catalanas. Allí leyó, escrito en lengua condal, lo que supuso el nombre del establecimiento. Por la noche, cenando en casa mi cuñada, le contamos a ella y a su esposo dónde habíamos estado. “¿Cómo se llama el restaurante?”, nos preguntaron. Apelando a mi facilidad para recordar, leí en mi memoria aquel cartel escrito en catalán y mi boca disparó: “Els Dimecras Tancat”. “Sí, sí, pero, ¿cómo se llama?”. No podía comprender tanta insistencia, si acababa de decirle clarito lo que decía el cartel. Fue cuando mi cuñado sentenció: “No me alcanza con que me digas que 'cierra los miércoles’; lo que te pregunto es el nombre”.