Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Un sábado de estos quizá encuentres a Alfredo Bryce bebiendo vodka con agua tónica en la mesa tres. O a Oswaldo Reynoso brindando con pisco ante una fuente de tacu-tacu. O, incluso, al mismísimo Óscar Avilés rasgando la guitarra ante un grupo de estudiantes que no pueden salir de su sorpresa. Las 20 mesas del Superba –avenida Petit Thouars 2884, San Isidro– están acostumbradas a recibir lo mejor de la Lima bohemia. Las mismas mesitas y estantes que, en 1929, una familia de italianos compró para el día de la inauguración permanecen allí, burlando el tiempo. LEGENDARIO. Es falso que el Superba deba su nombre a una ‘R’ apolillada que se cayó del letrero que daba a la calle. La palabra es italiana y significa “soberbia”. Según Kike Mondragón –mozo con 42 años en el local–, la eligieron para recordar a Génova, la ciudad donde nacieron los dueños. Cuando Kike entró a trabajar, se atendía con saco blanco y corbata michi. Entonces, Nicomedes Santa Cruz vivía a tres cuadras y se sentaba a escribir décimas junto a la ventana. Chabuca Granda solía aparecerse en la medianoche, seguida de sus músicos, para cantar hasta el amanecer. ‘Toto’ Terry era infaltable los domingos, antes de ir al estadio: se comía, solito, varios platos de tallarín saltado. “Artistas, periodistas y universitarios se sienten a sus anchas aquí, pese a que seguimos siendo un barcito tradicional, donde reina la música criolla”, dice Kike mientras carga un humeante lomo saltado. Se detiene ante un grupo de estudiantes, armados de mp3 y laptops, que lo aplaude a rabiar. “Quizá uno de estos sea el próximo famoso”, sonríe el mozo. Pasa por el Superba y prepárate a revivir la Lima de antaño. Prueba el cau-cau (también conocido como ‘chancleta’) con la cerveza más helada. Vicio asegurado.