Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Los crucifijos en países como el nuestro, o en el resto de América Latina, y en algunos europeos como España e Italia, tienen un arraigo ancestral, mágico. Tienen connotaciones religiosas, esotéricas y, por cierto, culturales. El arriba firmante debe confesar, por ejemplo, que cuando era aún más joven de lo que es ahora, hace no muchos años, o sea, creía fanáticamente en que la cruz expresaba el símbolo de la divinidad. Como sea. El tema viene a cuento porque, hacia fines del año que se acaba de ir, en Europa, pasó algo con las cruces que puede traer cola. Si no se enteraron, se los narro. La Corte Europea de los Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, emitió una sentencia histórica en la que, en síntesis, decía que la presencia de crucifijos en los colegios (públicos) constituye “una violación a la libertad religiosa de los alumnos”. Es la primera vez, hay que decirlo, que dicho tribunal se pronuncia sobre la presencia de artefactos religiosos en las escuelas. Y lo hace a propósito de un recurso que presentó una ciudadana italiana de origen finlandés, llamada Solie Lautsi, quien en 2002 le pidió al instituto público Vittorino da Feltre, de Abano Terme (Padua), donde estudiaban sus dos hijos, que retirara los crucifijos de sus aulas. El colegio le dijo que de ninguna manera y, de propina, la miraron con desprecio. Tras la negativa, Lautsi recurrió, también sin éxito, a los tribunales italianos, los cuales dictaminaron que la cruz tiene “una función simbólica altamente educativa”. Nada contenta con ello, finalmente, la tenaz ítalo-finlandesa acudió a Estrasburgo, donde los jueces le han dado, ahí sí, toda la razón. Y más. La sentencia condena incluso al Estado italiano a pagar una indemnización de cinco mil euros a la mujer por los “daños morales” sufridos; y ahora lo que empezó como una pequeña ola se está convirtiendo en tsunami. Lo relevante en esta historia es que la sentencia de Estrasburgo, como ha señalado el diario El País, “marca la pauta a seguir en la interpretación de la legislación sobre derechos humanos que los estados de la Unión Europea se han comprometido a respetar y frente a la que no caben interpretaciones jurisprudenciales internas o lecturas condicionadas a los intereses políticos o motivaciones ideológicas del gobierno de turno”. El gobierno de Berlusconi, con el estilo ríspido que le caracteriza, ha cuestionado el fallo. El crucifijo es “un símbolo de nuestra tradición”, ha dicho, y está viendo la manera de escamotear la sentencia. No obstante, el brazo largo del tribunal llegó a España. La Comisión de Educación del Congreso español aprobó en diciembre una proposición solicitando que el Gobierno traslade al ordenamiento jurídico interno las disposiciones de la sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos, que debería empezar a regir, en primer lugar, en Italia. El gobierno de Zapatero se ha comprometido a estudiar el caso, y el PP, el partido del opositor Rajoy, ha saltado hasta el techo, aunque, la verdad, es el único que ha reaccionado. El resto de agrupaciones políticas está de acuerdo con el fallo. Por lo demás, el debate promete ser encendido. El escritor español Antonio Gala, verbigracia, no cree en la función educativa del crucifijo. “¿Por qué? ¿Por la representación de un sacrificio inútil? ¿Por haberse esgrimido para tanta persecución, tanta muerte, tanta prohibición retrógrada contradicha por la ciencia?”, inquiere. La periodista Maruja Torres, de pensamiento similar, apunta a vuelapluma: “En la tradición europea, la cruz sigue hundida en la empuñadura de la espada. En las escuelas públicas representa el poder de quienes discriminan a las mujeres y a los homosexuales, por no ir más lejos. Y su aspecto de instrumento sadomaso para creyentes no inquieta menos que pongamos un turbante colgado de una cimitarra”. En la otra orilla, la Iglesia Católica ha reaccionado como un resorte. “Están tocando al símbolo más sagrado del cristianismo”, ha espetado. “¿Se piensa hacer lo mismo con otra multitud de símbolos religiosos presentes en las calles y otros lugares públicos y que forman parte de la historia y la cultura del pueblo español?”, se preguntan los educadores católicos. Pues así están las cosas, les digo. Calientes como el infierno.