Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Para un año que empezó con una depresión, el 2009 ha terminado con entusiasmo. El crecimiento anual ha sido ligeramente superior a lo esperado, gracias a la actividad de los últimos dos meses. Con ello, un año decepcionante ha cerrado recuperando el optimismo que había extraviado. Por otro lado, tomando en cuenta la equivocada decisión de enfriar la economía en el 2008, lo cual nos costó 3 o 4 puntos de crecimiento, el debate parece concentrarse en la necesidad de mantener el estímulo fiscal. Muchos, pensando en no tropezarse dos veces con la misma piedra, plantean continuar aumentando el gasto, creo que eso sería, sin duda, un grave error. A diferencia del entorno anterior, que requería del impulso fiscal para compensar una caída en picada de la confianza empresarial, que paralizó la inversión, en la actualidad, las expectativas empresariales están en ascenso. Más bien, lo que se requiere es consolidarlas, dándoles un horizonte con medidas que fortalezcan el largo plazo. Mantener un ritmo acelerado de concesiones, eliminar aranceles, reducir burocracia, reformar el mercado de capitales, apoyar los proyectos mineros ante la población, son algunas de las iniciativas que el Gobierno podría tomar para reforzar la confianza del sector privado. Mientras que en el caso del gasto público ocurre lo contrario, y el ser activo causaría daño. Ya no existe ni el recuerdo del superávit que había hace un año, y este ha sido reemplazado por un déficit fiscal que es el doble de lo que permite la ley. El aumentarlo aun más generaría desconfianza en los mercados ya que una de las fortalezas de nuestro país ha sido la prudencia con la que se han manejado las cuentas del Estado. Incluso, la inversión pública se ha doblado, por lo que es muy probable que la calidad se haya deteriorado, mientras que los gobiernos –central, municipal y regional– ya no tienen capacidad para ejecutar ningún presupuesto adicional. Insistir en aumentar el gasto público no solo es innecesario, sino que se estaría echando valiosos recursos al tacho. Así que si no se quiere volver a tomar una decisión equivocada, en esta ocasión se debe buscar de aumentar la confianza empresarial, mientras se contiene la fuerte expansión que se dio en el gasto estatal. La garantía de estabilidad que da el tener cuentas fiscales equilibradas es la mejor manera de fomentar la inversión.