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Sociedad | Jue. 31 jul '08
Stiglitz y el ocaso neoliberal
El Premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz ha escrito sobre el fin del neoliberalismo. Resumiré: “El neoliberalismo, ese revoltijo de ideas basadas en la concepción fundamentalista de que los mercados se corrigen a sí mismos, asignan los recursos eficientemente y sirven bien al interés público. Ese fundamentalismo del mercado era subyacente al thatcherismo, a la reaganomía y al llamado “consenso de Washington” en pro de la privatización y la liberalización y de que bancos centrales independientes se centraran exclusivamente en la inflación”.
Durante 25 años ha habido una pugna entre los países en desarrollo, y está claro que los perdedores han sido los que aplicaron políticas neoliberales. Perdieron la apuesta del crecimiento y, en los que sí hubo crecimiento, los beneficios fueron desproporcionadamente a los sectores privilegiados.
Los neoliberales no quieren reconocer que su ideología falló en la asignación de recursos por parte de los mercados financieros. No hay, por ejemplo, beneficios en EE.UU. en la asignación en masa a la vivienda. Las casas recién construidas para quienes no podían pagarlas se deterioran y millones de familias se ven obligadas a abandonar sus hogares. Los que contrajeron préstamos prudentes y mantuvieron sus casas, ahora descubren que estas han disminuido su valor más de lo que temían en sus pesadillas.
Hubo algunos beneficios a corto plazo del exceso de inversión en el sector inmobiliario: algunos americanos (durante algunos meses) gozaron de la propiedad de una vivienda mayor que aquella a la que habrían podido aspirar, pero “¡con qué costo para sí mismos y para la economía mundial! Millones de personas van a perder sus ahorros de toda la vida y las ejecuciones de las hipotecas han precipitado una desaceleración mundial”. La contracción será prolongada y generalizada.
Tampoco los mercados nos prepararon para los precios desorbitados del petróleo y los alimentos. Naturalmente, ninguno de esos dos sectores es un ejemplo de economía de libre mercado, pero de eso se trata en parte. Se ha utilizado selectivamente la retórica sobre el libre mercado: aceptada cuando servía a sus intereses y desechada cuando no. Esta retórica ha funcionado mal para los países en desarrollo. Se les dijo que no intervinieran en la agricultura, con lo que expusieron a sus agricultores a una competencia devastadora de EE.UU. y Europa. Habrían podido competir, pero era imposible frente las subvenciones de EE.UU. y la UE. Como era lógico, las inversiones agrícolas en los países en desarrollo disminuyeron y el desfase en materia de alimentos aumentó.
Quienes propagaron ese consejo no tienen que preocuparse por las consecuencias de su negligencia profesional. Los costos los sufragarán los países en desarrollo, en particular los pobres. Este año habrá un gran aumento de la pobreza. En un mundo de abundancia, millones de personas seguirán sin satisfacer las necesidades mínimas y los aumentos de los precios de los alimentos y de la energía tendrán un efecto devastador para los sectores postergados.
Durante 25 años ha habido una pugna entre los países en desarrollo, y está claro que los perdedores han sido los que aplicaron políticas neoliberales. Perdieron la apuesta del crecimiento y, en los que sí hubo crecimiento, los beneficios fueron desproporcionadamente a los sectores privilegiados.
Los neoliberales no quieren reconocer que su ideología falló en la asignación de recursos por parte de los mercados financieros. No hay, por ejemplo, beneficios en EE.UU. en la asignación en masa a la vivienda. Las casas recién construidas para quienes no podían pagarlas se deterioran y millones de familias se ven obligadas a abandonar sus hogares. Los que contrajeron préstamos prudentes y mantuvieron sus casas, ahora descubren que estas han disminuido su valor más de lo que temían en sus pesadillas.
Hubo algunos beneficios a corto plazo del exceso de inversión en el sector inmobiliario: algunos americanos (durante algunos meses) gozaron de la propiedad de una vivienda mayor que aquella a la que habrían podido aspirar, pero “¡con qué costo para sí mismos y para la economía mundial! Millones de personas van a perder sus ahorros de toda la vida y las ejecuciones de las hipotecas han precipitado una desaceleración mundial”. La contracción será prolongada y generalizada.
Tampoco los mercados nos prepararon para los precios desorbitados del petróleo y los alimentos. Naturalmente, ninguno de esos dos sectores es un ejemplo de economía de libre mercado, pero de eso se trata en parte. Se ha utilizado selectivamente la retórica sobre el libre mercado: aceptada cuando servía a sus intereses y desechada cuando no. Esta retórica ha funcionado mal para los países en desarrollo. Se les dijo que no intervinieran en la agricultura, con lo que expusieron a sus agricultores a una competencia devastadora de EE.UU. y Europa. Habrían podido competir, pero era imposible frente las subvenciones de EE.UU. y la UE. Como era lógico, las inversiones agrícolas en los países en desarrollo disminuyeron y el desfase en materia de alimentos aumentó.
Quienes propagaron ese consejo no tienen que preocuparse por las consecuencias de su negligencia profesional. Los costos los sufragarán los países en desarrollo, en particular los pobres. Este año habrá un gran aumento de la pobreza. En un mundo de abundancia, millones de personas seguirán sin satisfacer las necesidades mínimas y los aumentos de los precios de los alimentos y de la energía tendrán un efecto devastador para los sectores postergados.
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