Además:

Un suicidio ante cámaras

2009/09/01
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Me confieso impresionado. Nunca había presenciado un suicidio político ante cientos de miles de personas. Menos aún el de una persona experimentada, que estuvo a tiro de piedra de ser presidenta de su país y que tenía algunas posibilidades de repetir el plato. Hasta hace una semana, Lourdes Flores navegaba en aguas mansas y se ubicaba en una posición expectante en el grupo estable de los precandidatos a la Presidencia. Había renunciado a la rectoría de una universidad para dedicarse –suponíamos todos– a la política a tiempo completo. De pronto, sin que aparentemente nada ni nadie la obligara, se convirtió en vocera y presidenta del directorio de una nueva línea aérea promovida por un personaje de dudosa reputación: sospechoso de narcotráfico en el pasado, que se cambió el nombre de manera irregular, con investigación de lavado de dinero en curso y que siembra dudas de cuán usados están realmente sus autos usados. O sea, alguien que reunía todos los ingredientes para que cualquier político, con una semana de experiencia, se mantuviera a prudente distancia. Haber hecho lo contrario –se lo podría haber advertido cualquier político con un día de experiencia– fue una monumental metida de pata que debió subsanar de inmediato para reducir algo el daño. (Algo así como: “No había nada malo, es inocente; el tiempo lo demostrará, pero, por el bien de mi partido, debo alejarme…”). No lo hizo. Más bien, se presentó en Cuarto poder y se ratificó: “Doy la cara, pongo las manos al fuego y pongo el pecho”. Fue preguntada si no se sentía engañada porque su patrocinado (y, ahora sabemos, uno de los financistas de sus campañas) no la puso al tanto, en su debido momento, de que se había cambiado de nombre ilegalmente o que había sido investigado por narcotráfico. Lo fue también acerca de cómo podía presidir un directorio donde, virtualmente, ella era la única que no llevaba el apellido Cataño. No hubo respuestas. Lourdes Flores ha demostrado en varias ocasiones errores de juicio importantes al escoger a sus principales acompañantes. Pero esto es diferente. ¿No sabe ella que, a partir de ahora, cualquier cosa cuestionable, por mínima que sea, que aparezca en contra de este personaje y sus empresas la involucra? ¿Puede merecer la confianza de sus ciudadanos para que los gobierne quien persiste en un error tan evidente y grave? Con esta decisión, Lourdes Flores ha dejado de ser una contendiente en serio para el 2011. Ello beneficia –en porcentajes que, en los próximos meses, las encuestas irán develando– a Toledo, a Castañeda e, incluso (por el tema de género), a Keiko Fujimori. También, por supuesto, aumenta el escepticismo de la población frente a los políticos en general y crea mejores condiciones para la emergencia de alguien 'nuevo’.