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Política | Vie. 20 nov '09
Tu envidia es mi progreso
En medio de esta compleja historia de compra de armas y espionaje, el presidente García salió a poner la cuota provocadora sugiriendo que el vecino país del sur nos manda espías porque envidia nuestro progreso. Estaba obviamente picando a los chilenos –y lo logró dado el calibre de las respuestas y comentarios en la prensa 'mapocha’–, pero también, hay que decirlo, estaba jalando agua para su molino. Es decir, al estilo “un comercial y regreso”, nuestro mandatario aprovechaba el pánico para hacerse propaganda sobre aquello de que el Perú avanza y de que somos la estrellita de la región.
¿Debió el presidente tomarse la licencia de bromear con este tema? Hay que subirnos la moral, y en tiempos de tensión está bien pavonearse. Buena falta que nos hacía, pues en otras oportunidades hemos respondido a las agresiones de Chile (muestras de xenofobia contra peruanos, experimentos de guerra en la frontera, declaraciones impertinentes de sus políticos) con una pacatería tal que, la verdad, un poco de firmeza no estaba de más.
Sin embargo, una cosa es firmeza, como la demostrada por el presidente García en su mensaje a la Nación, en el que exigió a Chile una investigación seria y rápida sobre el caso de espionaje, y otra la provocación gratuita, y no muy realista, según la cual nuestros vecinos nos odian y por eso chismosean en nuestra casa. Curiosamente, estamos ante dos Garcías: el que el 16 de noviembre anunciaba frente a todo el Perú (y Chile) que iba a tratar el asunto del espionaje “con la mayor serenidad y objetividad posibles” versus el del 18 de noviembre, que ve agazapadas tras la puerta a comadres envidiosas que no pueden soportar nuestro éxito.
El tema no es especialmente grave, pero sí creo que es delicado. En primer lugar, no hay que azuzar tanto la pradera cuando en Chile hay una colonia de más de 25 mil peruanos que podrían verse expuestos a ataques xenófobos. El racismo en Santiago existe, y en contextos como estos nunca faltan los desadaptados (acá también los tenemos) que en un arranque de nacionalismo agredan a alguno de nuestros compatriotas.
En segundo lugar, estoy segura de que en Chile envidian nuestro pisco, nuestra comida y muchas otras bondades que poseemos, pero en materia de desarrollo, nos guste o no, su economía sigue siendo 40 veces más grande que la nuestra, y todavía nos falta mucho para alcanzar (y esa debe ser nuestra verdadera guerra) sus niveles en educación y salud.
En tercer lugar, y tal vez esto es lo más delicado, Chile se ha esmerado en ningunear el tema del espía. Poco les ha faltado para decir que Víctor Ariza es producto de nuestra imaginación y, en ningún momento, la presidenta Bachelet ha mostrado preocupación o un espíritu colaborador. Han dicho “no espiamos” y punto.
Si queremos que empiecen a actuar de acuerdo con la gravedad del caso, y tomen nuestras demandas en serio, tal vez no vendría nada mal hacer las bromas a un lado y volver a fruncir el ceño.
¿Debió el presidente tomarse la licencia de bromear con este tema? Hay que subirnos la moral, y en tiempos de tensión está bien pavonearse. Buena falta que nos hacía, pues en otras oportunidades hemos respondido a las agresiones de Chile (muestras de xenofobia contra peruanos, experimentos de guerra en la frontera, declaraciones impertinentes de sus políticos) con una pacatería tal que, la verdad, un poco de firmeza no estaba de más.
Sin embargo, una cosa es firmeza, como la demostrada por el presidente García en su mensaje a la Nación, en el que exigió a Chile una investigación seria y rápida sobre el caso de espionaje, y otra la provocación gratuita, y no muy realista, según la cual nuestros vecinos nos odian y por eso chismosean en nuestra casa. Curiosamente, estamos ante dos Garcías: el que el 16 de noviembre anunciaba frente a todo el Perú (y Chile) que iba a tratar el asunto del espionaje “con la mayor serenidad y objetividad posibles” versus el del 18 de noviembre, que ve agazapadas tras la puerta a comadres envidiosas que no pueden soportar nuestro éxito.
El tema no es especialmente grave, pero sí creo que es delicado. En primer lugar, no hay que azuzar tanto la pradera cuando en Chile hay una colonia de más de 25 mil peruanos que podrían verse expuestos a ataques xenófobos. El racismo en Santiago existe, y en contextos como estos nunca faltan los desadaptados (acá también los tenemos) que en un arranque de nacionalismo agredan a alguno de nuestros compatriotas.
En segundo lugar, estoy segura de que en Chile envidian nuestro pisco, nuestra comida y muchas otras bondades que poseemos, pero en materia de desarrollo, nos guste o no, su economía sigue siendo 40 veces más grande que la nuestra, y todavía nos falta mucho para alcanzar (y esa debe ser nuestra verdadera guerra) sus niveles en educación y salud.
En tercer lugar, y tal vez esto es lo más delicado, Chile se ha esmerado en ningunear el tema del espía. Poco les ha faltado para decir que Víctor Ariza es producto de nuestra imaginación y, en ningún momento, la presidenta Bachelet ha mostrado preocupación o un espíritu colaborador. Han dicho “no espiamos” y punto.
Si queremos que empiecen a actuar de acuerdo con la gravedad del caso, y tomen nuestras demandas en serio, tal vez no vendría nada mal hacer las bromas a un lado y volver a fruncir el ceño.