Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Este diario aún es joven pero ya está curtido en la tarea de enfrentar con paciencia, entereza y buen humor, los ataques, diatribas y amenazas de políticos que –como Jorge del Castillo ahora– se sienten perjudicados por lo que publicamos en estricto respeto del ejercicio decente del periodismo. Frente al audio divulgado ayer en Perú.21 –por las razones editoriales ya explicadas en esta columna–, Del Castillo reconoce la autenticidad de la conversación entre Rómulo León y su secretaria, pero, sin el menor rubor y con tono amenazante, pretende invalidar lo publicado por el hecho de que no se le llamó antes para obtener un comentario suyo. Siempre tratamos de obtener un comentario de 'la otra parte’. Pero hay excepciones, como en este caso por razones que el lector entenderá. Primero, cuando 'la otra parte’ nos hace trampa, y aprovecha la llamada para anticiparse y contrarrestar adelantadamente, en otros medios, la información que publicaremos al día siguiente. Eso hizo Del Castillo el lunes 6 de octubre cuando lo llamamos para recoger su versión sobre el audio que divulgaríamos al día siguiente en el que, por primera vez, se le vinculaba al 'petrogate’. Su versión fue publicada ampliamente, pero el entonces premier la aprovechó para señalar en el programa Pulso de esa noche que, “sin que nadie se lo pregunte”, él revelaba algunas de sus citas con León y Fortunato Canaán. Su memoria solo se ha agilizado por el esfuerzo de la prensa, no de él mismo. Segundo, porque estábamos seguros de lo que estábamos publicando, tal como ha sido corroborado por el propio Del Castillo. Además, la versión que él ha venido ofreciendo sobre el tema aparece consignada desde la propia portada de la edición de ayer. No estamos esperando lecciones de periodismo de políticos en problemas, pero a veces es oportuno recordarle al lector lo que hacemos, especialmente cuando se pretende desprestigiarnos, tal como lo está haciendo el ex premier. Acá no hay nada personal con el señor Del Castillo. En lugar de hacerse la víctima y de gritar “al ladrón, al ladrón”, debería hacer lo que todo político decente debe hacer cuando es acusado: facilitar, por el bien suyo, de su gobierno y de su partido, la investigación.