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La tristeza del atún

2009/07/05

Un hombre aburrido de muerte. Destruido mas no derrotado del todo. Un hombre atrapado en medio del océano inmóvil de la molicie cotidiana. Y ante él, todo el esplendor de su desesperanza sumergida en agua con sal, comprimida al vacío en la epifanía de una latita de conservas que resplandece en el centro de la mesa cual si fuese la última voluntad de un sentenciado. Un hombre y su lata de atún. He ahí toda la soledad que haya existido alguna vez sobre la tierra.

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Como si intentara imitar a esos gatos perezosos de los dibujos animados, el año 2004 me alimenté casi exclusivamente de atún. Malvivía en la abotagante, estúpida Miami y por entonces, hay que reconocerlo, andaba jodido y, en consecuencia, gordo y, en consecuencia, solitario, rasgo este que empeoraba esa natural tendencia a hacerla trágica que algunos de mis críticos confunden con deformación profesional. No exagero un pelo cuando digo que aquel año comí atún enlatado durante todos los almuerzos y las cenas. Tampoco me sobraban razones para dedicarme al cultivo de los goces sibaritas. Nunca el ideal de bon vivant habíame parecido tan lontano, ni nunca tan aterradoramente próximo el de survivant. A falta de auto, me había prestado una bicicleta montañera que solo usaba para hacer supermercado. A falta de empleo, escribía para Lima una dignísima columna como esta. Y a falta de la sabiduría y las pelotas necesarias para optar por la eutanasia, me había impuesto a mí mismo una obligación imaginaria: completar las 300 páginas de una novela resabiosa y renegrida. Chicken of the Sea era mi marca de atún favorita. No porque fuera especialmente sabrosa, pues ni el más remoto gusto a mar tenía. Creo que ni siquiera era atún. Aquello no pasaba de ser una zonza conserva de albacora en agua con sal. Tampoco la escogía porque fuera la más barata si no solo porque el nombre me gustaba. Porque, como todo el mundo sabe, significa, literalmente: Pollito del Mar. Y ese solo apodo etiquetado en cada lata propiciaba en mí la misma cretina ternura que sentía el náufrago Tom Hanks por su amigo Wilson, el providencial balón de fútbol gringo que había salido ileso del avión de FedEx siniestrado: How are you today, my little Chicken of the Sea? Una vez por semana, (y siempre por las noches para sudar menos), pedaleaba hasta el Winn Dixie más cercano y, como quien compra Purina para engordar a sus mascotas, me echaba a la espalda siempre la misma abultada dotación del citado producto hidrobiológico: una caja de 24 latas. Compraba también una docena de huevos rojos, cebollas blancas, (porque rojas nunca había), varios atados de cilantro (así se dice), unos tomates paliduchos y unos desmesurados limones gringos desabridos. El resto de la despensa eran galletas saltinas, Nescafé, tallarines de todos los grosores y, por supuesto, helados: galoneras de helados Ben & Jerry, estupendo antídoto contra la depresión. Ben & Jerry, Chunky Monkey, salpicado con obscenos trozos de plátano y chocolate. Quienes sostienen que no hay soledad mayor que la de enfrentarse a la página en blanco, nunca se han asomado al indescriptible abismo existencial que se instala en el alma de un hombre que enfrenta, a solas, su lata de atún. ¿Puede existir prueba más dura que esa? Un hombre. Una lata de atún. He ahí toda la desolación de la galaxia. –No tiene ningún sentido cocinar para uno– era lo que siempre había escuchado decir a las mujeres de mi familia cual si se tratase de una norma universal y vaya que la cumplí a pie juntillas en los primeros meses de mi exilio. Tampoco quedaba alternativa: todo el menaje de mi cocina se reducía a una montaña de envases plásticos del grasiento junk food con que previamente había atiborrado mis arterias y a mi muy leal cuchilla Swiss Army (que, aparte de saca-corcho y abrelatas, contaba con providenciales cuchara y tenedor). Conscientes de que solo nos teníamos el uno al otro, Pollito del Mar y yo renovábamos nuestros fervientes votos de hermandad cada vez que llegaba el almuerzo que, dependiendo del hambre, podía ser cualquier hora porque, al interior de la ermita de Santa Rosa de Lima, el tiempo se diluye inexorablemente hasta desaparecer. Como un minúsculo ovni que hubiera acabado de aterrizar dispuesto a salvarme del reino de las tinieblas, P del M resplandecía redondito al centro de esa mesa sin comensales, esa mesa tan poco american way of life, tan poco Miami Beach y tan Vallejo: He almorzado solo ahora, y no he tenido madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua. Yo abría la lata en silencio y con cierta innecesaria gravedad, devoraba su aguachento contenido como un viejito que hiciera buches con la papilla. Nunca lo condimentaba ni lo acompañaba con nada, me comía el atún tal cual, directamente de la lata. Y nadie me cree que, al hacerlo, me fortalecía, contribuía a mantener mi vapuleado ánimo en pie creándome la falsa ilusión de que todo era solo cuestión de días, que esa temporada infame pronto pasaría. Pero conforme avanzaban los meses y nada cambiaba, Pollito del Mar comenzaba a recibir sus primeras gotas de limón, luego su culantro y, después, su cebollita. Y así, poco a poco fue mutando hasta adoptar las formas más sofisticadas: saltados, ensaladas, pastas, pasteles, causas, omelettes… Pero un año después, por fin, terminé mi novela. Esa noche, celebrando tan humilde triunfo en el placer de mi inevitable compañía, desplegué impecables manteles y servilletas, cubiertos, copas y hasta flores. Descorché –imitando al escritor de Misery– un magnífico champán y me senté a la mesa a disfrutar, por primera vez en tanto tiempo, de mi opus magna: un soberbio pepper steak (como no podía ser de otra manera: medium rare), con su ensalada de arúgula y peras grilladas al balsámico de higos. Lo tenía tan bien ganado que, en cuestión de segundos, me lo devoré completo yo solito. Qué exquisitez, caracho, qué delicia. Nada como un buen bistec de atún.