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La tormenta perfecta

2010/10/25
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Hace un año, mi ex esposa me dijo que ella y nuestras dos hijas, que vivían en una casa en el barrio de Camacho, debían mudarse a San Isidro. Sorprendido, les pregunté por qué querían mudarse si hacía poco habían terminado de hacer refacciones y la casa había quedado linda y tenía un jardín precioso y las niñas tenían allí sus animales: una tortuga, loros y canarios, perros, gatos, conejos; y en general me parecía que esa casa, donde las tres habían vivido desde 1995, era un lugar tranquilo, agradable, rodeado de flores exóticas, y a pocas calles del colegio donde estudian nuestras hijas, lo que resultaba muy conveniente. El argumento que esgrimieron Sandra y su distinguida madre fue brutal: “Tenemos que irnos de acá porque este barrio se ha choleado”. Esto era algo que ya venía diciendo en tono quejumbroso la madre de Sandra, que se lamentaba de que hubiesen construido un edificio no muy lujoso, digamos mesocrático, enfrente de su mansión. Como advertí que Sandra y mis hijas estaban impacientes por dejar la casa tan bonita en la que habían vivido los últimos quince años, y como ellas se habían obsesionado con el tema de la mudanza y pasaban los fines de semana visitando edificios en construcción en San Isidro, terminó siendo inevitable para mí ceder a sus presiones y resignarme a comprarles el departamento que, todavía en obras, ellas eligieron. Pusilánime como soy, y enemigo de las riñas y los pleitos como soy desde niño cuando veía reñir y pelear a mis padres, me dije: Si van a ser tan felices en ese departamento, cómpralo y demuéstrales que, aunque no estás de acuerdo con la mudanza, prevalece tu amor por ellas. En efecto, compré no sólo ese departamento, sino que, en un momento de entusiasmo, compré también el de arriba, no pensando en que viviría allí, porque yo vivía en Miami y era feliz en Miami, sino en que ese departamento podía resultar un lugar propicio para que mis hijas pudieran hacer sus fiestas y alborotos. Pues compré los departamentos y Sandra los decoró con buen gusto y las niñas se mudaron y alejaron del barrio de Camacho y yo terminé durmiendo en el piso de arriba los fines de semana que venía a Lima. Todo parecía luminoso y prometedor y reinaba la paz y la armonía entre los cuatro. Hasta ese momento sólo había una víctima: la perra Bombón, que Paola había comprado cuando vivían en Camacho, y que Camila odiaba, y que todos menos Paola nos opusimos a que viniera al edificio de San Isidro. Muy a pesar de Paola, la pobre Bombón (con quien yo ya me había encariñado) se quedó en los jardines de Camacho. Paola fue noble y generosa y aceptó apenada que Bombón se quedase en Camacho y Camila tomó como un triunfo personal que por fin Bombón no estuviera molestándola más. ¿Quién hubiera presagiado que Bombón sería la primera perra humillada en esta historia de perras? A poco de mudarse, Camila nos sorprendió: un buen día apareció con una perra recién nacida, a la que llamó Nana, que dijo haber comprado en la calle Miguel Dasso, a sólo veinte soles. Sandra, Paola y yo nos quedamos extrañados, porque era Camila quien más había odiado a la perra Bombón, y por eso le dijimos que no nos parecía una buena idea que su cachorrita Nana se quedara a vivir en el departamento, pero Camila nos prometió que la tendría pocos días y luego Nana se iría a vivir a casa de un amigo. Pasaron, sin embargo, dos cosas que, al parecer, obligaron a Camila a cambiar de planes: su amigo dejó de ser su amigo o se rehusó a recibir a Nana, y Nana empezó a crecer y Camila y Paola se encariñaron con ella y entonces Camila me dijo que Nana se quedaría a vivir en el departamento de abajo. Me opuse con cierta virulencia, pero Sandra opinó que Camila estaba sufriendo mucho debido a que yo me había enamorado de Silvia y la había embarazado, y para compensar ese sufrimiento, la perra Nana debía quedarse con Camila. Pues bien, no me quedó más remedio que aceptar que la afortunada Nana (bastante más fea que Bombón) se quedase a vivir en el piso de abajo, con mis hijas y Sandra, muy a mi pesar. Hasta ese momento había ya dos perras en la historia: Bombón, exiliada en Camacho a pesar de su impecable pedigrí, y Nana, comprada a un ambulante por Camila y adoptada por la familia. Luego vino la parte más áspera de esta perra historia. El otro día, Paola, recién llegada de Paracas, me pidió dinero para ir a Máncora. A su turno, Camila, también llegada de Paracas, me pidió dinero para ir a Punta Cana. Pensé: Dios, cuando yo estaba en el colegio no se me daban tantos viajes, pero, hey, la vida cambia y paga nomás. Bajé y les dejé el dinero y me eché en la cama de Paola y me quedé mirando a Nana, que me observaba con manifiesta hostilidad. De pronto entró Sandra y al ver su rostro me pareció evidente que no estaba pasando por un buen día. Temí lo peor, la tormenta perfecta. Mis temores no eran infundados. Exasperada, Sandra me exigió que pusiera a su nombre el departamento en el que ella vive con nuestras hijas y que pusiera el departamento en el que yo duermo arriba a nombre de nuestras hijas. Quedé aturdido por su ofuscada petición. Dije que lo segundo me parecía imposible porque nuestras hijas son menores de edad. “Entonces les das el departamento como adelanto de herencia”, dijo Sandra. “Pero lo lógico sería que lo heredasen cuando me muera, y todavía estoy vivo”, me defendí. Luego añadí: “Si cumplo tus exigencias, me quedaría sin casa en Lima y este departamento de abajo pasaría a ser tuyo y si tú te casas y no firmas una separación de bienes, pasaría a ser a medias de tu esposo. De modo que tu plan no me parece bueno. Si quiero proteger mi patrimonio y la futura herencia de mis hijas y tener una casa en Lima, prefiero dejar todo como está y ahorrarme los miles de dólares que costarían los traspasos legales”. Sandra no es mujer de andar con rodeos: “Entonces nos vamos de esta casa”. Le dije que si se mudaban de nuevo, el departamento quedaría vacío, deshabitado, y que no había razón para tal atropello o brusquedad. Fue entonces cuando Sandra me acusó de que ya no quiero a mis dos hijas porque ahora sólo quiero a Silvia y al bebé que ella tendrá en abril. Le dije que eso era un disparate, que yo amo a mis dos hijas y también a Silvia y al bebé en camino, y que si estaba en el cuarto de Paola en ese preciso instante era porque había bajado a darle dinero para su viaje a Máncora y, de paso, darle dinero a Camila para su viaje a Punta Cana, lo que podría, en un caso extremo (y este lo era), presentar ante un jurado como pruebas de amor a mis hijas. Luego vino lo que podríamos llamar “el momento Melcochita”. En tono airado y con los ojos desorbitados, Sandra sostuvo que el bebé de Silvia no era mío, que yo era un cornudo, que Silvia era una promiscua que tenía sexo con otros hombres y que me había adjudicado un bebé que no era mío y que yo, tan imbécil, le había creído. Perplejo, pregunté: “¿Me estás diciendo que Silvia me ha hecho la gran Melcochita?”. Por suerte, Paola sonrió y escuché desde la cocina las risas ahogadas de las empleadas. “¿Me estás diciendo que soy Melcochita?”, insistí, levantando la voz, no tanto porque estuviera molesto (estaba sedado) sino porque quería que las empleadas se riesen. “Sí, te estoy diciendo que el hijo de Silvia no es tuyo y que eres un imbécil por creerle”, bramó Sandra. “¿Y cómo puedes probar eso?”, pregunté. “¡Porque sé que Silvia es una prostituta!”, gritó Sandra. Luego añadió una frase inolvidable: “¡Silvia es una perra más chusca que Nana!”. En ese momento, Nana dio un respingo y se sobresaltó, pues advirtió que habían pronunciado su nombre de un modo chillón y enfurecido, y tuvo la inteligencia de suponer que si habían aludido a ella, había sido con rabia, y por eso me miró e hizo un mohín como diciendo “no entiendo qué están discutiendo, pero yo no tengo la culpa de nada”. No olvidaré las palabras de Sandra, pero sobre todo la cara de pasmo de Nana cuando escuchó su nombre. Luego Sandra se marchó haciendo retumbar sus tacos. Le pedí disculpas a Paola por la discusión que había tenido que soportar. Acaricié a Nana para mitigar su culpa. Pensé: bien, a esto hemos llegado: soy Melcochita y Silvia es una perra más chusca que Nana. Pensé: Dios, esta casa se ha convertido en una perrera y yo, en Melcochita. Más tarde, Silvia me dijo riéndose: “Cuando nazca el bebé, lo primero que haremos será una prueba de ADN y cuando se confirme que es tu hija o tu hijo, le mandaremos la prueba enmarcada a Sandra”. “A Sandra y, por las dudas, también a Magaly”, dije.