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Política | Mié. 18 nov '09
Tu fama que no es tuya
Es penetrante la explicación que Robert Pattison, el actor de “Crepúsculo”, ha dado para su fama: “No es a mí, sino al personaje al que adoran”. Conscientemente o no, con su frase Pattison da en el clavo de lo que es la fama (y no sólo la de los actores): algo que los demás piensan respecto de alguien que tiene tu cara, tu voz, tus gestos, tu cuerpo y/o hasta tu nombre, pero que no eres tú. Que no eres tu, no necesariamente porque se trata de alguien que tu finges ser, como en el caso de los actores; sino porque es siempre alguien parcial, hecho sólo de un lado tuyo que has mostrado frente al público y que a este le ha gustado como para, cediendo a la persistente tentación del ídolo, proyectarlo sobre la totalidad tu ser.
Creerte tu fama es hacer lo contrario de Pattison (si es sincero) y pensar que ese personaje que los demás idolatran eres de verdad tú. Es, en otras palabras, engañarte, pisar el palito que tu narcisismo tiene puesto permanentemente frente a ti, y olvidarte de todos esos momentos de inseguridad, rabia, tristeza, envidia, miedo, torpeza, debilidad, en fin, que invariablemente te acompañan, aunque los otros no los vean, y sin los cuales, en muchos casos, como en el de los artistas, nunca hubieras destacado en eso que te hizo famoso en primer lugar.
A los demás nos impresiona, desde el suelo más o menos anónimo donde trascurren nuestra vidas, cuando vemos caer, como una pobre piedrita cualquiera, a una de esas estrellas que parecieron brillar tan intensas, tan lejos. Y suele sorprendernos una Marilyn Monroe o un Heath Ledger, muriendo de pronto y solos, atiborrados de las pastillas con las que desesperadamente y durante años intentaban conseguirse unas horas felices, como si finalmente les hubiera dado alcance un fantasma predador que, invisible a nuestros ojos, los hubiese estado persiguiendo por todas esas alfombras rojas.
¡Y sin embargo es tan lógico! La fama, después de todo, es una mirada de los otros. Cuanto más fuerza tenga ésta sobre nuestras vidas –cuanto más de lo que nos importa en ellas y, peor aún, cuanto más de nuestra propia idea de nosotros mismos, dependa de esta opinión–, más dependemos de unos otros que, al menos en el caso de los famosos, son tan ubicuos como exigente con sus fantasías.
Comoquiera que por mucho que nos creamos lo que nos dice la fama siempre hay un nivel en la soledad de nuestras entrañas en el que sabemos que es mentira y tememos ser descubiertos (sobre todo por nosotros mismos), tiene que acabar siendo la brecha entre la mentira de nuestra fama, que nos jala con sus promesas, y el pánico a nuestra realidad, que tironea desde el otro lado con sus amenazas, donde se abre el abismo que, debajo de sus brillos y para el desconcierto de sus admiradores, acaba tragándose a tantos famosos.
Creerte tu fama es hacer lo contrario de Pattison (si es sincero) y pensar que ese personaje que los demás idolatran eres de verdad tú. Es, en otras palabras, engañarte, pisar el palito que tu narcisismo tiene puesto permanentemente frente a ti, y olvidarte de todos esos momentos de inseguridad, rabia, tristeza, envidia, miedo, torpeza, debilidad, en fin, que invariablemente te acompañan, aunque los otros no los vean, y sin los cuales, en muchos casos, como en el de los artistas, nunca hubieras destacado en eso que te hizo famoso en primer lugar.
A los demás nos impresiona, desde el suelo más o menos anónimo donde trascurren nuestra vidas, cuando vemos caer, como una pobre piedrita cualquiera, a una de esas estrellas que parecieron brillar tan intensas, tan lejos. Y suele sorprendernos una Marilyn Monroe o un Heath Ledger, muriendo de pronto y solos, atiborrados de las pastillas con las que desesperadamente y durante años intentaban conseguirse unas horas felices, como si finalmente les hubiera dado alcance un fantasma predador que, invisible a nuestros ojos, los hubiese estado persiguiendo por todas esas alfombras rojas.
¡Y sin embargo es tan lógico! La fama, después de todo, es una mirada de los otros. Cuanto más fuerza tenga ésta sobre nuestras vidas –cuanto más de lo que nos importa en ellas y, peor aún, cuanto más de nuestra propia idea de nosotros mismos, dependa de esta opinión–, más dependemos de unos otros que, al menos en el caso de los famosos, son tan ubicuos como exigente con sus fantasías.
Comoquiera que por mucho que nos creamos lo que nos dice la fama siempre hay un nivel en la soledad de nuestras entrañas en el que sabemos que es mentira y tememos ser descubiertos (sobre todo por nosotros mismos), tiene que acabar siendo la brecha entre la mentira de nuestra fama, que nos jala con sus promesas, y el pánico a nuestra realidad, que tironea desde el otro lado con sus amenazas, donde se abre el abismo que, debajo de sus brillos y para el desconcierto de sus admiradores, acaba tragándose a tantos famosos.
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