Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Desde hace dos semanas el tema de la libertad de información es probablemente uno de los más discutidos en el mundo. Gracias a Julian Assange y a su polémico WikiLeaks, en todo el planeta se debate sobre si es lícito publicar documentos, datos, o comunicaciones que alguien obtuvo violando reglas o entrometiéndose en la intimidad de otras personas. Las respuestas no son uniformes, y a Assange se le puede ver, según sea el caso, como un héroe o como un terrorista mediático. La verdad, no me quedo con ninguna de las dos caracterizaciones. Julian Assange, y su capacidad para publicarlo todo, inspiran mucho más que un simple análisis maniqueo sobre si lo que hace está bien o mal. Estamos ante un fenómeno social que tarde o temprano iba a llegar: Internet y toda la revolución de la información le han otorgado a los ciudadanos el poder de saber lo que les da la gana. Y gracias a las redes sociales, a las millones de formas de interacción virtual, les ha dado, además, la posibilidad de compartirlo en segundos con millones de personas. Assange está hoy preso, pero una comunidad de hackers anónimos que esta semana boicotearon las páginas web de gigantes como Visa o Master Card, dejaron bien en claro que detrás de una tecla, que aprieta un chibolo, sentado en un sótano, de alguna casa, en alguna ciudad que no podemos precisar, se esconde el poder contemporáneo. Nada más lejano a como lo entendíamos hace apenas una década. Justamente en medio de este contexto, a nuestro Tribunal Constitucional se le ha ocurrido el despropósito de prohibirles a los medios de comunicación la difusión de material obtenido por la interceptación de comunicaciones privadas. Creyendo que ejercen un poder que a todas luces ya no tienen, los magistrados del TC están pretendiendo controlar lo que el ciudadano debe saber, y lo que los periodistas debemos difundir. Y con ello, por supuesto, blindar a todos los que andan aterrados de que les salga un corruptaudio. Por donde se mire la medida es escandalosa, pero sobre todo totalmente inútil. Si con este ejercicio de prepotencia, los miembros del TC (excepto los magistrados Vergara y Calle que votaron en contra) creen que tienen algo bajo control, pues sería bueno que se vayan enterando de que lo único que han conseguido es protagonizar un mayúsculo papelón. Hoy los ciudadanos en todo el mundo ya entendieron que no necesitan permiso de nadie para saber. Y los periodistas contamos con un amplio menú de posibilidades para difundir cualquier denuncia que nos parezca pertinente sorteando censuras y obstáculos. Hoy más que nunca, señores del TC, la información es libre, la verdad también.