Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Pareciera que solo otro baño de sangre hará estallar ese rictus que semeja sonrisa congelada de Joker en el rostro de Mercedes Cabanillas mientras huye presurosa por el Hall de los Pasos Perdidos cuando le anuncian que ha sido adoptada por el blog 'Los Comechados’. Cabanillas, la profesora congresista, espulgó letra por letra un texto escolar que, en uno de los gestos más infames contra la educación pública, terminará siendo revisado por la Dincote mientras, en sus narices, el Ministerio de Educación es descuartizado. Porque, mientras la reacción histérica frente a un libro de Ciencias Sociales que, supuestamente, exalta el terrorismo llena primeras planas, otro acontecimiento pasa hasta el momento prácticamente inadvertido: el remate de los terrenos del Ministerio de Educación en San Borja a precio huevo, para que un conocido grupo constructor levante allí complejos habitacionales. Hoy, las dependencias del ministerio han sido repartidas entre el sótano del Museo de la Nación, el patio donde se celebraron algunas reuniones del ALC-UE, algunos ambientes de la Biblioteca Nacional, de Centromín y de un edificio del jirón Carabaya, en el Centro de Lima. En algunos de estos ambientes, los funcionarios trabajan hacinados; al principio ni tenían conexión a Internet. Es cierto que el edificio del Parque Universitario era un elefante blanco, más digno hoy de una corporación de esas que levanta sus nuevas torres en San Isidro, que de un Estado devenido en padre de todos los males. También es cierto que se planea construir sedes de varios ministerios en el terreno que se encuentra a la espalda del Museo de la Nación. Pero ese apresuramiento en vender la sede de San Borja, esa improvisación en la reubicación, con mucho de humillante para los trabajadores y cuando falta muchísimo para que el ministerio cuente con nuevo local, dice demasiado sobre el papel que el Gobierno le otorga a la educación pública hoy en el Perú. Y la imagen del ministro empresario, dueño de la San Martín de Porres, volando en círculos alrededor de su ministerio agonizante, es surrealista y realmente lamentable, cuando aun antes de la billonaria estatización de la banca de inversión en los EE.UU. era consenso que, en el siglo de la economía del conocimiento, el Estado debía hacerse cargo eficientemente de servicios como salud, transportes, seguridad ciudadana y, por supuesto, educación. Que lo del Ministerio de Educación pase en silencio mientras el texto escolar causa histerias revela, además, la encarnizada negativa de sectores poderosos a discutir cualquier aspecto de nuestro pasado inmediato, especialmente del conflicto armado interno vivido en las décadas previas, a menos que sea en los términos que dictan nuestras “instituciones tutelares”. Esta ceguera del que no quiere ver nos asemeja a los troyanos, condenados a no escuchar las advertencias de Casandra. Pero aquello fue tragedia, lo nuestro apenas carnicería, que ya sucedió una vez y puede volver a ocurrir, aderezada esta vez no tanto por la ideología fanática de Sendero Luminoso, sino por los cárteles mexicanos, mucho más despiadados y corrosivos, y azuzada por sectores cuyo negacionismo radical va igualando al del cogollo pinochetista (antes del descubrimiento de las cuentas bancarias del dictador) y se acerca al del franquista.