Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Según el mito griego, Kore, la joven hija de Zeus, y la diosa Deméter se encontraban en la pradera. De pronto –cuentan– la tierra se abre y el dios Hades la secuestra para hacerla su esposa, llevándola al centro de la tierra. Desesperadamente, Deméter la busca hasta que convence a Hades de que la libere. La hija se llama ahora Perséfone y tiene nuevos roles. Se llega a una solución: Perséfone pasará un tercio del año con Hades y dos tercios con la madre. El frío y la tristeza gobiernan cuando Perséfone está lejos de su madre y la tierra florece cuando están juntas. El mito trata sobre el vínculo quizás más complicado que existe: el de madre e hija. Una relación llena de amores, rencores e incomprensiones. ¡Cuántas mujeres refieren no poder estar cerca de su madre, pero sufren si se alejan! Imposibilidad y, a la vez, necesidad de estar juntas Kore, al convertirse en Perséfone, refleja la separación psíquica y dolorosa, pero necesaria, de la sentida como todopoderosa madre. Solo separándose de ella, una hija adquiere identidad propia, individualidad y libertad. “Vivía con mi madre, pero sentí que me separé cuando su voz ya no era autoridad sobre mí. Éramos paralelas”, dijo una paciente. La separación es larga y difícil, se vive como una gran pérdida. No es ruptura que hiere, es cirugía imprescindible. Cuando se da, la hija reconoce el amor dado por la madre sin negar el odio también presente. Podrá ser mejor que esta y cuidará a los hijos con la misma dependencia que ella tuvo. ¿La presencia materna desaparecerá? No, quedará como huella para retornar y extraer lo mejor que esta contenga, en diferentes momentos de la vida. ¿Y cómo se hace la separación? Quizás identificándose con lo mejor de la madre y 'des-identificándose’ con aquello que no sea apreciable.