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Política | Jue. 23 abr '09
Sobre principios y contratos
Pasada la ira de algunos extremistas que, ante el simple señalamiento de que Keiko Fujimori subía en las encuestas y frente a ciertas preguntas, encendieron sus viejos ventiladores y lanzaron barro, hoy se empieza a reconocer que el fujimorismo –más allá de cualquier valoración– ha sido favorecido políticamente por el proceso al autócrata. La discusión se centra en si las ventajas fujimoristas durarán hasta el 2011 o solo serán temporales. Mordiéndose las uñas y en silencio, cierta élite suda frío sin comprender lo que sucede. A ella le aterra reconocer su responsabilidad.
Más allá de la ceguera, los radicales nativos se proclaman hombres de principios. Aunque parezca mentira, semejante creencia tiene que ver con nuestro pasado colonial. ¿A qué viene todo esto? Cuando en Europa y en la rubia Inglaterra emergía el mercado como sistema –casi todo se vendía y se compraba–, Madrid, Lima y México se afirmaban como los centros de la Contrarreforma Católica. Ante las oleadas mercantiles, el contrarreformista defendió los principios de la religión y de la autoridad de Roma, de la monarquía y de la estirpe del viejo cristiano. Estos principios eran amenazados por el disolvente mercado. Surgieron, entonces, los hombres de principios. El intercambio era considerado acto profano y diabólico.
En Estados Unidos y en la Europa reformista, el mercado creó la cultura del contrato, del pacto y la tolerancia. Cuando se vende algo se pide 100, pero el comprador ofrece 50 y, entonces, surge el regateo que termina en un acuerdo. Si vendedor y comprador se mantuvieran en sus trece, no habría intercambio. Esta idea del contrato, en que los hombres ceden porciones de sus principios para conseguir salidas viables, se trasladó al sistema político, se jaqueó a la monarquía y nació la democracia. Sin contratos y pactos no existirían mercado ni democracia.
De las religiones monoteístas, los nacionalismos y las ideologías surgieron los hombres de principios que se negaron a los acuerdos e inundaron la tierra con la sangre de sus enemigos. Torquemada, Hitler, Pol Pot, Osama bin Laden y Abimael Guzmán, por ejemplo, pertenecen a esa estirpe de la intolerancia.
Muy por el contrario, Thomas Jefferson, George Washington y James Madison fueron hombres de principios que desarrollaron contrato tras contrato y construyeron los Estados Unidos. Algo parecido sucedió entre los republicanos y la derecha fascista para organizar la España moderna. El pacto con los adversarios es la esencia de la civilización. Nuestros extremistas locales inflan el pecho y se proclaman puros. No les importa que, en realidad, ellos sean los responsables de la resurrección del autoritarismo fujimorista, no les importa y atacan. En todo caso, ya llegarán los nuevos Basadre para el juicio histórico.
Más allá de la ceguera, los radicales nativos se proclaman hombres de principios. Aunque parezca mentira, semejante creencia tiene que ver con nuestro pasado colonial. ¿A qué viene todo esto? Cuando en Europa y en la rubia Inglaterra emergía el mercado como sistema –casi todo se vendía y se compraba–, Madrid, Lima y México se afirmaban como los centros de la Contrarreforma Católica. Ante las oleadas mercantiles, el contrarreformista defendió los principios de la religión y de la autoridad de Roma, de la monarquía y de la estirpe del viejo cristiano. Estos principios eran amenazados por el disolvente mercado. Surgieron, entonces, los hombres de principios. El intercambio era considerado acto profano y diabólico.
En Estados Unidos y en la Europa reformista, el mercado creó la cultura del contrato, del pacto y la tolerancia. Cuando se vende algo se pide 100, pero el comprador ofrece 50 y, entonces, surge el regateo que termina en un acuerdo. Si vendedor y comprador se mantuvieran en sus trece, no habría intercambio. Esta idea del contrato, en que los hombres ceden porciones de sus principios para conseguir salidas viables, se trasladó al sistema político, se jaqueó a la monarquía y nació la democracia. Sin contratos y pactos no existirían mercado ni democracia.
De las religiones monoteístas, los nacionalismos y las ideologías surgieron los hombres de principios que se negaron a los acuerdos e inundaron la tierra con la sangre de sus enemigos. Torquemada, Hitler, Pol Pot, Osama bin Laden y Abimael Guzmán, por ejemplo, pertenecen a esa estirpe de la intolerancia.
Muy por el contrario, Thomas Jefferson, George Washington y James Madison fueron hombres de principios que desarrollaron contrato tras contrato y construyeron los Estados Unidos. Algo parecido sucedió entre los republicanos y la derecha fascista para organizar la España moderna. El pacto con los adversarios es la esencia de la civilización. Nuestros extremistas locales inflan el pecho y se proclaman puros. No les importa que, en realidad, ellos sean los responsables de la resurrección del autoritarismo fujimorista, no les importa y atacan. En todo caso, ya llegarán los nuevos Basadre para el juicio histórico.
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