Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Yo quiero a mi madre pero no sé si tengo ganas de verla por Navidad. Yo quiero a mis hermanas pero las quiero más cuando no sé nada de ellas ni ellas me dicen si leyeron el libro que les mandé de regalo. Yo quiero a mis hermanos (a algunos de mis hermanos) pero no quiero verlos en sus cumpleaños ni pasar con ellos y sus pundonorosos críos la Navidad ni regalarles nada ni que me regalen nada (de esto último no estoy seguro: todo regalo será bienvenido porque puede servir para dárselo a un tercero necesitado). Yo quiero a los pocos amigos que me van quedando pero los quiero más cuando los veo menos, los quiero más cuando nos escribimos correos y los quiero menos cuando nos vemos en persona, que es una manera de poner en alto riesgo la amistad. Yo quiero a los pocos amigos que me van quedando pero no necesariamente quiero del mismo modo a sus parejas o a sus amigos y cuando estoy con mis amigos me veo condenado a soportar a sus parejas y a sus amigos y entonces resulta que termino queriendo menos a mis amigos y rumiando sentimientos innobles contra sus parejas y sus amigos. Yo quiero a ciertos escritores a los que admiro de veras pero no quiero conocerlos en persona porque presiento que me llevaría una decepción, como me han decepcionado algunos escritores a los que todavía sigo admirando pero a los que ya no tengo ganas de ver personalmente ni públicamente ni en modo alguno. Yo quiero a la familia de mi chico pero la quiero más cuando no la veo nunca y me entero de sus intimidades por boca de mi chico. Yo quiero a la familia de mi chico pero la quiero más cuando mi chico me cuenta que están todos peleándose, detestándose, insultándose. Los quiero, pero no los quiero en paz y armonía, los quiero cabreados, furiosos, enzarzados en deliciosas querellas domésticas que mi chico me cuenta en detalle y me hacen tan feliz. Yo quiero a mis tíos y a mis tías más de lo que seguramente ellos me quieren a mí pero no quiero verlos porque ya ellos decidieron que tampoco quieren verme a mí, con lo cual mi decisión de no querer verlos es tardía e inútil, porque ellos son lo bastante sagaces como para nunca invitarme a las reuniones familiares encopetadas o ya no tanto, con lo cual está claro que ellos me quieren pero no me quieren ver y yo los quiero y tampoco los quiero ver y esa parece una coincidencia afortunada que ninguna de las dos partes parece dispuesta a interrumpir, qué pereza. Yo quiero a mis tíos y a mis tías y a mis primos y a mis primas y como los quiero tanto les ruego que me exoneren de asistir a sus sepelios, cremaciones, velorios, exequias o misas fúnebres, del mismo modo que, si me toca a mí morir antes (lo que desde luego ellos desean con mucho cariño), les ruego que se abstengan de asistir a mis sepelios, cremaciones, velorios, exequias o misas fúnebres. (Por favor, no lo intenten: la seguridad será estricta y los vigilantes, ex boxeadores ateos de aspecto patibulario repartiendo mandobles y escupitajos a todo el que no esté invitado y a todo el que vaya vestido de cura). Yo quiero a los guardaespaldas que van en la camioneta blindada conmigo y que no paran de hablar cosas dislocadas y chirriantes y que me aseguran que darían la vida por mí, pero los quiero más cuando los imagino dando en efecto la vida por mí, cuando los imagino muertos, silentes y ausentes, dejándome solo y en paz y esperando con aplomo a que los sicarios de mis enemigos vengan a matarme, a ver si tienen los cojones de enfrentarme y cotejar conmigo el poder de sus pérfidos proyectiles con el veneno letal que habita en mis salivazos. Yo quiero a mi público televidente, pero lo quiero mucho más cuando no lo conozco, cuando no veo sus caras, cuando no me dan la mano flácida y sudorosa y me piden una foto que no saben cómo carajo tomar y me dan a firmar un libro apócrifo, descoyuntado, un mamarracho viscoso cuyas páginas parecen a punto de desprenderse y caer y cuya foto de autor parece más una huella digital. Yo quiero a mis lectores pero los quiero bastante menos cuando me llevan a las ferias de libros y me sientan en un quiosco como si fuera un chiringuito en el que me dispongo hacendoso a vender mi fruta fresca y luego, si tengo suerte, voy conociendo uno a uno a quienes me leen y voy llegando a la desoladora conclusión de que si esos son mis lectores debo de ser un escritor deleznable, detestable, del todo prescindible, y eso si tengo suerte, porque si tengo mala suerte me quedo esperando a que algún peatón me escudriñe como se mira a la mercadería en saldo o liquidación, con un cierto desdén, recelo o aire de superioridad, y se apiade luego de mí y me compre un libro baratito, caserito, con su firma más, y luego se queda uno sentado en esa reluciente mesa de El Corte Inglés hasta que llega una señora de nariz de gancho y rostro ajado y mira la mesa con curiosidad y me pregunta cuánto cuesta la mesa, señor vendedor. Yo quiero a los que me aman pero por ventura lo que menos quiero es hacerles el amor o que me lo hagan a mí, casi mejor si me aman a la distancia, gracias. Yo quiero a los que votarían por mí pero yo no votaría por ellos ni votaría por mí. Yo quiero a los que me pagan pero los quiero más cuando me pagan sin hablarme, depositando el dinero en el banco puntualmente, sin fingir que somos grandes amigos, sin invitarnos a comer o a beber o a celebrar nuestros éxitos: tales imposturas socavan lo mucho que los quiero cuando me pagan sin hablarme y por eso procuro hacer negocios con gente que me paga y que no intenta verme o siquiera llamarme por teléfono. Yo quiero a los amigos que ya no son mis amigos porque ellos decidieron alejarse de mí o porque yo decidí alejarme de ellos o porque el azar decidió envenenar nuestra amistad, y curiosamente los quiero mucho más ahora que ya no son mis amigos y no los tengo que ver ni escribirles ni recordar sus cumpleaños, que cuando eran oficialmente mis amigos y había unas servidumbres dictadas por la cortesía que uno debía cumplir para no quedar mal. De lo cual resulta una extraña paradoja, y es que a veces siento que quiero más a los amigos que ya no son mis amigos (porque por suerte no los veré más) que a los que siguen siendo mis amigos (a los que debo ver muy espaciada y dosificadamente para no destruir la amistad, esa cosa tan quebradiza). Yo quiero a mis amigos ricos y famosos pero no tolero que sean más ricos y famosos que yo y por eso si quieren verme que me inviten en sus aviones privados. Se puede decir entonces, sin faltar a la verdad, que yo quiero a mucha gente, gente a la que quiero más cuando menos veo. Son contadas las excepciones. Quiero a mis hijas y siempre quiero verlas y cuando no las veo desespero y me enrosco y nado en un mar de café y digo improperios o los escribo. Quiero a la madre de mis hijas y siempre quiero verla y cuando no la veo enloquezco y tengo ganas de hacerle más hijos, muchos hijos, muchos cachorros díscolos, y besarla como primera dama o al menos como mi primera dama. Quiero a mi chico y siempre quiero verlo, a ser posible en una ciudad distinta, en un aeropuerto que aún no conocemos, y cuando no lo veo me jala el remolino maluco de la tristeza y hundiéndome en el remolino del que intento escapar con más cafés lo llamo y le digo que me cuente todo, completamente todo, especialmente las peleas de su familia, que me hacen tan feliz. Y quiero (adoro) a Ximenita y siempre quiero verla y cuando pasan muchos días sin verla me ahogo en la melancolía suicida y cuando la veo es como un bálsamo o una cura milagrosa o un estimulante porque con solo verla y abrazarla ya se me van los achaques y los dolores y me siento mejor, más liviano, más risueño, más contento, con ganas de reírnos juntos y nunca, nunca tengo ganas de darle un beso y despedirme de ella, porque cuando el taxi se aleja y ella me hace adiós sé que volveré a reunirme con toda la mucha gente a la que quiero más cuando veo menos, a todos los cuales deseo desde ya una feliz navidad sin mí, navidad que por mi parte también será más feliz sin ustedes, felices fiestas a todos.