Además:

Sigamos derribando muros

2009/11/12
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Celebrar la caída del Muro de Berlín debería servirnos para ver si existen otras paredes que bloquean la emergencia de una sociedad libertaria en el país. Cuando cayó el Muro se pulverizó uno de los últimos relatos excluyentes (Comunismo) que se convirtió en ideología de Estado desencadenando la llamada Guerra Fría. Francis Fukuyama, con gran entusiasmo, vaticinó el fin de la historia mientras fermentaban los nuevos fundamentalismos en el Medio Oriente. Cuando dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y renacieron los estados confesionales, a nadie se le ocurrió sostener que la historia había terminado. La historia era caprichosa, avanzaba en zig zag, en líneas curvas y rectas, quizá en círculos, pero lo más importante: nadie podía predecir ni planificar el futuro. Las recientes pulmonías de Wall Street y del capitalismo mundial nos recuerdan que nada es perfecto. Si la democracia y el mercado continúan desplegando sus banderas es porque el fracaso es su esencia y le permite reformarse continuamente: en la democracia, los malos gobernantes pierden el favor de sus electores y, en el capitalismo, las empresas ineficientes fracasan y se lanzan al desván. Del error viene el aprendizaje y el camino al éxito. En el Perú se extiende una somnolencia conformista. Los avances en cuanto a democracia y mercado nos parecen irreversibles y, de una u otra manera, todos, más o menos, sentimos que nuestros muros se han desplomado y que hemos llegado al final de nuestra historia: liquidación del modelo soviético del velascato, implosión del fujimorato, derrota del terrorismo y persistencia de la democracia y el mercado. Las lecciones del 'Baguazo’ han sido olvidadas con impresionante rapidez. Ahora se dice que el infierno de la selva ya pasó, se trata solo de 300 mil nativos y nada más. Olvidamos que si la mayoría de los muertos hubieran sido indígenas, no habría sido extraño que los bloqueos de carreteras posteriores se transformaran en crisis de gobernabilidad con adelanto de elecciones. Olvidamos también que la libertad y el mercado potencian la protesta de los excluidos, que ven cómo unos crecen a velocidad de crucero en tanto que otros avanzan a paso de tortuga. Las clases se diferencian más con el despegue económico, y las demandas por participar en la fiesta del crecimiento se convierten en factor determinante de la política. En Estados Unidos se creyó en el fin de la historia hasta la tragedia de las Torres Gemelas. En Venezuela, Bolivia y Ecuador, las élites gobernantes consideraban que los muros estaban desmoronados hasta que los proyectos bolivarianos y el socialismo petrolero asaltaron el poder, y todo indica que la noche será larga. No olvidemos, entonces, que la historia es extremadamente impredecible y caprichosa. Tenemos que seguir pulverizando muros.