Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
En los últimos años, la novela norteamericana ha sufrido la desaparición de algunas importantes figuras que dominaron en la segunda mitad del siglo XX: las de William Styron (2006) y Norman Mailer (2007) son dos de ellas. Hace unos días se sumó a esa lista la de John Updike. Tenía 76 años. Updike era un escritor marcadamente distinto de Styron, el notable representante de la novela sureña, quien nos dio obras magistrales como The Confessions of Nat Turner, la autobiografía ficticia de un esclavo negro, y Sophie’s Choice, sobre el exterminio de judíos en los campos de concentración nazis; mientras Mailer creó ambiciosas alegorías de la historia y de la vida política de su país, que eran un reflejo de su propio ego, tan desbordante como radical. Updike, al lado de estos dos, era una personalidad más libresca, más intelectual y estéticamente equilibrada. Expresó otra experiencia del mundo norteamericano: la del suburbio (término que no se refiere a una zona deprimida de la ciudad, sino a los pequeños pueblos rurales situados fuera de las áreas metropolitanas), un mundo que ha ido desapareciendo o dejando de ser el corazón del país, absorbido por el irresistible proceso de industrialización, que todo lo homogeniza con el monótono paisaje de los 'malls’, los moteles y los McDonald’s. Updike nació en Reading, Pennsylvania, típico ejemplo de esos pueblos que ya no son lo que fueron: en vez de un idílico y tranquilo lugar, ahora tiene almacenes y tiendas de descuento que atraen a miles de compradores de gangas. Pero, aun así, no se parece en nada a Filadelfia, una gran urbe a solo una hora de distancia. Las viejas raíces de origen holandés todavía se notan en un estado con las tradiciones puritanas y austeras de los cuáqueros, quienes dejaron su sello en toda esta zona, donde habitan sectas religiosas como las de los Amish, que prefieren los carruajes con caballos a los autos y la leña a la electricidad. Pero Updike estuvo lejos de tener una visión pastoral de ese mundo y mostró, más bien, sus hondos conflictos, malestares y crisis que perturbaban la vida privada de sus gentes. Había una curiosa y significativa contradicción en la contextura intelectual de Updike: amaba el suburbio (pasó la mayor parte de su vida en un tranquilo pueblo fuera de Boston), era un autor sofisticado y de gustos refinados, que se mezcló sin dificultad con los escritores y artistas del bullente mundo neoyorquino, agitado entonces por la generación de los 'beatniks’, el 'pop art’ y el expresionismo abstracto. Su vinculación con el cosmopolita New Yorker –donde comenzó a publicar muy temprano (primero como anónimo redactor de la sección Goings on the Town y, luego, con numerosos cuentos y otros textos) y siguió haciéndolo por medio siglo– fue intensa. Aún más importante que eso es el hecho de que su visión no se concentró (aunque tampoco lo excluyó) en las vidas de la élite intelectual, sino en las de gente común y corriente perteneciente a una modesta clase media, lo que le otorgaba un acento democrático, con héroes de la vida cotidiana, que podíamos ver por la calle. Y estos seres, que parecían tan simples y normales, sufrían traumáticas crisis personales, la pérdida de sus ilusiones juveniles y el amargo despertar a la realidad del fracaso. El centro de esos conflictos es la relación conyugal, con sus infidelidades, insatisfacciones y devastadores divorcios. Es decir, el trasfondo sexual de sus vidas y las urgencias del deseo, como puede verse en Couples (1968). En ese sentido, su obra guarda ciertas semejanzas con el mundo de Philip Roth, otro notable novelista de su generación. Descubrí a Updike leyendo Rabbit, Run (1960), su segunda novela, que me impresionó por la elegancia poética de su prosa, tan distinta del realismo directo y desnudo cultivado por los nuevos novelistas estadounidenses de entonces. El héroe, un joven apodado 'Rabbit’ por su agilidad como jugador de basquetbol, era un personaje que encarnaba de modo convincente los mitos y los sueños propios de la civilización americana, que tanto exalta los valores de la energía deportiva y el triunfo. El personaje protagonizaría la trilogía que Updike completó con Rabbit Redux (1971) y Rabbit is Rich (1981). Updike fue un autor enormemente prolífico: aparte de docenas de novelas, publicó muchos libros de cuentos y de poesía, incontables artículos y varios volúmenes de crítica de arte, entre ellos los que publicó en The New York Review of Books durante décadas. Dotado de una gran disciplina intelectual, se propuso publicar al menos un libro al año y cumplió con ese propósito (lo cual no deja de tener sus riesgos). En tan vasta producción hubo, por supuesto, cambios y altibajos. Encaró nuevos temas, tan diversos como la brujería, aventuras en África y Brasil, y el terrorismo. Pero, esencialmente, se mantuvo fiel al mundo suburbano que conoció en su infancia. Tenia la virtud fundamental del buen escritor de ficciones: la de convertir cualquier asunto, por menudo que fuese, en algo interesante, a lo que se añadía siempre el soplo lírico y prolijo de su prosa. Pero quizá no siempre supo ir más allá del ámbito provinciano y sus gentes promedio que quería representar. Quiero decir que, siendo un buen narrador, le faltó cierta grandeza. En eso creo que Styron fue mucho más lejos y, si lo comparamos con los novelistas hispanoamericanos, no alcanza el volumen sinfónico de Carpentier, la perversa hondura introspectiva de Onetti ni la fuerza trágica de Rulfo. De lo que no cabe duda es de que fue un cabal hombre de letras, que no hizo otra cosa que escribir. John Updike murió el 27 de enero de 2009 en un hospital de Boston, de cáncer pulmonar.