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Tinelli o la gracia criminal

2010/04/29
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Muchos de mis amigos aquí en Perú, sobre todo los vinculados a la TV, me han hablado elogiosamente del animador argentino Marcelo Tinelli. Yo lograba compartir, sin mayores dudas, algunos aciertos de producción y la creación de personajes que no solo hicieron época, sino que también se universalizaron, como en el caso de 'Figureti’. Este último, por yacer acurrucado en el imaginario humano, prometía un éxito inevitable, tal como ocurrió. Por el resto, siempre he dicho, aunque creo que es la primera vez que lo escribo, que las “bromas para Tinelli” eran –con mayor sofisticación en los detalles y con la ayuda de la tecnología– las mismas que nosotros hacíamos cuando éramos niños o adolescentes. También eso, por ser parte de nuestros recuerdos, aseguraba una buena pegada desde la pantalla. No deja de tener mérito pero, desde mi punto de vista, en casi todas sus producciones subyacía un fondo de crueldad que nunca dejó de lastimarme. Al respecto, diré que soy incapaz de dar sorpresas que puedan, aunque sea al principio, ser desagradables y, mucho menos, tomarle el pelo a alguien. El solo hecho de pensarlo me genera angustia. Quizá sea un déficit de mi personalidad, pero nunca nada, ni siquiera la tentación televisiva del éxito fácil, me inclinó a cambiar. Tinelli, por no mencionar algunos animadores locales, vive en el universo opuesto y, económicamente, le va más que bien. No censuro esas conductas a las que muchos suelen prestarse con verdadero placer, pues le regalan un minuto de gloria, cuando no una compensación económica. Pero creo que hay límites. Aquí, lo que ligeramente se llama 'libertad de expresión’ debería estar supeditado al respeto irrestricto por la dignidad humana. Digo esto porque la última gracia de Tinelli, que ignoro si salió o no aún por la pantalla, fue la siguiente: miembros de la productora del animador, llamada Ideas del Sur, se presentaron en Colonia Uriburu, en la isla Apipé, de la provincia de Corrientes (Argentina). Lo hicieron, según una dirigente local, como “supuestos empresarios canadienses quienes comunicaron a los pobladores que las 237 familias que vivían ahí se tenían que ir a la brevedad porque ellos habían comprado las tierras. Y que, si no se iban, los desalojarían por la fuerza, además de derrumbar con topadoras sus casas y la escuela del pueblo”. Según el diario argentino Página/12, “el 'gracioso’ episodio de engaño era para el programa Showmatch y consistía en filmar la angustia de los habitantes ante el inminente e irreversible desalojo de sus tierras. Como compensación por el sufrimiento, el programa les donaría una lancha para viajar hasta la localidad de Ituzaingó, gesto que la productora define como 'acción solidaria’”. “Filmar la angustia de los habitantes”. Disculpen si me excedo en pruritos humanos, pero algo así se me antoja criminal. Me parece la utilización indigna y perversa de un sector social postergado. Es, en suma, una dramatización en tono de burla de la verdadera naturaleza del tipo de sociedad que hemos construido.