Además:

Universidad y Católica

2011/10/05
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Es ineludible pronunciarse sobre la actual disputa entre la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y el Arzobispado de Lima. La universidad acaba de reafirmar sus estatutos, Cipriani la acusa de rebeldía laica, la lid va de los corredores judiciales a la sede papal. Con honradez meridiana, sostengo que me une a la PUCP el amor de un graduado por su alma máter. Imposible no amar sus caminos transitados, su Biblioteca, sus pasadizos y sus aulas. Hasta las cafeterías me invaden con su aura académica, donde el sabor, la exquisitez y el intelecto se unen en un ritual peculiar. El catolicismo se expresa en sus actividades extraacadémicas. El complemento entre el elemento humanista y católico de la PUCP es equilibrado. La universidad será “Universidad” mientras mantenga ese equilibrio, mientras siga vigente la universalidad y la pluralidad, mientras pervivan la duda, la investigación y el debate. Universidad es exposición, no adoctrinamiento, lo es cuando el maestro expone todas las posiciones. Ya no lo es cuando impone su doctrina. Para la doctrina existen los servicios extraacadémicos, las misas, los magisterios evangélicos fuera de aulas. Sin embargo, el aula no debe dejar de ser un recinto sagrado en su universalidad, su pluralidad, su libertad, su pureza intelectual y su amor al saber (por el saber mismo, desde luego). Inspiraron este artículo los recientes videos grabados por la PUCP, con Alberto Ísola y Jorge Heraud como protagonistas (“Yo amo a la PUCP”, verlos también en www.raul.lamula.pe). Los videos me condujeron a reflexionar sobre el significado de la Universidad, que no debe ser visión académica marxista, por cierto, pero tampoco unívocamente religiosa en el claustro. La opción de la cátedra no es concientizar al estudiante sino inducirlo a ejercitar el razonamiento y a buscar la verdad apenas por la verdad misma. Sin esa condición, no existe la “Universidad”.