Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Es evidente, para todos los que vivimos en Lima, que el tráfico es un caos y se sigue deteriorando. Trasladarse de un extremo a otro de la ciudad es una espantosa pesadilla. Entre las causas de esta caótica realidad está la desorganización del transporte público, con una maraña de combis y ómnibus cada uno más viejo que el otro, todos los cuales, simplemente, no respetan nada y se paran a recoger o esperar pasajeros donde les da la gana. Aunque con el Metropolitano –cuya tortuosa construcción va camino al libro Guinness por ser el desarrollo vial más lento que se haya registrado, al tener un objetivo más electoral que urbano– se supone que este problema quedaría solucionado. Al menos eso han anunciado. Sin embargo, otro problema que afecta tanto al tránsito como a la seguridad del ciudadano no está siendo ni siquiera tratado. Ese problema son los taxis y el total desorden en que operan. Debemos de ser la única capital en el planeta donde un taxi, de pronto, se puede detener en la mitad de la calle o avenida –parando totalmente el tránsito– para negociar durante largos minutos el costo de la carrera. También debe ser muy difícil encontrar otra ciudad donde diariamente se generen cuellos de botella en las vías rápidas porque hay un taxi detenido por habérsele agotado el combustible al circular sin medidor y quién sabe qué otras fallas más. Por otro lado, la falta absoluta de un empadronamiento u ordenamiento de estos vehículos ha hecho que el taxi se haya convertido en un medio ideal para asaltar fácilmente al pasajero. La incidencia de robos cometidos por supuestos taxistas viene aumentando alarmantemente, pero ni la Alcaldía ni la Policía dicen 'esta boca es mía’. Por tanto, es vital ordenar el sistema para contar con taxis que sean identificables por el color, que cuenten con la licencia del chofer claramente expuesta y con un taxímetro operativo. Incluso, lo que se está exigiendo es lo mínimo y no es excepcional, ya que casi todos los países del mundo lo tienen. En realidad, es difícil entender a qué le teme el alcalde Castañeda para justificar su pasividad e inactividad, salvo que busque los votos vinculados al conductor, asumiendo él que ya tiene asegurados los de los pasajeros. Si ese es su cálculo y la situación se sigue deteriorando, se dará con una sorpresa al descubrir que está errado.